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Página 1 de 2 Ir a: Las Escrituras, el mito y la verdad (“Seguiré viviendo” 57a. entrega) Estaban allí la joven y la vieja; la bella y la deforme; una atractiva, la otra repugnante. Concentraba la primera todos mis sentidos, a la otra mi vista la esquivaba. El ambiente era un delirio, las imágenes, fantasmagóricas. Como proyectadas en el aire, se realzaban y palidecían; desaparecían y aparecían. Igual sus voces: eran un eco que iba y que venía. Me esforcé por oírlas. La bella hablaba con superficialidad y engreimiento, la otra en tono tan bondadoso que me atreví a mirarla pese a la repulsión que su fealdad me suscitaba.
Entonces la proyección se volvió un fulgor intenso que cegaba. En instantes las siluetas no se reconocían. A mi derecha había quedado el perfil alto y delgado, el de la belleza incomparable; a la izquierda, el rollizo y bajo de la mujer sin atractivo. Me obstinaba infructuosamente en verles las facciones. En el intento, me atravesé a los rayos del proyector imaginario y las imágenes se volvieron sombras; no desaparecieron. Eran seres reales, y se distanciaron de mí dando la espalda. De un momento a otro comenzaron a tirar sus camisones. Desconcertado aguardé su desnudez, pero el «striptease» se convirtió en un desollamiento espeluznante. Jirones de piel se iban tras los velos blancos; y tras de la piel, los músculos; y tras de los músculos quedaban los huesos descarnados. Pronto toda apariencia humana se deshizo. Quedó a cambio por cada cuerpo una escultura informe... pero viva. Una voz interior me dijo que era su alma. Me acerqué intrigado y mis sentidos escrutaron. Las observé, las toqué, las olí y las oí. Eran pródigas en sensaciones. El alma de la mujer contrahecha desprendía aromas exquisitos, su forma, a nada que pudiera compararse, transmitía la sensación de la armonía perfecta. Me sedujo, e impregnó mi cuerpo de fragancias, sabores y sonidos celestiales. El hedor del alma de la bella, en cambio, me evocó un mundo de sensaciones infernales. Me sentí inmerso, dueño de un poder excepcional que me permitía desentrañar los secretos del discernimiento e indagar en lo más recóndito de las conciencias. Reconocí que hay belleza más allá de la forma, me creí inmune a la apariencia externa y material, y amo de conocimientos absolutos. Desperté sin sobresalto, fresco; ni sudoroso, ni agitado como tantas veces me ocurría. Muchas veces al abrir lo ojos con alguna figura tropezaba. Esta vez estaba sólo y el cuarto envuelto en la penumbra. Creí que era de noche, pero era culpa de la cortina que le negaba la entrada a la luz de la mañana. Cuando entró la auxiliar de enfermería le pedí que la corriera. –No me gusta que la habitación se convierta en una cueva. Lo hizo de inmediato, y me contó que mientras yo dormía, un señor de nombre Julio había llamado a saludarme. Tantos años sin verlo. ¿Qué me hubiera dicho? Pensé en la multitud de reacciones que mi enfermedad originaba. Su conocimiento volvió a algunos amigos compasivos, y a otros demasiados prevenidos. Me daba la impresión de que estaban más atentos a la repercusión de sus palabras y aceptaban mis opiniones casi sin refutarles nada; cual si oponerse a ellas los pudiera hacer culpables de mi muerte. A algunos se les notaba la ansiedad al visitarme, otros parecían sufrir más que el enfermo y casi me presentaban a mí las condolencias; cuadro surrealista en que el pésame se lo expresan al difunto. Realmente yo tampoco tuve mucho por decir cuando visité enfermos en tales condiciones. Olvidándome de su padecimiento buscaba temas ajenos a su estado, pero de pronto alguno centraba su interés en su dolencia y hablábamos de ella sin prevención alguna. Que Julio había anunciado su visita, fue lo que se le olvidó decir a la enfermera. Llegó en compañía de Antonio y de Jesús, y sospeché, de pronto porque era en lo que venía pensando, que la ansiedad de tratar con un agonizante era el motivo por el que llegaban juntos. En grupo es como mejor se enfrentan estas situaciones. Saludaron con sobriedad y se sentaron. Ninguno se animaba a dirigirme la palabra. Más que amigos parecíamos incómodos extraños. –Dicen que te has vuelto generoso –dije rompiendo el hielo. A la afirmación mordaz todos se rieron. Ese era el objetivo. Desde la escuela, Antonio había cosechado una fama de tacaño bien ganada, que se la refregaban para que montara en cólera. –Pues sí, ya soy menos apegado a las cosas materiales. –Algo sobrenatural. ¿Y quién hizo el milagro? –Las circunstancias, José, las circunstancias. Cuando uno siente el porvenir asegurado puede actuar con más holgura. Y nos contó las incidencias de esa transformación. Comenzó por advertir que él no había cambiado, que era el mismo receloso que siempre tomaba precauciones. Nos confesó que siempre desconfiado del destino, atesoró para tener a salvo su futuro. «Si seis meses demoraba un desempleado en conseguir trabajo, yo hacía reservas para un año, no fuera el diablo que me echaran de la empresa; si por una desavenencia conyugal podía perder el 50% de mis bienes, ahorraba a escondidas de mi mujer, para hacer un patrimonio semejante. Pero ella se marchó con una jugosa herencia, sin decirme ni pedirme nada; de pronto con la preocupación de tener que compartirla. ¡Con tanta plata que le iban a interesar los gananciales! Y la empresa, ¿saben?, jamás me despidió, por el contrario, me pensionó, y me dio unas sustanciosas cesantías. ¿Ahora entienden? Con obligaciones exiguas y un bienestar seguro la austeridad sería mezquina». Nos embarcamos entonces en una discusión sobre la planeación, el derroche y el atesoramiento desmedido. Censuré el trabajo agotador que va en pos de una fortuna que el mismo trajín laboral impide disfrutarla. Y ensalcé la obsesiva prudencia de Antonio que le había recompensado con una placidez vitalicia tantas cohibiciones. –Eso cuando el destino acepta nuestra trama –dijo Jesús–, porque de pronto se le atraviesa la muerte a nuestros planes. Y se calló con temor, conciente de haber nombrado la soga en la casa del ahorcado.
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