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Fustigar al poder y defender la autoridad, también es necesario (“Seguiré viviendo” 41a. entrega) Imprimir E-Mail
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escrito por Luis Maria Murillo Sarmiento   
viernes, 13 de marzo de 2009
Índice de artículos
Fustigar al poder y defender la autoridad, también es necesario (“Seguiré viviendo” 41a. entrega)
Página 2

¿Terminé amando la vida? (“Seguiré viviendo” 40a. entrega)

José reconocía su conflicto con el poder, aunque con prudencia y diplomacia manejaba las relaciones con los poderosos. Sus escritos sin atacar personalmente a nadie, embestían en forma general contra la jerarquía. Pero no eran anárquicos, por el contrario, privilegiaban el orden sobre el caos. Eran una crítica pertinente contra los excesos o la desidia de la autoridad. Enjuiciaba la dominación de los ignorantes apoyados en la fuerza y el confinamiento de la inteligencia en el manejo del Estado, pues aducía que «son más brutos que sabios los que nos gobiernan»; y fustigaba el uso del poder para saciar intereses personales y para tomar revancha.

Llegó a afirmar en los momentos de más ofuscación que «el poder es para joder a los demás, nunca para servirles. Y para exacerbar la vanidad de los ineptos que lo ejercen». De los poderosos escribía con soberbia, como queriendo doblegar sus ínfulas: «Me tildarán de prepotente por mis crudas críticas, pero no tengo otra opción. Me ensoberbece la iniquidad y tener que aceptar que no dominaran los mejores. ¿En qué principio se fundamenta la pérdida de la igualdad; en cuál que unos manden y otros obedezcan? Moriré con la mortificación de no haberlo entendido».

Pero también lo apenaban sus reacciones explosivas y sus momentos de ira, pero precipitados por manifestaciones de injusticia –ese era su consuelo–. Podía ser implacable contra la autoridad porque se desmandaba, o se confabulaba con los males que debía atajar; pero igual con decisión la defendía; porque sin ella los derechos podían quedar desamparados. Le fascinaba la polémica, y la encendía con afirmaciones perentorias; pero no era raro que tras el fogonazo inicial su discurso tomara un rumbo sereno y razonado, capaz de llevar a sus contradictores por el camino de la conciliación. En ocasiones los choques eran fuertes, pero los epílogos amables. Por eso, como una sentencia, predicaba que los espíritus siempre se reconcilian cuando hay una disposición respetuosa a las opiniones de los contradictores. Aleyda, la auxiliar de enfermería que lo atendía por la mañana, confesaba su debilidad por los coloquios que se daban en aquélla pieza. Sus compañeras recriminaban sus demoras y le preguntaban si era que se había enamorado del paciente, pues ella pasaba más tiempo que el rutinario en aquel cuarto. Si al entrar adivinaba alguna controversia, enlentecía sus labores y las desarrollaba con toda cautela para no distraer a quien estuviera argumentando. Jamás interrumpía, jamás opinaba, apenas fisgoneaba con prudencia, cual si realmente ignorara la conversación ajena. Aquel día José planteaba que los derechos no podían ser los mismos para el buen ciudadano que para el delincuente, y proponía una correspondencia entre los derechos y el comportamiento en sociedad. Plenos para los buenos, restringidos para los bribones. Instaba a ser rudo con el criminal y a no negociar con delincuentes:

–Ante la menor flaqueza la víctima y la autoridad están perdidas. Cada transacción es un paso a la capitulación, una ventaja que aprovechan los bandidos. Al criminal hay que darle de su propia medicina. Quien no respeta los derechos de los demás, no puede exigir respeto por los suyos.

–Profesor –el interlocutor era un discípulo–, invocar la ley del Talión me parece un retroceso.

–Y no la invoco, ya que no propongo repetir la acción del delincuente, sino hacerlo blanco de las consecuencias de sus actos; aminorar sus prerrogativas, porque no encuentro fácil su sometimiento en medio de tantas garantías. Tú dirás si miento al afirmar que muchos de los peores criminales andan sueltos, acogiéndose a la letra menuda de los códigos y aprovechando los resquicios de las leyes. Emboscan y no pueden emboscarlos; secuestran, pero privarlos de la libertad requiere mil formalidades; torturan, y tienen que ser tratados con mil contemplaciones.

–Es un proceder pragmático. Sin embargo las garantías que usted restringe son un rasgo de civilidad. No puedo imaginar a quienes juzgan cometiendo los mismos desafueros que quienes son juzgados. A la autoridad comportándose igual que el delincuente.

–Así presumas que son las mismas prácticas, en nada se parecen. Las del Estado son la  reacción a la acción del delincuente; las de éste son causa, las del Estado consecuencia; las del criminal injustificadas, perversas en esencia; las de la autoridad forzosas, persiguen un objetivo provechoso. Que el criminal termine mal, esta contabilizado en su propio presupuesto, hace parte de sus riesgos, lo tiene que tener entre sus cálculos. Sin demostraciones fehacientes del ejercicio de la autoridad no se detiene al delincuente. Reconozco virtud en tu idealismo, pero la experiencia enseña que con las concesiones a los malhechores el temor a la autoridad desaparece, amén de que los privilegios ultrajan el principio de justicia.

–Con tal severidad con los criminales, no llego a comprender que sea usted la misma persona que alguna vez se mostró partidaria de conceder beneficios a integrantes de grupos armados al margen de la ley. ¿Quién entiende que sus atrocidades apenas merecieran una condena leve?

–Parecía una incongruencia de mi pensamiento y no lo era. Se trataba de negociar la rendición de unos bandidos. La autoridad que da ventaja al delincuente  corre el riesgo de quedar sometida a su poder. Al criminal cuanto más pequeño, con más facilidad se le domina. En este caso se le dejó crecer hasta terminar equiparando su fuerza a la fuerza del Estado. Y por costumbre se negocia para conjurar un conflicto cuando el enemigo no vence ni es vencido. ¿A cambio de qué se entregan unos malandrines que se saben a salvo del imperio del Estado? Son concesiones que dejan el sabor de la impunidad y la derrota, y son el costo de una sociedad permisiva, que consintió en su momento lo que no debía. Queda la lección de que la autoridad debe ser inquebrantable, para que siempre someta y nunca tenga, por débil, que pactar con los bandidos.


 
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