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De la mixtura de carne luna Imprimir E-Mail
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escrito por Mariela Loza Nieto   
domingo, 19 de julio de 2009
Índice de artículos
De la mixtura de carne luna
Página 2
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"La mujer no es nada más que lo que el hombre decide que sea; así se le llama "el segundo sexo" queriendo decir con ello que aparece esencialmente ante el hombre como un ser sexuado: para él, ella es sexo, y lo es de un modo absoluto. Se determina y se diferencia en relación al hombre y no en relación a lo que ella misma es; ella es lo inesencial frente a lo esencial. Él es el sujeto, el absoluto: ella es "lo otro". Simone de Beauvoir 

 

Era el tiempo en que todo lo existente era luz, cuando en beso la luna y el sol se seducían la carne con sus propios brillos. Todo estaba iluminado por sus roces fraternos, tibios… era luminiscencia el universo… excepto un hoyo negro cuyas tinieblas todo tragaban. Su fuerza lo único que no alcanzaba a robarse eran las sonrisas, sólo los odios absorbía. Resultó que ese lugar sin alegría escupió resentimiento en tormenta de masas incandescentes, la luna y el sol jugueteaban entre ternuras, y la lluvia de meteoros se estampó en la espalda de la luna, dejándosela marcada y sin luz.

Muchos fueron los cráteres que en su cuerpo se formaron, y una masa de arena se interpuso entre ella y el sol, él observó estupefacto la silueta de su compañera, ya no era la misma, la miró con sorpresa, entonces, uno de los meteoritos del lugar sin alegría se le acercó al oído y le dijo:

– ¿La ves?.. no es tan bella como tú, no tiene tu tamaño, es pequeña, insignificante ante tu grandeza…

Influido por el malicioso, ese día el sol no la besó. La luna no entendía el cambio, al buscar la sonrisa fraterna de su compañero, sólo alcanzaba a ver la masa de arena, y empezó a dar vueltas a su alrededor, buscándolo; pero él se escondía… Por fin un día el azar los encontró de frente, ella sonrío, y en respuesta sólo obtuvo algunas palabras que él, influido por el meteoro del lugar de las tinieblas, con petulancia dijo:

– ¿Ves esas arenas?.. cuando las alcanzan mis hebras de fuego se convierten en un gran espejo en el que toda mi belleza y grandiosidad se contempla… tú ya no eres hermosa, mírate las sombras de la espalda, tu luz se apagó.

La luna giró el rostro para verse la columna vertebral, y el sol aprovechó ese momento para volverse a esconder; ella, aún así, buscó otra vez con su sonrisa los ojos de quien entrañable antes la abrazaba con fibras de calor, y le dijo:

       Mira, no es que se haya perdido mi belleza, estas rocas de basalto salieron de mi corazón, el polvo de mi suelo anaranjado es como tu calor… las sombras marcan la altura de mis altozanos…

El sol, influenciado, la interrumpió engreído:

       Sé que fuimos juntos brillo, amor; sé que antes en igual condición estábamos, ya no es así… ahora es mi presencia quien determinará el día… y si no me encuentro de noche será en las arenas del desierto que nos separa, y al que hoy abraza mi pasión… sin embargo, a pesar de mi clara superioridad, y en recuerdo de aquella amistad nuestra, puedo prestarte un poco de luz… podrías tener otra vez algo de fulgor, pero tendrías que aceptar que eres no mi igual, sino mi reflejo…

Ella no podía entender el cambio. Miraba y miraba las cuencas, las terrazas de su cuerpo… y no entendía, y buscaba otra vez la amistad del sol, su abrazo… no los encontró… y no entendía, si la explosión de su volcán no era de frío, no era de hielo…no comprendía por qué no había más caricia… y nació en las brechas de sus mesetas el dolor.

La luna desde entonces se mantuvo girando alrededor del desierto redondo, ya no tenía con quien compartir su amor, y se le fue acumulando, al igual que la dolencia… y era tanta, que la amargura no podía soportar el mar de nubes; y era de ternura el peñasco, la nostalgia levantaba polvaredas naranjas de su suelo, tristeza del océano la tormenta, y a la cima de sus cordilleras subían las sonrisas guardadas, y detonaban… y eran tantos los sentimientos mezclados que los empezó a sudar por los cuernos…

Un día, las gotas de dolores y ternuras guardadas cayeron en el desierto y como pequeño espejo la luna alcanzaba a ver su rostro en ellas y se veía hermosa y sonreía a sí misma, y la sonrisa la hacia florecer, entonces otra vez tenía la intención de buscar al sol y daba vueltas al desierto… pero duraba poco, por la mañana los rayos evaporaban las gotas y para la luna todo se volvía incertidumbre… o del otro, reflejo. Sólo la esperanza de volver a sudar y contemplarse la sonrisa quedaba; sólo la esperanza de volver a florecer el amor y la alegría de sus luminiscencias, de la carne de su médula el cielo.

Así pasaron varios días, hasta que una gota decidió no dejarse evaporar, entonces se ocultó en las arenas y comenzó a entrar, más, más… y al centro del corazón le llegó al desierto…Ahí se hizo amiga de un grano de aquella arena y platicaban y platicaban y miraban al cielo en las noches eternas, y en los días de eclipse total de sol… y desde ahí se veían los que antes de su corazón los fulgores compartían…y entre la nostalgia de la carne de luna de la que había nacido, la gotita también sentía alegría… y se preguntaba en silencio por qué la luna podía, de cuando en cuando, tapar al sol por completo…

– ¡Desde aquí se ve claro, tienen el mismo tamaño! – concluyó en voz alta…

El grano de arena volteo a verla con sorpresa, se dio cuenta: ella brillaba por sí misma, en ella chispeaba talento… entonces entendió por qué a su paso crecían raíces… ¡estaba naciendo vida de su humedad, de su inteligencia!.. Pero el orificio negro no podía soportar en su envidia la claridad, la transparencia del corazón, del pensamiento…Y otro huracán de odio el orificio negro soltó… y cayó un meteoro y habló con el grano de arena:



 
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