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Página 2 de 2 «Javier, y tú lo sabes porque cualquier sacerdote que no peque de tonto se da cuenta: las personas que asisten a tus misas están lejos del dogma, transgreden las normas canónicas con la certeza de que son cosas de curas, por eso se sienten más cerca de Dios que de la Iglesia. [...] No me digas que ignoras cuántos dispositivos intrauterinos entran a tu parroquia; y a cuantos infieles, adúlteros y concubinas les das la comunión». Eso debía haberlo herido más que la confesión de sus debilidades. Lo más probable era que su cohibición fuera por el temor de defraudarlo. Javier se marchó y la charla se reanudó, pero sin retomar la idea que se quedó inconclusa. «Mejor –pensó José–. ¿Qué otro interés que la curiosidad pudo motivar a Carolina a conocer mis asuntos personales?». Y se puso más bien a pontificar del enamoramiento como si fuera otra entrada para por fin satisfacer sus inquietudes. –El enamoramiento es instintivo, y torpe nuestra manera de entenderlo. Nace de la atracción, pero se le encumbra atribuyéndole una espiritualidad que no posee. Ha de ser por la inclinación que tenemos los humanos a no admitir los hechos como son. Siempre los deformamos. Prueba de ello es que el enamorado no admite que su sentimiento es instintivo, lo justifica en las virtudes que la mayoría de las veces no tiene el ser amado. –Comparto esa opinión. Creo que no es cierto que por sus virtudes nos enamoremos de alguien, todo lo contrario, es porque nos enamoramos que se las encontramos aunque no las tenga –sostuvo Carolina. –El sexo y el amor, mejor digo enamoramiento, dado que los considero emociones diferentes, son demasiados simples; mucho más que lo que quisieran quienes los meten en honduras espirituales y morales que no tienen. Es por negarse a aceptar la realidad del enamoramiento que las parejas se frustran con lo que su relación escasamente les depara. –¿Y el placer? –preguntó Carolina–. ¿No vas a retomar el tema del placer? –El placer... El placer –dijo evadiendo la repuesta– siempre cuesta. Por disfrutar siempre se paga. Lo sabio es calcular con precisión cuánto nos cuesta y cuánto estamos dispuestos a pagar por él, porque a veces una simple dicha se puede pagar toda la vida. De pronto el rostro de José se fue descomponiendo; cortó intempestivamente la conversación y se cubrió la boca con su mano intentando prevenir la regurgitación que se anunciaba. Pero asediado también por el dolor cedió al eructo que explotó como un proyectil, lanzando el contenido del estómago. Entonces en arcadas incontenibles se desplomó sobre la almohada mientras Carolina angustiada salió de la habitación buscando ayuda. José, una vez más, no sabía que era más, si su dolor o su vergüenza. Con Carolina llegó la jefe y la auxiliar de enfermería. Hicieron el trabajo de rutina: cambiaron la cama, le pusieron una pijama nueva y le adelantaron las dosis de los medicamentos. Carolina entendió que el enfermo debía recuperarse y se marchó. José reponiéndose del dolor se quedó nuevamente con la contrariedad del espectáculo. Ir a: Sarcasmo con el arte ("Seguiré viviendo" 70a. entrega) Luis María Murillo Sarmiento “Seguiré viviendo”, es una novela de trescientas cuartillas sobre la muerte. Un moribundo enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a todo lo visto y lo vivido. Por su extensión se ha venido publicando por entregas. http://luismmurillo.blogspot.com/ (Página de críticas y comentarios) http://luismariamurillosarmiento.blogspot.com/ (Página literaria)
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