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 La Pollera

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Voluntades voluntariosas Imprimir E-Mail
(4 votos)
escrito por G   
jueves, 25 de marzo de 2010
Índice de artículos
Voluntades voluntariosas
Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
Epílogo
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En estos momentos se deben haber encontrado Vicente, Elba y Taneli en el último piso del edificio. Cada uno a su tiempo y con sus propias razones se dirigió al balcón que da hacia el frente, hacia mi casa. Parados uno al lado del otro se miraron a los ojos al encontrarse, pero sin decir nada miraron hacia el barrio donde vivían. Como el sector era relativamente bajo pudieron identificar las cosas que les gustaban: uno observó la plaza, donde a plena luz del día juegan los perros; otro miraba derecho hacia abajo, donde un organismo poseedor de un sistema circulatorio se reventaría en una mancha interesante; la Sra. Elba no quitaba la vista del horizonte mientras le rascaba melancólicamente la cabeza a su gato, el que misteriosamente venía en brazos de Taneli.

Largo rato sintieron lo que respiraban y por los ojos les entraba una angustia que volvía a salir en lágrimas.

Tanto habían perdido, tanto estaban perdiendo mientras hicieran las cosas sin voluntad. Estaban acorralados por sus circunstancias, pervertidos por sus miedos y sus nostalgias. Era el funcionamiento del mundo donde cayeron el que los consumía. Vicente miraba al cielo y se preguntaba por qué la vida se te pone al frente como un cuadro terminado inmodificable si en realidad ni siquiera es una pintura; Taneli no entendía cómo todo lo que es externo a su vida, lo desconocido, lo amenazaba todo el tiempo; Elba no podía creer que la gente del planeta no tuviera sentimientos, no tuviera empatía y, finalmente, arrojó su gato al vacío.

Se tomaron de las manos y se miraron con los ojos entumecidos. Nadie los iba a poseer otra vez. Ellos se fundieron en una sola voluntad de libertad y saltaron del doceavo piso como si fueran a volar.

Yo estaba en mi patio, sin poder escribir de esto, cuando oí el porrazo que hizo eco en mi patio encajonado por los edificios. En breve se llenó la calle de patrullas y ambulancias que habían sido llamadas hace rato por los asesinatos. Yo estaba acá, tratando de escribir, sin poder darle al papel con un lápiz, y previamente al lápiz con el pensamiento. Yo estaba aquí cuando tres personas tomaron el control de sus vidas y yo pude volver a escribir.

Murieron tres hombres libres, pero ahora somos 4.

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