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 La Pollera

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El guardapelo Imprimir E-Mail
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escrito por Elena Ortiz Muñiz   
viernes, 15 de octubre de 2010
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El guardapelo
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Solía caminar diariamente sin rumbo fijo para sentir el aire fresco entrar por sus pulmones y disfrutar de esos rayos de sol que durante tanto tiempo dejaron de calentar sus maltrechos y débiles huesos, lo que menos deseaba era encerrarse en el cuarto alquilado después de haber estado recluido durante quince años en una celda del penal, le resultaba insoportable la estancia entre cuatro paredes.

¡Quince años a la sombra! La misma edad que tenía cuando lo llevaron preso, ahora contaba con 35 cumplidos, la mayoría de la gente construye la base de lo que será su existencia a lo largo de ese tiempo. Entre los quince y los treinta se decide el camino a seguir, los estudios que se realizarán y hasta la familia que se formara. Pero él, perdió esa etapa trascendental mientras se marchitaba sin remedio entre las rejas de aquel infierno.

Ahí dentro, en donde la justicia azotaba con impiedad su látigo a cada minuto, conoció la más absoluta de las iniquidades en el duro puño de los custodios y los guardianes del orden. Lo dejaron ahí a pesar del amparo interpuesto por su abogado defensor asignado de oficio que exigió lo enviaran a un reformatorio de menores en tanto era juzgado, el hombre  denunció mil veces esa incongruencia de encerrarlo en un penal en vez de una correccional cuando él era solamente un niño, nadie lo quiso escuchar, hasta ese Dios bueno y misericordioso al que le rezó puntualmente cada noche de su vida hasta entonces,  por petición de su madre, parecía haber enfermado de sordera crónica pues jamás hizo caso de sus gritos de auxilio.

Año tras año soportó golpes, maltratos y hasta violaciones. La peor de las pesadillas no era ni siquiera comparable a lo que tuvo que tolerar en ese lugar en el que hasta la dignidad se había fugado. El abogado defensor silenció su voz cuando se dio cuenta de que era inútil cualquier acción de la misma manera en que cada persona que constituía una esperanza y un consuelo lo fue haciendo. Su madre murió  incapaz de tolerar tanta pena, a su padre no lo volvió a ver y la imagen de Julieta se fue difuminando con el paso de los años, los meses, las semanas, los días, las horas, los minutos, los segundos…interminables como una tortura bien concebida. En las noches, cuando lograba dormir un poco, vencido por el cansancio, despertaba siempre  aterrado, sudando y con lágrimas en los ojos. Solo para darse cuenta de que no había peor pesadilla que su propia realidad.

Cuando miró su reflejo en el espejo, luego de recobrar su libertad no logró reconocerse. Parecía un hombre de 50 años. ¡Tanta miseria soportada tan solo por un guardapelo! No tenía dinero para comprarlo pero imaginó lo hermosa que se vería Julieta con esa pulsera tan linda cuya delicadeza estaba rematada por el guardapelo en forma de óvalo que llevaba grabada precisamente la letra J entre botones de rosas, dentro pondría una foto suya para que lo llevara con ella siempre. Entonces se atrevería por fin a confesarle su amor, le describiría las noches eternas de insomnio sufridas por no tener su corazón. Lo hizo sin pensarlo dos veces, súbitamente, sintiendo que nada pasaría, pero sucedió. Antes de que alcanzara la puerta de salida lo interceptó el guardia y todo cambió para siempre.

Cuando las rejas de prisión se abrieron para dejarlo en libertad lo invadió un pánico terrible. Acaso el infierno sería peor fuera que dentro. No tenía muy claro qué haría para ganarse la vida. El dinero ahorrado en la cárcel producto de su trabajo en el interior no duraría mucho tiempo, y sin embargo, no sabía para qué o por qué vivir, no había en su interior ningún anhelo, ni un solo sueño que deseara conquistar. ¿El amor? Esa esperanza murió en su corazón agonizando lenta y largamente cada vez que alguno de esos cerdos lo sometía para satisfacer sus deseos insanos acabando hasta con la pureza de su interior. Todo se pudrió en él, no había ya nada rescatable. La felicidad era una sensación desconocida por completo que había sido sustituida por una profunda y dolorosa soledad. 

Todas sus perspectivas se le escurrieron año tras año entre los dedos como agua, ahora no tenía fe, ni deseos, ni esperanzas, ni proyecto de vida. Solo estaba ese cuerpo cansado y ajado, lleno de cicatrices y sufrimiento.

De cualquier manera pudo ir resolviendo las situaciones con buenos resultados a pesar de que a veces, sin poder evitarlo, gruesas lágrimas brotaban de sus ojos sin previo aviso aliviándolo del llanto que durante tanto tiempo estuvo contenido. Le llamaban el ermitaño porque solo hablaba lo necesario, seguía desconfiando de todo y de todos, su rostro no mostraba expresión o sentimiento alguno.

No era tan valiente para cometer la cobardía de acabar él mismo con su vida, así que un buen día salió decidido a encontrar un medio de subsistencia ante la inminente extinción de sus últimos recursos. En sus días de presidiario mataba el tiempo fabricando en el taller bisutería que luego era vendida afuera a través de un local en el que se ofertaban los trabajos de los presos para ayudarlos a ganar dinero. Siempre tuvo buen resultado en ese rubro, mucho más que con la talla en madera y otras artes en las que incursionó sin tanto éxito.

Arriesgando lo poco que tenía invirtió en material para fabricar joyería de fantasía y algunas chucherías más. Trabajó incansable durante días hasta agotar  lo adquirido. Luego, aprendió a manipular la plata también. Lo primero que confeccionó, sin darse cuenta hasta que lo vio terminado  fue un guardapelo idéntico a aquel que causó su desgracia ¿por qué lo hizo? Ni él mismo lo sabía bien a bien. Quizá fue un intento desesperado por exorcizar sus demonios y acabar de una vez por todas con aquella fijación que lo obligaba a llevar la imagen del adorno intacta y fija en su mente desde el primer momento sin poder deshacerse de ella por más que se esforzara. Entre sus manos tenía la misma pulsera tejida delicadamente rematada por el óvalo en plata con la letra J grabada entre botones de rosas. Se consoló pensando que se vendería con rapidez y una vez que se hubiera librado de ella podría ser, ahora si, libre totalmente.



 
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