En esta secundaria los castigos eran psicológicos. Al infractor lo paraban al frente de toda la comunidad y le pegaban una vaciada de marca mayor. Lo hacían sentir al culpable y lo rebajaban a la categoría de un gusano y él sabía que más tarde, para completar la faena, los compañeros de curso le iban a propinar una ensalada. Si a eso agregamos que el culpable perdía la salida del fin de semana no solo a la casa sino a la pequeña ciudad eso era tenebroso. Imagínense dos o tres muchachos completamente solos en un edificio de tres pisos, con todas las habitaciones cerradas, con acceso únicamente al baño y a los dos patios. A veces la ansiedad era tan abrumadora que a falta de nada que hacer resultaba uno dándose en la jeta con el compañero de reclusión o entre los tres todos contra todos.
Por cualquier falta al infractor lo llevaban a rectoría y matrícula condicional; una reincidencia y a la calle iba a dar. Ahora se divierten con compromisos, citas al acudiente, llamada de atención verbal, matrícula condicional, amenaza de pérdida de cupo para el otro año y jamás pasan de ahí. Por eso los jóvenes estudiantes hoy se pasan por la faja (era un dicho de ese tiempo) los Manuales de convivencia. Como nadie debe perder el año se medio aprende, se medio se lee, se medio estudia y todo se medio hace, ¡qué tristeza! Y el joven expulsado de un colegio de entonces no conseguía cupo en otro colegio por lo menos en cien kilómetros a la redonda, así era de duro el sistema. La mayoría terminaban ayudándole al papá en sus labores o volándose de la casa.
La memoria a los veteranos, por no decir viejos, les funciona porque fue entrenada para recordar. Las lecciones eran de la página tal a la página tal… DE MEMORIA y punto. Mi madre y un poco de viejitas sobrevivientes de los planteles educativos de los cuarentas y cincuentas recitan de memoria poemas de Rubén Darío y el maestro Guillermo Valencia, los 92 elementos químicos descubiertos hasta esos años, las principales alturas de Suramérica, los diez ríos más caudalosos del mundo, el catecismo Católico, toda la misa en latín y yo me pregunto: ¿Para qué les sirvieron tantos datos en la vida práctica? Yo por lo menos soy un duro para resolver crucigramas pero con eso no llevo mercado a la casa.
Cuando llegaba uno al grado sexto de secundaria (el último año), no respiraba tranquilo, como sucede con los bachilleres actuales. El que pensaba seguir estudiando pues a trabajar se digo y páguese la carrera hijo porque aquí en la casa no tenemos con qué, y uno en qué demonios iba a trabajar si no sabía hacer nada y en eso si las cosas no han cambiado; el bachiller de hace setenta, cincuenta, treinta años y el de hoy saben lo mismo: una enorme cantidad de datos inaplicables en la vida diaria, con la ventaja para los antiguos; ellos si sabían algo, por lo menos de memoria. Decía un sabio popular: “Un mar de conocimientos con un centímetro de profundidad”.
Dicen que todo tiempo pasado fue mejor y eso no deja de ser una falacia. Cada época tiene sus cosas positivas y negativas. No se puede afirmar que la educación de ahora es mejor o peor, cada persona toma de su momento lo que cree conveniente y lo aplica a su vida, “Proyecto de vida”, llaman ahora. La tecnología permite posibilidades para los estudiantes con las que no soñaron ni Verne ni Wells. ¡Qué lejos están las pizarras, el gis, el mimeógrafo, la tiza, la máquina de escribir, el papel carbón! Pero de algo debe servir la experiencia de las generaciones anteriores, por lo menos para no repetir los errores.
Con todo respeto por las nuevas generaciones debo decirles que la vida real es totalmente diferente al mundo estudiantil. En la realidad no funcional los manuales de convivencia sino reglamentos y leyes y no se pueden trasgredir impunemente. Dos fallas al trabajo y adiós el amigo, nada de acudientes. Este recorrido por algunas memorias de padres y abuelos debe servir para algo. Ahí queda para dejar inquietudes o colmar curiosidades.
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