Amante puede ser la compañera desconocida y fugaz de un encuentro no pensado, la mujer galante que nos trata con bondad y finge afecto, la confidente que compensa nuestra soledad, la querida que semanalmente comparte nuestro lecho, pero ninguna tan sublime como aquella enamorada que llena todo nuestro espacio, aquel ser que equilibra la vida del hombre atropellado y sin aliento. Aquélla que tiene siempre a flor de piel un atributo que calma nuestro enojo.
La amante es un oasis que aplaca la aridez de un vínculo que hastía. El ser dispuesto a la comprensión y a la palabra tierna. A su lado no hay gritos, no hay ultrajes, no hay rutinas ni trabajos extenuantes. No hay reclamos. Sabe de otra mujer y lo tolera. Al fin y al cabo siempre intuye que contrario a lo que se diga con encono, ella no es la otra, es la primera.
Ese ser socialmente incomprendido tiene la capacidad de transformar en lo más íntimo la vida y el corazón del hombre. Amor y lealtad son virtudes para ganarse el cielo. Resignada a la relación oculta y clandestina, renuncia la amante a la honra y los honores, al bienestar y a los derechos que solamente con el vínculo legal se brindan. ¡Qué justo premio serían a su nobleza!
Luis María Murillo Sarmiento ("Cartas a una amante")
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