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Fe, corazón y alegría (2) Imprimir E-Mail
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escrito por Elena Ortiz Muñiz   
miércoles, 01 de diciembre de 2010

Ir a: Fe, corazón y alegría (1)

Capítulo II: La Herencia

A la mañana siguiente, depositaron las cenizas del abuelo junto a los restos de la abuela. Nuevamente estaban juntos. Seguro que en el cielo estarían felices alegrando la existencia de todos los demás ángeles.

El licenciado llegó después de la comida. Conocía a Alma desde que era una niña,  había sido un buen amigo del abuelo. Después de dos tazas de café y conversar un rato acerca de los viejos tiempos, el hombre sacó con sumo cuidado un fólder grande de su portafolios y comenzó a leer la última voluntad del abuelo frente a Alma, Micaela, Carlitos y algunos empleados de toda la vida que habían sido convocados.

Carlitos no entendía muy bien el significado de tantas palabras escritas tan confusa y rebuscadamente, finalmente, le quedó claro lo más importante: el abuelo dejaba a Alma la hacienda con todo lo que en ella había,  le pedía que la cuidara, trabajara con honradez y tesón.

A Micaela le destinó una fuerte cantidad de dinero para que si decidía irse a buscar fortuna a otro lado, pudiera hacerlo con holgura. Aunque aquella, inmediatamente dejó claro que mientras Alma la aceptara jamás se iría “así le pegara al gordo de la lotería”.

Otras pequeñas cantidades,  algunas pertenencias como relojes antiguos, botellas de vino valiosas, su ajedrez de colección y otras piezas atávicas, las repartió entre los otros empleados.

También había algo para Carlitos. El abuelo le especificaba que en el ático, dentro del gran baúl encontraría una cajita metálica de color dorado,  dentro de ella un pincel. Esa era su herencia.

Cuando el licenciado se retiró, mientras su madre hablaba por teléfono con Miguel, Carlitos subió al ático. Esa habitación era la preferida de su abuelo y él para jugar. Era ideal porque nadie subía ahí. Solo en caso de que encontraran más cosas que arrumbar, se acordaban de la existencia de ese maravilloso cuarto.

La cantidad de triques y  ropa vieja almacenada, les permitía realizar un montón de juegos divertidísimos a los cuales les daban vida disfrazándose y recreando los escenarios con toda clase de objetos empolvados que  encontraban.

Ahora, había más polvo que nunca. Antes, cuando jugaban, ellos mismos ponían orden de vez en cuando. Hoy, todo estaba invadido por el polvo y las telarañas. Nuevamente, la tristeza le punzaba el alma y le atravesaba el corazón. Encontró el baúl en un rincón del cuarto, sopló sobre él para quitarle un poco el polvo. Una nube negra se levantó metiéndosele por la nariz.

Lo abrió, aparecieron muchos libros de cuentos y aventuras. Algunos con las hojas carcomidas por las polillas. También guardaba bocetos hechos en papel que comenzaban a ponerse amarillentos. Su sorpresa fue mayor cuando vio la firma del abuelo en esos trabajos, claro,  siempre fue bueno para dibujar. En cambio él, era flojo para eso, y mucho más si debía dar color a sus trabajos. Lo consideraba una pérdida de tiempo y quehacer inútil. A pesar de que Alma trataba de convencerlo explicándole que el planeta,  era tan hermoso gracias a su colorido,  por ello, merecía un tributo al ser plasmada su grandeza en el papel exponiendo todos sus matices. Pero francamente: ¡Qué flojera!

Sin embargo, esos retratos eran tan bonitos que transmitían al verlos un sentimiento de alegría, de aventura, de paz. Había paisajes fabulosos, cavernas con dragones, princesas aprisionadas en castillos descomunales e impresionantes seres mitológicos. Parecía que el abuelo tomaba muy en serio ese pasatiempo de pintar, pues eran muchas las obras.

Por fin, llegó al fondo del baúl. Ahí estaba. La cajita metálica brilló al contacto con la luz.  La sacó abriéndola con prisa: dentro de un aterciopelado y acolchonado interior, descansaba el pincel de madera con negras y suaves cerdas que se mantenían sujetas a través de un arillo de oro con letras pequeñas inscritas en él. Eran las letras F. C. A.

-"Fe, Corazón y Alegría"- murmuró Carlitos, palabras que a lo largo de su infancia escuchó repetidas veces al abuelo mencionar.

¡Qué bonito era ese pincel! Pero, ¿para que lo querría Carlitos si a él ni le gustaba pintar? De cualquier forma y como un tributo a su abuelo, lo llevó a su recámara junto con las láminas y los libros del baúl dejándolos sobre la mesa de trabajo que se encontraba en su habitación, sin sospechar lo que sucedería cuando oscureciera.

Elena Ortiz Muñiz

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