Yo no quise, yo no pretendí… yo me siento estúpido por no haberlo esperado, por verme de repente en una visión de la cual desaparezco, de la que me esfumo en un momento sin haber tenido tiempo de ser yo, el que se agita y se resiste, el que lucha y ya nadie lo advierte. No quiero ser más el pobre Señor Silencio, que vive aferrado al significado de su nombre y olvidó ya las otras palabras.¡Debo decir! ¡Qué sabrá nadie de lo que callo! Absolutamente nada, porque nada es lo mismo en la vida del otro, en la oscuridad del vecino, y ni siquiera las llamas queman igual a unos que a otros.
Este susurro, ¿de qué hablan? ¿por qué no se callan?
La risa, quiero la risa ¡quién ha acallado a la risa!
En esta noche, en la que todavía pretendo que amanezca, sólo veo miradas si intento descubrir a las estrellas. A mi alrededor susurros, palabras que viajarán con mi nombre olvidado entre sus voces, y me miran ahora, pretendiendo que no sé cuándo la amabilidad se convierte en trabajo. Después de eso, sólo les queda la tristeza sin razón ocupando el vacío que deja el olvido de los seres que pasaron a su lado rozando apenas el corazón. Se afanan en regalar sus caricias a los cuerpos que cómo el mío lo que más temen es sentir de nuevo el calor de otra piel, la suavidad de unos dedos desconocidos deslizándose sobre mi rugosa frente.
Intento sonreír. Sé que piensan que es por agradecimiento, pero en realidad me hace gracia la inocencia de los jóvenes que hasta ver llegado su momento jamás sabrán lo que se siente al otro lado de sus miradas. Intento sonreír, sólo eso, porque he perdido el control de mi cuerpo y temo que mi boca se desencaje si me atrevo a reír de nuevo, porque ahora ya por lo único que arriesgaría mis labios es por los besos que yo mismo me negué en mi viaje o por mi último llanto. El último. No lloraré hasta que no sepa que de mis ojos ya no se verterán más lágrimas, hasta que no sepa que en esta almohada será el último rastro salado que deje tras de mí. Pretendo mover mis párpados, y arrastro esta voluntad como si estuviera enterrado en la arena. ¿Acaso ya lo hice? ¿Ya están abiertos mis ojos? La vida, o la ausencia de ella, continúa confusa ante mí, sigue enredada en la niebla, y todavía corre a ocultarse tras las sombras en cuanto vuelvo la mirada. ¿No es de día ya, o es que sólo ha amanecido para mí? Tal vez me equivoqué de nuevo, quizás no llegó ese otro amanecer, y ahora sólo temo que el sol haya pasado tan deprisa lejos de mí que no tenga hoy la oportunidad de ver apagarse los colores de las flores que alguien, no recuerdo quién, dejó en mi habitación ocupando el lugar de alguna sonrisa que teme morir entre tanta vejez. No le importa a nadie que las flores se marchiten, tampoco a mí. Me marcharé enredado en sus pétalos, procurando comprender el miedo de la juventud, ese miedo programado por los que llegaron antes que ellos que los vuelve inútiles, y lo que es peor, conscientes de ello. Pensé en algún momento que ese orgullo no era más que una defensa; al menos no sufren, o eso creen. ¿A qué temen? A la pobreza, eso sí – mi alma se ríe- y son los que tienen la mayor fortuna, que es la libertad de decir lo que sienten.
Yo en mi suelo y con mi silencio, dejé de temerle al hombre, porque mi estómago está tan lleno de llantos ahogados y de palabras gritadas hacia dentro que nada más cabe ya.
Esas palabras; durante tanto tiempo fueron mi alimento, sólo quedaba eso en mi mochila, palabras sueltas, perdidas, deshechas, tan grandes al principio que me llenaban como enormes pedazos de pan, y tan revueltas al final que después de ser puré de ideas y lamentos se convirtieron en sopa de nada. Las frases son una comida tibia, pero cuantas más hay por decir más se enfría. Quizás por eso mi estómago ya no pide nada caliente.
Tampoco miradas, que abrazan y envuelven, que arrodillan y detienen, encarcelan. Yo soy el preso de muchas de ellas, pasean mi imagen y se la llevan lejos, tanto que de tan llevado como fui he perdido realmente mi suelo. Sería bonito así, poder flotar y no tener nada. Está bien, yo no tengo nada y se me clavan en los huesos cada guijarro, cada helada, y se me tornan las pupilas del color de las piedras de tanto mirarlas. Así arrastro yo los sueños, en silencio y con la esperanza herida, anónimos en el cielo y en la tierra ignorados. Así derramo yo la vida, indigente e indignada, perdida ¿o hallada? Qué consuelo debiera haber…
La Fe.
Quizás en otro tiempo, debería recordarlo, deseó el iris llenarse con los destellos de la esperanza, sentir en el corazón esa fe que calma el dolor. Quizás en otro tiempo, debería recordarlo. Ahora sólo me queda sonrisa para sonreír lo que aprendo, y a la vez sólo me quedan despedidas para los pensamientos. Sólo despedidas, sólo lo que pierdo. Todo, uno por uno los momentos, siempre son uno, quietos, solos, siempre son como yo. Esa es mi indigencia. Cerrar los ojos y callar, hasta creer que ya no hay nada.
En mí la nada educó los gestos, obligó a susurrar hasta enmudecer los ojos. En mí la nada disimuló los sentimientos. Está bien, ahora todas esas miradas que se me llevan tan lejos tiemblan conmigo resbalando sobre sus brazos, trémula mi imagen en sus mentes, aterrorizando su futuro. Todos temen acabar como yo, y sé que me cuelo en alguno de sus sueños. Después comentan:- ¿Es que no quiere salir de ésta? Y no hay batalla más dura que la mía. No hay nada peor que luchar contra la cordura, que obligar a tanta vida como hay en mí a no vivir, a tanta fuerza como hay en mí a no levantar las piedras de este suelo.
Intento contárselo a todas esas miradas que se quedan bajo el frío quieto y mudo, que se ocultan hasta que me desentiendo de ellas. Nunca sé cuánto tiempo me observan, no me importa. Qué bien, haber aprendido además a no preocuparme por nada, qué alivio, tanta soledad. No las veo marchar, no las vuelvo a mirar, procuro que sean para mí parte de un rostro más. No son de mi raza, la de los indigentes. ¿Por qué entonces se quedan en mi mente? Los ojos de los demás se reflejan en el confuso espejo que es mi alma. Tanto por decir, me preguntaba, o se preguntaban, y tanto silencio…Era entonces cuando me desconcertaba. Sabía que el pan calmaría el estómago, pero ignoraba qué darle al alma, no entendía ese dolor, a pesar de ser ya conocido, que de vez en cuando asaltaba mi pecho en mitad del día, que me producía vértigos y obligaba a mis manos a acariciar las paredes para asegurarme que habría algo que me impediría caer. ¿Caer dónde? A un lugar incierto, aquel que ni siquiera imaginaba. Si hubiera sido la muerte, si presintiera una enfermedad, una debilidad, no temería. Si supiera que todo termina después de eso, no buscaría los muros blancos ni el suelo gris bajo mis pies. Si supiera que después de ese dolor llegaría la paz, que pasaría atravesando mi pecho como tantos otros a los que sobreviví, o mi carne como los demás, o mis huesos como la mayoría, no tendría tanto miedo.
Ahora este dolor me acaricia hasta que me obliga a levantar la mirada, me provoca hasta que me enfrento a algo tan grande que termina siendo nada, ¿angustia? Sólo asfixia. Sólo el corazón latiendo tan rápido que amenaza con detenerse, sólo el alma golpeándose a mis pies. Sólo las palabras que tenía por decir, deteniéndose frente a mí… para verme marchar sin ellas.
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