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Una tarde hablando de infidelidad, de instinto y de pareja (“Seguiré viviendo” 43a. entrega) Imprimir E-Mail
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escrito por Luis Maria Murillo Sarmiento   
viernes, 03 de abril de 2009
Índice de artículos
Una tarde hablando de infidelidad, de instinto y de pareja (“Seguiré viviendo” 43a. entrega)
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Juicios de Dios y de los hombres (“Seguiré viviendo” 42a. entrega)

La mente de José siguió siendo en su enfermedad un mundo en permanente ebullición, que contrastaba con el sosiego de su cuerpo. Incluso cuando escribía, se le veía como dormido, a pesar de tener el papel y la pluma entre sus manos. Y cuando se entregaba a los recuerdos y las meditaciones, había que concentrarse en el ritmo de su respiración para afirmar que estaba vivo. Esta vez estaba ausente, aislado de su entorno, con los párpados cerrados, al punto que la enfermera pensó que estaba amodorrado e intentó quitarle las hojas que sostenían sus manos, pero el reflejo del enfermo la contuvo.

–No estoy durmiendo –dijo José al aferrarse a ellas–. ¿No ve, Inés, que las estoy leyendo?

Y lo hacía, solo que por momentos se quedaba inmerso en los recuerdos que aquel documento reavivaba:

–La mujer es un costoso objeto de placer –dijo José.

–En su juventud –completó Joaquín, para pulir la idea.

–No –replicó José–, en su madurez, cuando sus atributos se marchitan pero seguimos en deuda por un placer que se acabó hace tiempo.

–Como la buena mesa –volvió Joaquín a intervenir–. Con gusto pagamos lo que un plato delicioso cuesta, pero nos negamos a cancelar cuando el platillo sin ser sabroso también nos indigesta. Porque la pérdida de la belleza de pronto es lo de menos, son los malos tratos y los sermones reiterados los que más nos pesan.

–Hablas como un casado –sentenció José–. Y llamamos cantaletas a ese odioso suplicio que las mujeres no ven como maltrato. ¡Lo que hay que tolerar cuando ellas nos cuentan entre sus pertenencias!  –¿El hombre posesión de la mujer?, parece un chiste. –Es la tragedia del hombre que se casa. Mira Joaquín de lo que te has salvado.

–¡Qué falta de amor, cuánto insolencia! –exclamó Federico, cansado de participar con su mutismo.

–El amor es un delirio – dictaminó Joaquín.

–No creo en el amor de las parejas –dijo José corroborándolo–, porque es un sentimiento egoísta; en últimas destruye. Basta observar, para probarlo, el comportamiento de un amante despechado. Del enamoramiento al amor el trecho es largo, del enamoramiento al odio, es breve. De otra manera debiéramos llamarlo.

–Los despechados son ustedes –expuso Federico–, que a falta de afecto duradero se obnubilaron con el placer y el sexo.

–Es pragmatismo –se defendió Joaquín–. ¿Es depravación pensar en la mujer como un objeto erótico?

–Es que la vida de pareja no se reduce a lo sensual.

–Sin sexo de por medio, y me perdonas, la compañera de un hombre es un amigo. La pareja –puntualizó José–, es ante todo erótica.

–Insisto en el amor con una visión de largo plazo. Para los viejos que pierden el encanto de su cuerpo la pasión es lo de menos. Lo urgente es tener amor y compañía. Pero un amor filantrópico como el amor al prójimo. De los otros amores no doy cuenta; tampoco creo que el enamoramiento dure hasta la muerte, y acepto que la infidelidad existe. Existirá mientras exista el hombre, porque a la seducción y al desliz no hay nadie inmune. Lo que propongo es que las parejas asuman actitudes razonables para darse la mano en la vejez cuando las mayores penurias aparecen. Olvidando si es del caso que alguna vez fueron amantes.

–¡Vaya propuesta! –dijo Joaquín–. Tan razonable es, como imposible.

–Un argumento espléndido y sencillo –le pareció a José–. Una razón convincente para que las parejas perseveren. Tan solo temo que esa necesidad se sienta demasiado tarde, cuando ya ha hecho estragos el amor, y el odio sea irreconciliable.

A Federico le pareció una opinión muy pesimista y persistió en su empeño. Argumentando se les fue esa tarde, entre conceptos ponderados, intelectuales, picantes y explosivos, que al anfitrión le parecieron de no dejar perder. Por eso con los apuntes redactó un coloquio. Varios lustros después esa conversación era la que lo ensimismaba, releyendo el artículo que anteponía a sus ojos:

–José Robayo (JR): ¿No estaremos haciendo ver a la mujer y al hombre como irreconciliables adversarios?

–Joaquín Ospina (JO): Pues si lo hicimos, declaro que el asunto no es tan grave.

–Federico Castañeda (FC): Nunca dejarán de atraerse la mujer y el hombre: es un axioma. Las contrariedades que surgen no afectan a los géneros. La animosidad cuando se da, es cosa de individuos.

–JO: También así lo estimo. La pésima relación con mi mujer, caso hipotético, no puede llevarme a desdeñar a sus congéneres. Tanto que son las demás las que resaltan los defectos de la única mujer que se torna inaguantable.


 
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