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El mundo por descubrir no es el soñado (“Seguiré viviendo” 39a. entrega) Imprimir E-Mail
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escrito por Luis Maria Murillo Sarmiento   
martes, 24 de febrero de 2009
Índice de artículos
El mundo por descubrir no es el soñado (“Seguiré viviendo” 39a. entrega)
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Mujer, sexo y ternura (“Seguiré viviendo” 38a. entrega)

Cuando dolor y el agotamiento progresivos hicieron sentir a José enfermo de verdad, todas sus actividades decayeron, y muchas desaparecieron para siempre. Su fortaleza física, conservada por el esfuerzo admirable de su voluntad, se derrumbó. Consciente de su debilidad optó por no salir del edificio. Y para compensar su encierro, puso al frente del ventanal de su alcoba una mullida mecedora, en la que se le iban las horas, hamaqueado entre su siesta y sus lecturas; entre la abstracción en sus escritos y la dispersión que le provocaba el mundo agitado de la calle.

Ese cosmos del otro lado del cristal de la ventana era su contacto más importante con la realidad; todos los demás eran virtuales. En sus excursiones por la biblioteca, que era un cuarto grande, adaptado para tal destino con siete pisos de estantería que forraba de libros las paredes, José se aprovisionaba de obras y documentos que le hacían más llevaderas las horas del encierro. Solía revisar alguna de las carpetas con borradores de sus publicaciones. Siempre le deparaban alguna novedad, a pesar de ser él, el autor de los escritos. Leyéndolos podía ufanarse de que el prodigio hubiera salido de su pluma, o ruborizarse de haberlos publicado. En ocasiones los juzgaba tímidos, en otras le sorprendía su arrojo. Mezclados con ellos, propio de su desorden, había párrafos sueltos que esperaban un lugar en un libro que ya no llegaría. Hojas dispersas que tal vez serían las primeras en llegar a la basura cuando se aseara la biblioteca tras su muerte. De pronto a su hija le diera por leerlas y terminara publicando algún ensayo. Había mucho sobre la muerte, las relaciones de pareja, el comportamiento sexual, la infidelidad, la libertad, el avasallamiento del hombre, la injusticia, el bien y el pecado, temas que habían sido en sus obras recurrentes. Pero ordenar sus notas y llenar de coherencia las ideas dispersas, no era tarea fácil. No lo era para él, menos para un extraño. Entre suspiros pensaba que terminarían en el fondo de la caneca, pues muchas notas estaban escritas  en recibos ajados, en servilletas dobladas, al respaldo de tarjetas de presentación o en fragmentos de papel rasgado de la esquina de un periódico. Todo con tal de no dejar escapar una idea en el esplendoroso instante de su nacimiento. Así había sido siempre. Algún día el escrito pasaba del sitio improvisado al procesador de texto de su computador, y comenzaba la fase de crear, de dar forma a su obra con la paciencia de un sastre, hilvanando párrafos y remendando ideas. Así habían nacido muchas de sus publicaciones. Ahora, por desgracia, abundaban los pensamientos y escaseaba el tiempo.

Aquella tarde tomó una carpeta atestada de documentos, que lo obligó a pasarse de la mecedora al escritorio para poder manipularla. Ojeó uno tras otro los textos, hasta fijar en uno su mirada: «El instinto atrae a la mujer y al hombre. El retrato de un instante de pasión hace presumir que en la naturaleza más perfección no existe, pero tras de esa efímera armonía se esconden descomunales desacuerdos. […] El hombre y la mujer hablan del amor y el sexo en lenguas diferentes. El deseo y el amor que los atraen, es la causa a la vez que los repele. […] Puede que la mujer experimente el sexo con agrado, pero nunca con el entusiasmo enloquecedor con que lo busca el hombre. El macho humano es un animal carnívoro y su presa todas las mujeres. Son las leyes de la naturaleza, que persistirán a pesar del disgusto femenino empeñado en transformar el comportamiento de los hombres.  […] Puede amar con exclusividad el hombre, pero sacia en muchos cuerpos su deseo: la eterna paradoja de amar a una y desear a cientos. Y no es maldad, porque el objetivo de la infidelidad no contempla que sufra la pareja. Son las hormonas, son los genes. Igual de libidinosa se torna la mujer con los andrógenos. Y el macho fue inundado por el Creador con las hormonas del deseo».

Entonces llegó el recuerdo de Eleonora, porque justo esos párrafos se le revelaron accidentalmente en su tierna adolescencia. Eleonora se había criado a la sombra de los libros. Cuando pequeña se entretenía sacándolos de los estantes y apilándolos de diferente forma hasta construir estructuras que algún significado tenían en su mente fantasiosa. Pocas veces examinaba su interior, pues a diferencia de los suyos, llenos de color e ilustraciones, los de José estaban atiborrados de ininteligibles y aburridos caracteres; pero el inusual cuidado con que los trataba se había ganado la confianza de su padre, quien se los dejaba tocar sin el menor reclamo. Pasado su interés en ellos, la pequeña Eleonora terminó por olvidarlos. Se le volvieron un objeto monótono de la decoración. Tal vez por eso, José se olvidó de que su hija se pudiera concentrar en su lectura. Pero Eleonora creció y se convirtió en una adolescente interesada en el mentado ingenio literario su padre.

Una mañana aprovechando que la habían dejado sola, se dedicó a buscar en la inmensa biblioteca las obras de José: «Inflamado por a libertad», «¿Por qué no funcionan las parejas?»,. «El manual de los amantes», «Contradicciones religiosas», «Del intelecto a los sentidos», «Moral e instinto», y muchas otras. Al azar se quedó con el segundo título, y comenzó a ojear hasta que el sugestivo encabezamiento de un capítulo, «Así somos los hombres, no lo que esperan las mujeres», la hizo a leer entusiasmada: «A la infidelidad y a la promiscuidad somos proclives. [...] Que todos somos iguales afirman las mujeres. ¡Y lo somos! Nuestras pasiones son las mismas. Víctimas de la norma o la etiqueta las ocultamos, pero no renunciamos al deseo: el cuerpo de la mujer es el mejor platillo. En la imaginación lo hacemos nuestro, desarropamos sus formas, fantaseamos con su intimidad y dejamos en libertad nuestros sentidos. Encubrimos nuestra lujuria para tejer la red que las atrapa. Con detalles tiernos y frases delicadas alcanzamos con docilidad lo que nos negarían si conocieran las verdaderas intenciones. ¡No es maldad, es el instinto! Si el enamoramiento se presenta, bloquea nuestra atención a otras embriagadoras tentaciones, pero apenas de forma pasajera. Los hombres, seductores pertinaces, pronto volvemos a soñar con la próxima conquista, real o imaginada, furtiva o manifiesta».


 
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