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 La Pollera

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Fuego en la selva Imprimir E-Mail
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escrito por Mariela Loza Nieto   
jueves, 18 de junio de 2009
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Fuego en la selva
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Usted sabe: me quedan algunos meses de vida.
Los elegidos de los dioses seguimos estando a la izquierda del corazón,
debidamente condenados como herejes.

Roque Dalton

Se concentraron en la plaza de los pueblos. La selva se consumía entre las llamas. Se extinguían las iguanas, la pequeña guacamaya no nació, lianas caían de las ramas carbonizadas. Aullaban de dolor los monos. Sus ecos resonaban en las quebradas.

Los de siempre asesinos observaban complacidos aquel espectáculo atroz. En sus cárceles seguían pudriéndose los cuerpos. Los de siempre asesinos, los que años antes habían torturado a Jacinto Canek, ningún golpe habían recibido: enfermos, los corazones de las niñas y los niños regresaban con sus cuerpos famélicos a trabajar en los campos del patrón. Los alaridos eran espeluznantes, todo se trastocaba. La selva se consumía. Sus verdores se apagaban. En el centro de la selva, rodeada por las llamas, la hembra Yaguar detuvo por unos instantes el ritual de la sensualidad. Sintió tristeza… sintió dolencia y volvió a sangrar la amargura por la herida. Se recordó apenas unas horas antes, cuando los fuegos todavía no le mordían la carne. Las imágenes pasaron por su mente como si la luna le estuviera contando una historia: se vio a sí misma, agazapada sobre el macizo de rocas. El viento le atraía los silbidos de una acrecentada corriente. Tenue luz de luna dejaba ver, de cuando en cuando, su esbelta sombra. La noche caía como caricia sobre aquel tupido boscaje. Nada impedía la concentración, ni las ramas crujiendo unas contra las otras, ni el canto del búho que la muerte anuncia.

Agazapada, en silencio, con el cielo estrellado sobre la piel, esperando el momento preciso para dar el salto, así se recordaba aquella hembra, Yaguar mariposa.

Vio sus pasos avanzando silentes cuando se encaramó por la corteza del árbol. Los hedores del odio habían tejido sobre la tierra sanguinario manto, entonces estallaron, se hicieron evidentes: a lo lejos vio las antorchas encendidas que salían amenazantes por los caminos de terracería.

Respiró profundo, tranquila, desafiando al temporal que cercaba siniestro la montaña; no había duda, venían tras ella.  De un salto abandonó el matapalo. Cerró los ojos guardando los sudores de la luna en su cuerpo; en medio de la profunda oscuridad se le agolparon las remembranzas. Apretó entre la garra retráctil el cuchillo de obsidiana, el incienso y un racimo de flores de amaranto. Dio algunos pasos, sin prisa, mientras, recordaba el roce tibio de los labios, las noches de profunda negrura, los colores, las danzas… las amarguras, las esperanzas.

Vino a su mente aquel día de abril: en el suelo caían los frutos y vainas sobre la hojarasca. En el hueco de un tronco, la guacamaya cuidaba sus huevos, habían pasado treinta días desde que construyó el nido, pronto eclosionarían las pequeñas aves con el arco iris irradiándoles las alas.  En medio de aquella mañana, con la mente maltratada, tuvo el primer encontronazo con esa realidad brutal: desde lo alto del palo de agua descubrió encendidas ambas hogueras, ya la esperaban, todavía no terminaba la primavera.

En aquel abril se había abierto a su paso las imágenes cruentas que se develaban tras los ruidos de una guerra que estallaba; de un lado, ella, en apariencia, solitaria; del otro lado, verdugos con los nombres escondidos en el anonimato.

No sabía si estaba lista para el sortilegio, pero volvió a mirar aquellas llamas, no tenía opción. Había que protegerlo. Rodeo el árbol y se adentró por el sendero en el que se entretejen las piedras y las lianas. Era el tiempo, volvió a apretar el trozo de lengua volcánica entre las garras. Ningún intento por huir, zambulló su cuerpo en la corriente del río, el agua la mojaba hasta el cuello, sentía esa fuerza empujando sus macizos músculos corriente abajo, rumbo a la cascada, y se dejó guiar por la tierna caricia de la humedad.

Alrededor, entre las sombras que dibujan los amates, el croar de un sapo anunciando la cercanía de la cueva que matriz es de la luna. Y, a pesar de los pesares, se dilataba y contraía el corazón.

El mono aullador la observaba inquieto, la hembra Yaguar alcanzó a despedirse con la mirada de las fauces del cocodrilo que se abrían mostrando unos dientes inmensos.

Río arriba, el tlacuache corrió buscando presuroso, quería llevar a la Yaguar mariposa el consejo de su naturalidad: fingirse muerta y después escapar. Llamó a Amazilia tzacatl para que con sus alas de colibrí lo ayudara a buscarla.

Se paró justo al llegar a la ribera del río, recorrió con la mirada cada gota que sus ojos alcanzaban. No estaba.

Había que correr por los meandros rumbo a la cascada para alcanzarla. Echaron a andar detrás de sus huellas. A su paso iban gritando la noticia:

–– ¡Vienen por ella! –– se escuchaban las voces ––¡Quieren llevarse su corazón como botín de guerra!

El tucán de collar frunció el ceño extrañado. Aún no entendía. Cada vez más cerca las llamas y la barahúnda, pero todavía no lo suficiente para aplacar los cadenciosos sonidos de la madre selva. Poco a poco la noticia se propagó, recorriendo la carne de los helechos que desde la antigüedad recargaban el paso del tiempo en el tronco de la Ceiba.



 
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