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 La Pollera

Puta Perroski Imprimir E-Mail
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escrito por G   
sábado, 05 de julio de 2008
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Puta Perroski
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Cuando oyes ruidos en medio de la ciudad, llegan resquebrajados por todas las perpendiculares que debieron tomar para transmitirse por el aire. Se sienten difuminados e inubicables. El eco urbano puede llegar desde cualquiera de los puntos cardinales y se sigue escuchando igual: partido.

Cuando buscas algo en medio de la ciudad se hace casi imposible presumir dónde está, habría que deducirlo tomando en cuenta muchas variables que dependerían a su vez de qué o quién es lo perdido. Es un laberinto. El ser humano con su obsesión de vivir en tribus, a lo largo de los años terminó por encerrarse en su propio laberinto, se levantó pasadizos estrechos a sus costados y cuidó de ponerle señalizaciones bien claras a la cosa, para que parezca un modo de vida. Sin embargo, cuando pierdes algo en la ciudad, no puedes acudir a ninguna lógica para encontrarlo.

Tantas posibilidades, tantas bifurcaciones o tantos rincones para pasar desapercibidos hacen de la urbe una de las junglas más espesas. Es cemento, o concreto como dicen, el material reinante en nuestra vida, el suelo que todos conocemos se ahoga bajo esta alfombra de artificios. La ciudad podría estar sobre cualquier planeta y ni lo notaríamos, ya que cada vez deja menos espacios a la tierra para respirar.

Uno de estos pequeños alveolos del planeta es mi casa. Pequeña, sí, pero es mi aporte. Un cuadradito de libertad donde permito al suelo estirar su hierba hacia el sol. Allí vivíamos los dos, el hombre y la fiera, la razón y el instinto, compartiendo la existencia, apoyándonos el uno sobre el otro para darle un sentido a nuestro paso por este mundo que algún día se asfixiará por completo. Allí vivíamos yo y Perroski.

El animal del que les habló llegó a mi casa de pura casualidad. Un día iba a salir yo por la puerta; esa misma que nos separó, en un comienzo nos había unido. Iba yo a sacar mi bicicleta, abrí y me quedé revisando mi bolso para asegurarme que llevaba mis llaves (como siempre lo hago). El sonido de la basura acumulada la bolsita que revolvía con mi mano se mezcló con un pequeño golpear constante en la tierra. El ritmo llamó mi atención. Cerré la puerta para ver qué pasaba (además no había encontrado las llaves y debía volver a buscarlas) cuando lo vi por primera vez.

Delante de mi persona se encontraba una pelusa grisácea de la que escapaba un hocico hacia adelante y una cola en sentido contrario, que era lo que hacía ese ruido. Se me había colado un perro que en el mejor de los ánimos me observaba y me invitaba a algo, no pude saber a qué. En ese momento lamenté que los animales no hablaran, tan curioso incidente merecía una explicación de parte de ese can tan despelotado y alegre que inspiraba pura ternura. ¿Y tú?, le dije, ¿En qué andai?. Por primera vez me quitó la mirada de encima para dirigirla al cielo mientras emitía un aullido. No era un llanto, no era un ladrido, sino un llamado para mí. Auuuuuuuuu, mientras la cola no dejaba de moverse, Auuuuuuuu, se paró en sus cuatro patas, se abalanzó sobre mis piernas. A pesar de su pequeña estatura me hizo perder el equilibrio y ambos caímos, él encima de mí por supuesto. Acercó mucho su cara a la mía, se quedó ahí, me permitió ver sus ojos perfectamente redondos y oscuros debajo de esa chasquilla apelmazada. Y la cola nunca paró de agitarse.

Así fue como nuestros caminos se cruzaron, azar o destino, o simplemente un suceso sin mayores explicaciones. En fin, da lo mismo por qué pasan las cosas, pasan y hay que saber cargar con ellas.  Ese día, de la nada, obtuve una mascota nueva, ¿por qué llegó ese animal aquí? Como dije: da lo mismo, aquí está y aquí íbamos a vivir ambos, de alguna manera.



 
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