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escrito por Elena Ortiz Muñiz
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viernes, 06 de enero de 2012 |
Cada noche llegaba a casa agotada, con el ceño fruncido, un gesto de desolación en el rostro y el alma enferma por tantas desgracias presenciadas. Ese empleo como trabajadora social estaba mermando sus fuerzas irremediablemente. Todos los días llegaban hasta ella decenas de llamadas con denuncias de todo tipo que no hacían más que llenarla de impotencia y sufrimiento.
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escrito por Osiris
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jueves, 17 de noviembre de 2011 |
Una de las llamadas ciudades de hierro, que visitaban la ciudad con intervalos de cinco o seis meses, llegó con la novedad del martillo, un artilugio consistente en una enorme T cuya vertical era un eje fijo a la tierra y la horizontal llevaba en cada punta una cabina. Cada una de estas podía albergar dos personas, relativamente cómodas, en un espacio herméticamente sellado. La persona quedaba sentada y sujetada con un cinturón que el encargado del aparato se encargaba de sellar para evitar que en una de las vueltas y revueltas el pasajero se golpeara contra el techo o las paredes porque la cabina daba vueltas sobre sí misma mientras el eje horizontal dejaba de ser horizontal y a veces giraba hacia delante o hacia atrás, paraba, se devolvía en unos giros alocados, cuya finalidad era desesperar al usuario y causarle cierto pánico.
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escrito por Osiris
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jueves, 17 de noviembre de 2011 |
Mi amigo Nicolás (a quien llamábamos Colacho), no tomaba con mucha frecuencia pero, cuando lo hacía, siempre dejaba alguna historia para que en los días siguientes nos burláramos de él… eso no era sólo con este muchacho; nadie se escapaba de las burlas y bromas de escarnio en toda la semana siguiente a las borracheras, y es que no era el único que la embarraba con tragos, todos teníamos nuestras cuentas pendientes con la justicia conformada por el tribunal de muchachos escandalosos del barrio de mi juventud.
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escrito por Osiris
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martes, 08 de noviembre de 2011 |
Esta historia me pertenece y es cierta cien por ciento. Ocurrió durante una época en que cinco muchachos permanecíamos más en el municipio de Mosquera que en Facatativá.
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escrito por Yuviza Consuelo Valdez
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lunes, 31 de octubre de 2011 |
Él no estaba consciente de eso, pero esa tarde al entrar a aquel pequeño café cerca de la estación del metro, algo le trajo un recuerdo a la mente. Algo que no quería recordar. Buscó en su raído pantalón de lona, que algún día fue azul, sus últimas monedas, rogando que al menos le alcanzara para una taza de café. La estaba necesitando. Abrió su pequeño teléfono celular rojo para ver la hora, y quizás para parecer normal, igual a todos aquellos que estaban en ese lugar.
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