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Mi amor, mi gran amor mi delirio Imprimir E-Mail
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escrito por Edith Matallana   
martes, 17 de julio de 2012
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 Llamada

Desde que lo vi quedé perdidamente enamorada de él, desde entonces nos hemos vuelto inseparables. ¡Es tan hermoso!… él es… ¡no definitivamente no tengo palabras para describirlo! Solo sé que es maravilloso y está conmigo en todas partes. Cuando como, duermo, me ducho; o cuando hago el amor con mi esposo o amante, (eso depende de la hora y el momento…). También está conmigo cuando medito, (aunque no siempre estoy meditando, a veces mi silencio es de tristeza y soledad, ¿nos pasa a todos no es verdad? al fin y al cabo somos humanos).

Desde que llegó a mi vida he notado algo: cuando me alejo algunos unos minutos de él comienza a llamarme como un loco, y cuando lo hace, escucho una melodía diferente en sus labios, (bueno, la verdad no son labios…). Me gusta escuchar cuando dice: Melisa, Estefanía, o Carlos; pero me fascina escucharlo decir: Robinson. También he notado que nada lo perturba, —¡absolutamente nada!— El otro día por ejemplo estaba yo en un ataque de histeria, y justo en ese momento comenzó a llamarme. Furibunda como estaba lo cogí del pescuezo, (…bueno, la verdad no es pescuezo… es más bien una p…), el caso fue que lo cogí y lo aventé contra el muro, ¡y no dijo nada, parecía un perro!

Aquí entre nos, debo confesar que a veces su presencia me cansa. Eso de sentirme “vigilada” o “vigilarlo”, en algunos momentos me pone los pelos de punta; eso de esperar y esperar todo el día que suene de “sus labios” ciertas melodías me exaspera tanto que comienzo a maquinar los más perversos planes. Esta mañana por ejemplo me había cansado de esperar que dijera Robinson, (Robinson es mi última conquista). Recuerdo me fui para la cocina y comencé a planear la manera de cómo sorprenderlo, de cómo cogerlo y dejarme de sentir “vigilada” o “vigilarlo” yo a él… Ya tenía el plan perfecto, ya sabía cómo hacerlo sin que se diera cuenta. De pronto empecé a escuchar que decía: ¡Robinson, Robinson, Robinson!

Por fin era él, —me dije— mi corazón comenzó a palpitar rebosante de alegría: ¡Bum, bum, bum! Salí corriendo y olvidé mis perversos planes. Al hacerlo, resbalé y fueron mis posaderas directo al piso, no sé cómo y de qué manera me puse en pie y fue corriendo a su lado. —¡Si ahí estaba mi teléfono! ¡Ahí estaba!—. Al acercarme a él y cogerlo trémula de emoción entre mis manos, su pantalla marcó: llamada perdida.

 

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