En el tiempo hay infinidad de mundos
Alan Lightman
Cuando sonó el timbre para el descanso, después de dictar clase de literatura, fui en busca de tinto y un refugio dónde leer. En mis manos llevaba el libro Cien preguntas básicas sobre la ciencia, de Isaac Asimov. Mientras caminaba hacia la cafetería observé un grupo de alumnos embelesados frente a la raíz de un árbol que está sembrado cerca del riachuelo que cruza el colegio. Junto a ellos se encontraba la profesora de química. Me acerqué. Una chica apuntaba con la cámara del celular evitando interrumpir a la profesora, la cual improvisaba una disertación naturalista. Una iguana de gran tamaño se aferraba, inmóvil, a la parte baja del tronco. Tenía el dorso erizado y su piel trataba de imitar el color de la madera.
—Un basilisco— interrumpí yo.
—No profe— dijo la chica del celular —un basilisco es una serpiente mitológica; esto es una iguana a punto de poner huevos.
El vientre del animal parecía a punto de estallar y en su mirada tenía la fijeza de una estatua de museo, antigua y tensa. Un chico de Grado Noveno, desafiando la curiosidad de todos, reparó en mi libro. Hizo señas de querer hojearlo.
Minutos después, en medio del aburrimiento por el lento ascenso de la iguana, me regresó el libro señalando con el dedo sobre una página.
—Mire profe— dijo con acento desenfadado.
Leí una pregunta: ¿Qué es la cuarta dimensión? El chico se alejó sin esperar respuesta.
¿Cuál es el argumento de Asimov? La cuarta dimensión no existe. Desde la física ese concepto es una entre múltiples coyunturas. A esas posibilidades los matemáticos llaman “hiperespacios”, los cuales son medidos con geometrías n-dimensionales. A pesar de mi pericia, no creo haber comprendido el tema como esperaría Asimov.
Media hora más tarde, al cruzar de nuevo frente al árbol, observé que la iguana había avanzado casi un metro en su camino hacia la copa del árbol. El lugar estaba desolado.
Al día siguiente, caminando junto al riachuelo del colegio, con la cabeza puesta aún en la pregunta sobre la cuarta dimensión, vino a mi memoria la imagen del abuelo, con quien acostumbraba deambular por la orilla del río que cruzaba por nuestro barrio, el barrio de la infancia. Recordé a un hombre mayor con el alma curtida por los años, calculando el tiempo con sólo mirar la posición del sol en el firmamento, midiendo la edad del año por el vértigo en la corriente del río.
El abuelo había nacido en un pueblo cercano a Bogotá. Nunca había asistido a la escuela, por lo que su firma era un garabato surrealista capaz de desconcertar al más audaz de los grafólogos, pero creía en la palabra, siguiendo leyes ancestrales. En su apellido resonaba el bombo de una estirpe de poetas y hombres de política, índoles a las que fue ajeno: su manera de ver la vida era la de un viejo vate con la frente cargada de sabidurías y su única riqueza lo aprendido en el silencio de la montaña, la cual le había dado la maestría de vivir con lo necesario. El mundo para él, como decía Schopenhauer, era su idea del mundo.
Un día el abuelo me llevó al solar de la casa, un territorio sembrado con especias y árboles de frutos jugosos. Yo tendría seis años. En frente de mí el viejo celebró su culto por la tierra: podó hojas secas en el arbusto de café, limpió malezas en la huerta. Luego abrió un surco y plantó semillas de rábano.
—Ahora resta esperar con paciencia— dijo.
Antes de regresar a casa tomó un tronco de madera seca y el machete. Colocó el tronco sobre otro aún más grande.
—Leña para el fogón— aclaró.
Con unos cuantos machetazos redujo la madera a listones que parecían cortados con motosierra. Yo observaba con ánimo tenso. Cuando terminó la faena clavó el machete en el barro. En un descuido lo tomé. Me sentí poderoso como un caballero de la Mesa Redonda. Empuñé el arma mientras atenazaba el tronco con la otra mano. Levanté el brazo, cerré los ojos y desgajé el lance con violencia. Sentí el martillazo y una punzada volcánica en el dedo índice. Esfuerzo de campesino, pensé.
—Se mató el dedo— gritó el abuelo. Un charco de sangre confirmó el hecho.
Así transcurría la vida en la infancia, entre enseñanzas cosechadas a fuerza de error. Al recordar hoy ese tiempo lo visualizo como el fulgor de una estrella en noche de tormenta. Lo asombroso es verlo aún titilar como un fantasma que se resiste a ser invisible. En los recuerdos hallé el ejemplo para ilustrar la respuesta de Asimov. La cuarta dimensión es una posibilidad que se estira o encoge dependiendo del lugar en que ese misterio nos sorprenda.
Sólo el recuerdo puede convertir la ilusión del pasado en reverso del futuro, como el lento basilisco abriendo brecha en el laberinto de las horas.
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genial - muy buen...
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!Hermoso poema,fe...
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