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Un último sueño americano Imprimir E-Mail
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escrito por Luis Javier Osorio   
viernes, 17 de julio de 2009
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Un último sueño americano
Página 2
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Los indicadores del combustible señalaban que ya el tanque se hallaba completamente vacío, el exhausto motor, tras dar un concierto de resoplidos y golpeteos metálicos, finalmente detuvo su marcha en un lugar muy inoportuno justo en medio de la nada, la carretera parecía surgir por un extremo del cielo y continuaba en línea recta perdiéndose al tocar la otra punta del firmamento en el horizonte, igual que si cayese a un gran abismo desde las orillas del mundo. El solitario conductor, frustrado por la mala pasada que ahora el destino le jugaba, se bajó del vehiculo azotando con fuerza la portezuela como si el solo acto de castigar a la unidad motriz con golpes pudiese ponerlo de nuevo en movimiento para continuar así con la jornada recientemente interrumpida por el infortunio.

Eduardo, el solitario conductor varado, se recargó en el vehículo que lo trajo hasta ese lugar olvidado por Dios desde tiempos inmemorables, la ciudad mas próxima estaba todavía muy lejos como para ir caminando sin que los implacables rayos del sol frieran sus escasas neuronas, un peculiar siseo proveniente de una llanta le hizo caer en cuenta que tampoco el automóvil podría llegar al destino tan largamente ansiado. En la distancia, Eduardo pudo notar un pequeño montículo en una lejana loma, probablemente se trataba de algún establecimiento abandonado, como tantos otros que avistó a lo largo de su camino en aquel viaje suyo. Cuando encontraba sitios como aquel, si bien le iba, se agenciaba víveres, una buena ducha y en más de una ocasión, transporte. Tras vacilar un poco, se puso nuevamente de pie para reanudar el paso en dirección al horizonte, la ingrata marcha continuó por largas horas, el astro rey fue recorriendo la bóveda celeste hasta quedar en el poniente dándole la luz de lleno en la cara.

Eduardo estaba hecho una pena, la sed abrasaba su garganta mientras el sudor bañaba su maltrecho cuerpo gracias a la prolongada caminata, después de la cual, pudo confirmar lo avistado desde lejos horas antes, era efectivamente una pequeña gasolinera y una tienda de conveniencia junto a ella, todo parecía indicar que no era ese un lugar muy transitado además de lucir un abandono bastante notorio, ante tal panorama Eduardo se preguntaba si haber ido tan lejos valió la pena y la única forma de saberlo era entrar a la tienda y ver que había disponible para llevárselo y continuar con su odisea, empujó suavemente la puerta de cristal oscurecida por la suciedad acumulada durante meses para luego confirmar lo que ya se temía, ahí tampoco había gente como en otros tantos pueblos y ciudades por los cuales había transitado antes.

Tras un arduo esfuerzo mental, Eduardo recordó la última vez que vio gente, fue cuando llegó a la ciudad de México proveniente de su natal Barranquilla en la republica de Colombia, se sorprendió mucho al momento de caer en cuenta que las calles casi estaban desiertas tomando en cuenta el tamaño de aquella megaurbe, incluso muchos automóviles permanecían a media calle abandonados por sus conductores con las llaves puestas todavía.

Meses antes de iniciar su jornada en busca de una vida mejor, su esposa e hijos murieron a causa de la extraña epidemia que azotó en todo el mundo y prácticamente acabó con la población de Barranquilla, se trataba de una clase de hepatitis capaz de acabar con sus victimas en menos de una semana con síntomas espantosos hasta literalmente hacer a sus victimas en forma literal vomitar sus entrañas, gracias a esa terrible pandemia, la economía local estaba totalmente arruinada. Eduardo estaba desempleado hacía varios años y el apoyo gubernamental ya no era suficiente para solventar los gastos familiares, así, el día en que murió su esposa tomó la dolorosa decisión de ir hacia el norte a la tierra de la libertad, el hogar del valiente, los Estados Unidos de Norte America, en Barranquilla de mucho tiempo atrás ya no tenía futuro alguno, amontonar billetes verdes con la cara de George Washington y realizar el sueño americano era toda su consolación, en vida su esposa no le permitió irse porque no deseaba el abandono, esta ocasión ya nadie lo detendría, esa fue la manera como se puso en camino rumbo a la unión americana.

Conforme avanzaba, Eduardo se dio cuenta que no solo Barranquilla fue diezmada por la epidemia, casi en todos lados a donde iba se hallaba con un cuadro sumamente desolador, mucha gente yacía enferma en el arroyo de la calle a la espera de urgente atención médica, en cada esquina podían verse millares de cadáveres siendo apilados por maquinas buldózer para después arrojarlos a fosas comunes donde luego se incineraban con el fin de impedirle a la peste continuar con su atroz avance, por todos lados el rastro dejado por el caos era evidente convirtiendo en zonas de guerra principales arterias de cada ciudad o pueblo a donde llegaba Eduardo, el mismo patrón se repetía sin importar donde fuera.

Las cosas fueron un poco distintas cuando arribó a la capital azteca, todavía encontró ahí gente viva, incluso pudo quedarse gratis en un hotel cinco estrellas además de comer bien tras no probar bocado desde que cruzó la frontera entre México y Guatemala, ya con el paso de los días estaba sintiéndose aburrido de no hacer nada. Como si una especie de alarma interior le hubiese indicado el momento de partir, Eduardo reanudo su camino una vez mas, aunque se sintió tentado a tomar uno de los tantos automóviles abandonados, decidió mejor  viajar “de mosca” en un ferrocarril carguero que le llevó hasta otra gran ciudad, San Antonio en el estado de Texas, por fin se hallaba sobre suelo americano. Las cosas tampoco fueron bien para Eduardo una vez que llegó a tierras del norte, de nuevo la plaga hizo su aparición por aquellas latitudes antes, una ciudad bulliciosa hallábase sumida en el silencio eterno quedando convertida en una inmensa tumba para millares de personas y de la misma forma que sucedió días antes en la ciudad de México, muchos automóviles parecían esperar que alguien los condujera por las carreteras, tras buscar un auto que todavía tuviese las llaves pegadas al switch, decidió llevarse un deportivo.



 
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