Fuera, la llovizna tenue que los acompañó a la llegada, se transformaba en tormenta; truenos y rayos se oían y vislumbraban levemente por los intersticios de la puerta lóbrega de entrada.
El borracho despertó con miles de martilleos resonando dentro del cráneo y al mirar por entre la maraña blanquecina que como un velo cubría sus pupilas, casi pierde el conocimiento nuevamente.
Dominó el sentimiento de asco que le producían los fétidos y nauseabundos olores, pero no por mucho tiempo. El vómito afloró incontenible hasta vaciar el estómago, lo cual le aclaró lo suficiente para dejarlo pleno en sus facultades y apreciara si situación.
Un terror pánico se apoderó de sus miembros atenazándoselos, al mismo tiempo que aceleraba sus ideas al máximo a una velocidad vertiginosa, buscó en rededor y halló varios instrumentos cortantes, uno de ellos un cuchillo, ensartado en la parte media superior de una calavera, a la cual le quedaban grandes vestigios de carne, mechones de pelo y coágulos de sangre.
Con grandes esfuerzos y un temor supersticioso la acomodó en medio de las rodillas y fue dándole el bote de tal manera que el cuchillo saliera atrás de sus piernas; en esta posición colocó el nudo que cautivaba sus manos contra el filo y en la incomodidad de esta pose inició la tarea de pasar la soga arriba y abajo llevando a veces pedazos de carne.
El loco dio un vuelco que casi acaba las esperanzas del infeliz, mas con un esfuerzo sobre humano liberó manos, muñecas y codos de la incómoda colocación amarrados atrás, y con ellos, pedazos de piel y sangre.
Extrajo el cuchillo del cráneo sin dejar de mirar al viejo que minuto a minuto tenía más intranquilo el sueño. En el último segundo, faltando solo una hilacha de las ataduras de los pies despertó y de inmediato se dio cuenta de las intenciones del cautivo. Simultáneamente lanzaron un grito; uno, de rabia y el otro con el deseo manifiesto de matar o morir por conseguir la libertad.
La mano armada se extendió al frente, temblorosa y con fuerza, impulsado por la energía nacida de la desesperación; el orate se abalanzó con furia y su impulso se vio frenado en el acero que penetró en su vientre y salió por la espalda. Con rabia sujetó la extremidad armada y clavó en ella las uñas arrancando girones de piel y carne hasta que soltó el arma.
Lo sacó de su estomago y contraatacó con un gesto de dolor y sadismo; el hombre hurtó el cuerpo y el viejo se estrelló contra el muro. Al recobrarse el anciano y voltear, se encontró con unos ojos brillantes y rojos por el deseo de matar y un brazo enarbolando un fémur, tomado de uno de tantos esqueletos repartidos en la tumba, que cayó sobre su brazo haciéndole soltar el cuchillo. Supo de inmediato que su hora era llegada; su víctima se convertía en victimario.
El prisionero con el hueso en la mano golpeaba, golpeaba con ansias de matar. Con crueldad y sadismo. Con la venganza pintada en el semblante sentía crujir los huesos del loco bajo la tela y su deseo febril le hacía seguir pegando. En las piernas, en los brazos en la espalda, no importaba donde llegara el golpe necesitaba pegar y pegar.
El viejo estaba muerto mucho tiempo antes pero él continuaba pegando sobre esa masa informe y sanguinolenta.
El sudor perlaba la frente del liberado y hacía brillar sus brazos ensangrentados mientras el hueso subía y bajaba inclemente machacando el cuerpo yacente y triturando toda la armazón ósea.
El cansancio venció al borrachín y suspendió su labor destructora, y un rayito de luz llegó a serenarlo. El mismo miedo que sintiera al encontrarse con el orate se apoderó de sus sentidos. Giró el cuerpo en varias direcciones y cayó en cuenta de la soledad. Entonces corrió a la entrada, con toda la fuerza empujó la puerta y, sin preocuparse de cerrarla, corrió; corrió sin rumbo alumbrado por el sol que salía en el horizonte mientras de su boca salía una carcajada espeluznante.
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