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La Biblia, palabra de Dios… ¿o de los hombres? (“Seguiré viviendo” 63a. entrega) Imprimir E-Mail
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escrito por Luis Maria Murillo Sarmiento   
viernes, 12 de febrero de 2010
Índice de artículos
La Biblia, palabra de Dios… ¿o de los hombres? (“Seguiré viviendo” 63a. entrega)
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Ir a: El triunfo de la medicina (“Seguiré viviendo” 62a. entrega)

La cara que se asomaba aprovechando la puerta entreabierta no era conocida para José, pero la invitó a pasar para ponerla a salvo de su vacilación. Por algún momento pensó en la interconsulta pendiente con sicología, pero reparó que los profesionales de la salud entran y salen de los cuartos de hospital como Pedro por su casa. Hasta el momento no había conocido médico o paramédico que pidiera permiso para seguir; ni siquiera para desnudarlo ante sus asistentes. Además la indecisión de la recién llegada no era propia de los especialistas de la mente.

e respondió Amelia llevándole la idea.

–Disculpe que lo interrumpa hermano –dijo la tímida voz que lo abordaba.

–¿Seré yo la persona que usted busca? –le contestó José.

–Si eres tú, pero el Señor es quien te busca. Yo llevo la palabra de Dios a los enfermos.

Entonces puso frente a los ojos de José una pequeña Biblia de pasta negra y título dorado. Le  fastidió la intromisión. Muchos podrían ver en ese tipo de personas hasta apóstoles, pero para José no pasaban de propagandistas insistentes, más pesados que ciertos vendedores ambulantes. Le caían mal como enemigo que era de todos los adoctrinamientos. Éste en particular, por aprovecharse de la situación de inferioridad de los enfermos, le parecía más abusivo.

–Me disculpa señora, pero no hay nadie más próximo a Dios que un moribundo, ni usted con todo lo que reza lo tiene más cerquita. Si ha venido a sembrar, le comunico que ya he recogido mi última cosecha. Se acabó la siembra. Estoy realizando el inventario.

Había terminado exasperándose pese a que se había propuesto ser más tolerante al final de su existencia.

–Hermano, por algo Dios me trajo a ti con su palabra. Te voy a leer Job 30,23: «Porque yo sé que me conduces a la muerte...

–Señora, ¿no me entiende? –dijo José interrumpiéndole el discurso–. No busco su auxilio, no quiero su palabra.

–Déjeme explicarle...

–Yo le explicaré primero. La Biblia fue escrita con la pluma y las intenciones de los hombres. No es para mí palabra de Dios irrefutable. El Antiguo Testamento es simplemente mitología judía. Una divinidad y un pueblo, que es lo que más me choca, porque el auténtico Dios es ecuménico. Y sin poner en duda la existencia de Jesús, en quien confío, debo afirmar que hasta los cuatro evangelios dejan dudas. De sus autores no hay certeza, como tampoco de las intenciones con que fueron escogidos. ¿Qué decían los otros cientos que no debía saberse? No pierda tiempo con una predicación innecesaria, que ya estoy convertido. No gaste esfuerzo en dogmas que no voy a aceptarle –y con la mano le señaló la puerta.

Fue rudo.

Lo percibió cuando la beata abandonó la habitación como animal herido. Sintió pesar, pero justificó su intransigencia: «cosas del ánimo cambiante».

Aquel suceso le recordó otros parecidos, marcados por su aversión a quienes se valen de la fe para espantar incautos. El último le había ocurrido con Stella. Su reiterada invitación a conocer unos amigos doblegó su resistencia y José terminó en medio de una ceremonia religiosa inesperada. Cuando entró al recinto de la supuesta fiesta se sorprendió con los mensajes alusivos a la salvación, y sintió deseos de devolverse, pero lo retuvo el aprecio que le profesaba a su vecina. Escuchó al pastor casi vociferando y le pareció apocalíptico, empalagoso y lisonjero. No dijo nada, aunque hubiera querido refutar tantas admoniciones. Mejor pensó que era él quien disonaba, porque todos los asistentes así honraban a Dios, y algún mérito debía reconocerles.

Al término de la ceremonia comenzaron los saludos y él agradeció de buena gana el interés en su salud, desconcertado sí, de que tantos extraños conocieran su padecimiento. Lo que arruinó el final feliz de aquel encuentro fue la  desafortunada intromisión de unos fanáticos que insistieron en limpiarle el alma de pecados. Visiblemente alterado José pidió respeto y les notificó que su vida era la que ya había sido: «no le voy a improvisar remiendos».

Le pidieron que no fuera soberbio, que no repudiara la redención que Dios le concedía.

«Mi conflicto no es con Dios, es con los hombres. A Dios mi razón lo descubre en su obra prodigiosa. Si fuera por las prédicas, tendría de Él una visión desfigurada».

Cuando todos desistieron de su empeño y se marcharon, Stella se excusó: «Discúlpame, mi invitación fue aventurada». Si algo exasperaba a José, era la imagen de un dios tirano y vengativo. Y no porque no le conviniera, como alguna vez afirmó Joaquín resaltándolo con una atronadora carcajada. «Si Dios es por definición perfecto, es la expresión suprema de todas las virtudes, luego la negación de todo sentimiento infame. Una cosa es que existan los males en el mundo, otra que sea el propósito de Dios dañar al hombre». Por eso no le daba a las Sagradas Escrituras la trascendencia que le daban los dogmáticos. «Las exigencias crueles y los castigos sanguinarios del dios de los hebreos evidencian el origen humano de los textos. En ese dios proyectan los autores el instinto martirizador, autoritario y vengador del hombre». Pero quienes practicaban el puritanismo justiciero, según José, iban más lejos, porque rebasaban el contenido discutible de los textos santos, y cual confidentes de Dios, pontificaban sobre todo lo divino. «Dan cuenta del pensamiento de Dios con una temeridad que a mí me asombra. Y lo peor es que no cesan de proferir condenas en su nombre», le dijo a la enfermera que lo acompañaba. «Es que ni por respeto a Dios aman al prójimos», le respondió Amelia llevándole la idea.


 
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