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 La Pollera

El soldado Imprimir E-Mail
(1 voto)
escrito por Roberto David Rodriguez   
sábado, 01 de agosto de 2009
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Fue un breve instante de luz tenue y el eco de una voz sólida y clara, que luego se fue perdiendo lentamente. Sus parpados se cerraron y con ellos las puertas de la realidad de nuestro mundo.

La salida del sol era el signo que indicaba el comienzo el día. Ese instante, esa milésima de segundo era la hora prima. El soldado, limpiándose con sus manos ásperas el rostro impregnado de barro, se levantó lentamente. El sol descansando en un cuchillo que posaba en el suelo, reflejaba la cara del joven, casi viejo, casi muerto, casi nada.

Miró hacia su alrededor y no encontró ser vivo, ni un diminuto renacuajo. El olor a pólvora y carne quemada le produjo un irrefrenable deseo de vomitar. Advirtió que estaba solo y sintió que era el único sobreviviente de la masacre. No lograba recordar nada de lo sucedido: ¿desde que hora yacía desparramado en ese agujero fangoso?, ¿cuánto tiempo estuvo en ese estado, cuando hacia que estaba dormido, adormecido o desmayado?. Con ambas manos tocaba su cuerpo meticulosamente, como un niño reconociéndose. Rozaba su rostro, sus ojos, sus piernas.

No sentía dolor. Y a pesar que su chaqueta estaba ensangrentada, comprobó con cierta alegría que no provenía de él. Su sangre recorría aún sus venas y la sentía en los latidos fuertes de su yugular.

Miró nuevamente, tal vez ya mas capacitado y descubrió un pequeño arroyo, Camino lentamente hacia él y probó el agua, con barro, con sangre, con musgo, con sed. Era dulce y la bebió de su mano, cada vez más, hasta saciarse. Miró hacia el cielo nuevamente.

Se dijo que si el sol era responsable del día y de la noche, la luna lo era del mes. Cada vuelta del sol era un día y cada vuelta de la luna era un mes. Confuso, se repetía estas deducciones que no le encaminaban a saber en que día y en que mes estaba viviendo. Sentía hambre y busco con la mirada y nada encontró. Los recuerdos, como extrañas telarañas que se esconden en el fondo de la mente, como trozos de una fotografía descolorida, comenzaron a invadirlo.

Se sentó a descansar debajo de un árbol desvencijado. Secó el sudor que caía por su frente e intentó ordenar sus pensamientos. Extrañamente sus ansias no contemplaban lo inmediato. Es decir, como llegó hasta allí, la suerte corrida por sus compañeros caídos, sus muertos, su pasado. Su percepción no contemplaba el horror que lo rodeaba y su conciencia era intolerante con la realidad que lo circundaba. Sus sensaciones eran cada vez mas extrañas.

Se sentía un ser humano en el tiempo, en un instante cualquiera de ese tiempo y se sentía libre de construir su propia realidad. Luego de sobrevivir, muchas posibilidades le presentaba el futuro y antes, tener que elegir entre ellas lo sumergía en una profunda angustia y generalmente en grandes contradicciones. Ahora su perspectiva era más sencilla y más simple o al menos no lo angustiaba. No había planes para él. Podía ser aquel que bebió el elixir de la inmortalidad o considerarse simplemente un ser para la muerte. No dependía de él. Una bala que jamás vería, lo podría atravesar en ese mismo instante. Pero no lo angustiaba ni lo preocupaba, A pesar de carecer de lo más elemental que requiere y que exige la supervivencia, se sentía libre. Pensó en un momento que, el shock lo había transformado en un ser místico o que por momentos alucinaba, pero lo descartó cuando un insecto picó su mano y un ardor terrenal y desagradable lo sobresaltó. Podía elevarse a un pensamiento que le proporcionara una agradable armonía interior e inquietarse por un simple e intrascendente aguijón clavado en su epidermis.

Se volvió a quedar dormido, tirado sobre malezas secas...

El sueño lo trasladó hasta un barco vikingo donde en su proa se divisaba un gran dragón que lanzaba fuego por los ojos. En la popa un oscuro monje recitaba en arameo algo incomprensible. En las velas se trepaban, saltaban y se deslizaban gatos, culebras y sapos. Cuervos negros sobrevolaban la nave atacando a murciélagos adormecidos, y un búho en la punta del mástil daba voces de alerta. Hermosas Nereidas cortejaban la barcaza, y muy cerca de allí una gongona, cubierta de escamas y con serpientes en lugar de cabellos se trenzaba en una lucha final con la Medusa.

En ese sueño mágico el soldado esperaba la noche, el momento en que los silfos, esos pequeños espíritus que siempre ayudaban al viajero perdido, aparecieran, con el afán que ellos lo pudieran orientar a encontrar algún camino. Ellos no acudieron y se volvió a sentir el ruido del silencio. En ese momento, el tiempo y el espacio parecían simples palabras sin significado. Lo que el soldado no podía evitar era esa sensación inexplicable de que él ya había muerto por el fuego 500 años atrás y, de sus cenizas esparcidas por el lodo, era el Ave Fénix quien lo hacia renacer, joven, fresco, celestial. Y un hermoso Unicornio, símbolo de la santidad, lo elevaba con su único cuerno blanco hasta las verdes y lejanas praderas donde había nacido, rescatándolo de ese pozo negro y oscuro.

Cuando realmente despertó, abrió lentamente sus ojos . Un leve rayo de luz vulneraba unas largas cortinas celestes que colgaban de un amplio ventanal.. Escuchó, lejanamente una voz que le susurraba algo que no entendía. Era la voz de una enfermera.

Fuera de la habitación del hospital, su mujer y sus hijos, llenos de alborozo preguntaban al neurólogo si se había producido el milagro. Si estaban viviendo ese momento esperado desde hacia 11 años: que Germán despertara. Que ese horrible accidente de automóvil y su espantosa secuela, ya había quedado atrás. Que el viaje desde el trabajo hasta su casa llegara a destino. Que esa imagen de hierros retorcidos, sangre en el asfalto y el muro de la avenida desapareciera. Que Germán pudiera ya volver definitivamente con ellos.

El médico logró calmar sus ansias e ingresó a la habitación donde yacía en la cama, inmóvil, el más antiguo y legendario paciente. Fue él, el médico, quien le volvió a hablar a Germán. Comenzando con voz pausada y suave, y luego con mayor intensidad.

Fue un breve instante de luz tenue y el eco de una voz sólida y clara que luego se fue perdiendo lentamente. Sus parpados se cerraron y con ellos las puertas de la realidad de nuestro mundo.

El soldado miró a su alrededor y no encontró ser vivo, ni un diminuto renacuajo. El olor a pólvora y carne quemada le produjo un irrefrenable deseo de vomitar.

Advirtió que estaba solo o que era el único sobreviviente de la masacre.

No lograba recordar nada de lo sucedido. Se volvió a quedar dormido tirado sobre malezas secas...

Comentarios
sergiomarentes  - Buena manera de narrar   |2009-08-02 13:18:57
Bien narrado Roberto. La mayoría de veces que narramos algo, terminamos respetando inconscientemente la linea cronológica, a la que estamos acostumbrados a vivir.
Sergio
Johann Bass   |2009-08-10 17:18:27
Estoy de acuerdo. Muy bien narrado. Me parecio interesante y original.
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