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Javier ("Seguiré viviendo" 68a. entrega) Imprimir E-Mail
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escrito por Luis Maria Murillo Sarmiento   
jueves, 06 de mayo de 2010
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Javier ("Seguiré viviendo" 68a. entrega)
Página 2

Ir a: La infidelidad tiene razones, es más que el simple capricho de los hombres ("Seguiré viviendo" 67a)

Siento que fui, porque ya para ser no tengo ánimo. El pretérito es el tiempo verbal de mis escritos. Instintivamente escribo en pasado, con el automatismo con que hablamos de los muertos. Me he acostumbrado a ese pretérito imperfecto con que nos referimos a las acciones de los que se marcharon. A veces corrijo por ‘soy’ lo que he escrito como ‘era’, otras me arrepiento porque quien lo lea estará correctamente refriéndose al pasado. No puedo negar que me he vuelto nostálgico; y cada visita despliega un recuerdo en mi memoria.

Cuando Javier se fue, me quedé pensando quien era él a estas alturas. Menor que yo, hubiera podido tratarlo como un hijo, pero nunca a mi autoridad se hubiera sometido. Era como mi igual... en la otra orilla. Tal vez cuadrara como hermano, pero jamás hubiera podido ser mi cómplice. Es más, su recato no me daba pie para confesarle las picardías que todo hombre urde y realiza. Mi guía espiritual tampoco, porque yo casi nunca andaba en busca de consejo. Definitivamente Javier era mi amigo, y en medio de todo nos unían hasta las diferencias. Todo con él era respeto y buenas intenciones. Éramos diferentes, indudablemente. Yo defendía la libertad a toda costa, no le ponía límite al pensamiento; y al comportamiento sólo los frenos impuestas por el derecho ajeno. La vida privada era para mí un santuario en el que nada ni nadie debía inmiscuirse. La vida pública, por el contrario, aceptaba que estuviera sometida a ciertas normas para garantizar la convivencia. Para mi amigo la vida privada estaba sujeta a los mandatos religiosos. Tanta libertad no consentía. Pero le tocaba aceptar que la injerencia de la Iglesia no iba más allá de las admoniciones.

«Hoy la Iglesia no manda al fuego a nadie», me dijo un día, haciéndome notar la inocuidad de las exhortaciones. «Atrás quedaron la Inquisición y los comportamientos medioevales, los papas pidieron perdón por los errores. ¿Puedes pedir acaso más respeto? Renunciar a su postura moral es imposible. Seguirá predicando aunque la crítica arrecie y la oposición se extreme».

Percibí desconsuelo en el tono de su voz. Y guardé mis opiniones para evitar acongojarlo. Nuestra discusión terminó sin vencedores ni vencidos; como muchas otras en que la amistad nos aplicó sus reglas. Yo veía en Javier un hombre disciplinado, fiel al dogma, obediente cual soldado. Conservador por sumisión; que hubiera sido progresista de ser más liberal el dogma. Lo comprendía: ¿Qué organización sobrevive en la anarquía? Era como un militar estricto con las órdenes de su comandante. Pero en esa obediencia acrisolada era difícil identificar sus propias convicciones. Recién lo conocí temí que de las exhortaciones pasara a las imposiciones, pero el devenir me demostró su respeto por la opinión ajena. Cuando yo le advertía que una cosa era obrar con apego a las creencias personales y otra tratar de imponerlas por la fuerza, me respondía:

«Nadie te está obligando».

Y era verdad, sus prédicas no eran órdenes sino persuasiones. También yo intentaba persuadirlo de ser más vanguardista. Le ponía por ejemplos religiosos menos obstinados, como un obispo en Alemania que no se oponía al uso del condón. Le conté que predicaba la fidelidad y la abstinencia, pero dejaba a la pareja en libertad de usarlo. Aunque no era simple necedad mi oposición a sus exhortaciones, a veces me sentía tocado por los remordimientos y buscaba la ocasión para mostrarle que también teníamos acuerdos.

Un día por ejemplo, aproveché para lucirme las afirmaciones de un ateo. Salí en defensa de mi amigo con una intervención entre emotiva y racional que al final no fue apreciada.

«¿Por qué tendría el padre Salcedo que demostrar que Dios existe? Dé mejor usted pruebas de lo contrario». El individuo expuso la transformación de la materia orgánica en viviente, el origen de compuestos orgánicos a partir de moléculas sencillas, y la conversión de la energía en materia. Introdujo la casualidad para negar la mano creadora, pero zozobró cuando la regresión evolutiva no le permitió explicar el origen de la energía partiendo de la nada.

«Cuando Dios existe la demostración se simplifica», le afirmé en tono burlesco.

–Una razón muy tonta –replicó el ateo–. No busco explicaciones fáciles, sino acertadas. Supongamos que la energía es invención divina, entonces ¿Dios de dónde viene?

–No viene –le dije–, siempre ha estado.

–Demuéstrelo.

–No puedo, la inteligencia humana escasamente alcanza a definirlo.

–Como quien dice que ustedes como yo estamos en la misma encrucijada.

–Llega un punto en que el intelecto se queda sin respuestas. Se queda corta la razón ante la magnitud de los enigmas. Su teoría se queda trunca en un instante espléndido, creo que sin Dios no puede rematarla.

–Nuestras creencias son contrarias, luego alguno ha de estar equivocado.

–No yo –dijo Javier, que se había mantenido en silencio abstraído con mis conjeturas–. Tal certeza tengo del Señor que puse mi vida a su servicio.

Fue cuando hice una afirmación innecesaria y perdí el aplauso que parecía seguro:


 
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