III
La oscuridad del departamento se veía interrumpida por un resplandor verde que despedía un reloj despertador digital. No sonaba tic tac, pero alumbraba; los relojes están hechos para joder durante la noche. Taneli lo observaba esperando que pasasen los minutos, deseando que llegue el amanecer y con ello la luz natural del sol que ahuyenta a los fantasmas.
Mejor Taneli se dio la vuelta, con su cara mirando hacia la muralla, con su cabeza atrapada entre el muro y la sábana se sentía mucho mejor, más seguro, más arropado, con su cuerpo completo cubierto dejando solo una rendija para respirar. Así, ojalá, conciliaría el sueño aunque estuviera muerto de susto.
Cada sonido que se gestaba dentro de su departamento o fuera, pero que el pánico lo hacía sentir dentro, le traía a la mente la imagen de su perro. Un can hermoso y fiel que lo acompañó tantos años. Tenía el pelo negro y manchas amarillentas con una figura afilada que lo hacían parecer algo entre pastor alemán y dóberman. No era nada de eso, era un amor de perro, simplemente obtuvo el gen de un pastor entre sus mixtos antecesores. Y como quiltro, era muy habiloso.
Taneli pensaba en él todo el tiempo. En su insomnio aterrador lo recordaba. Se imaginaba cuando éste lo cuidaba, ladraba durante las noches, jugaban durante el día. Pero ahora, por seguridad, se vino a un piso 11 de una torre. ¿Acaso los esfuerzos de su compañero no fueron suficientes? ¿Terry tenía la culpa? ¿No cuidó lo justo la casa como para mantenerse allí? ¿La mudanza fue culpa del Terry?
Cuando sus pensamientos lo encajonaban de esa manera, Taneli volteaba y miraba el reloj. Como todo ser humano atormentado deseaba el día para tener cosas que hacer y olvidar. Pero era de noche, y quedaban muchas horas sólo para él y su concienca; si no estaba en paz, era porque estaba arrepentido. Su corazón apretado no podía creer que había dejado a su perro sólo por miedo a la oscuridad.
Cuando por fin sus párpados pesaron más que la culpa, Taneli soñó que había un terremoto en su casa antigua. Se abría la tierra y se la tragaba. Él podría haber tomado a su perro y correr, pero lo observó mientras todo se hundía en conjunto. Siguió observando y corrió en la dirección opuesta. Despertó de golpe sufriendo, ahora sabía desde adentro que si el mundo colapsaba él se salvaría su propio pellejo, da lo mismo todo lo que lo rodea, el amor no es tan fuerte. Pero en ese momento un golpe en la habitación contigua lo sacó de su juicio personal. Tieso, aguantó la respiración para escuchar. Esperó. Nada. Respiró agitado. Para no tener más de esto se había mudado a un departamento. Para obviar los sonidos de la noche, para dar por descartada cualquier posibilidad de intruso. Antes tenía al Terry que filtraba cualquier cosa que pasara por el jardín. En realidad, a Taneli nunca lo habían asaltado, robado o invadido su casa. Solamente sentía miedo durante las noches y, por muy alto que esté su departamento, el único que se preocupaba de él era el Terry que ahora no estaba, quizás dónde se podría en estos momentos, solo y viejo en el campo. Pero él por ahora necesitaba ayuda, que lo acompañen a ver qué era ese ruido, y el conserje no iba a subir para eso.
No tenía opción. Iba a tener que hacer lo que estaba evitando. Se levantó, se calzó unas pantuflas y dio lentos pasos hasta salir de su pieza. Oyó otro golpe. Muerto de miedo tomó el teléfono en sus manos y dejó marcado el 133 por si pasaba algo. Con la mano libre giró el picaporte de una habitación que quedaba vacía en el departamento, la misma desde donde venían los ruidos. Al abrir se oyeron unos pasitos que iban hacia el fondo. Taneli encendió la luz. No lo pudo creer, necesitaba al Terry a su lado para solucionar estas cosas, hubiera ladrado y quizás hasta ingerido al gatito invasor con sus filosas mandíbulas. En una casa tomas al intrusillo y lo tiras por la ventana; en un depto te das cuenta que no es llegar y matar animales. ¿Qué pasó gatito?, dijo Taneli intentando acercarse al animal. Allí fue cuando escuchó los ruidos verdaderos. Cerca de la ventana se oía un llanto, dos voces distintas, luego dos llantos. Venían desde arriba, del techo, de la piscina del edificio.
¿Para qué seguir ahí? ¿Para qué quedarse en el departamento muerto de miedo? ¿Para qué tener una vida si se está todo el tiempo sufriendo por temor a perderla? Resuelto, o pareciéndolo, Taneli tomó al gato, se fijó que las manchas de sangre en sus patas no fueran heridas y con lágrimas recién brotando de sus ojos, decidido a liberarse de sus ataduras, cerró la puerta de su hogar por fuera.
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