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escrito por Patricio Sarmiento
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martes, 07 de agosto de 2007 |
Vuelve en sí y siente un estruendo indefinido, vertiginoso, un bisbiseo eterno en los oídos. Le late la cabeza en forma violenta, decenas, cientos de pares de ojos mirándolo, un nudo amargo en la garganta no lo deja respirar. Parece que se hubiera detenido el tiempo por un minúsculo instante, y no es capas de liberarse, trae el color de la allanamiento y el dolor tatuado en todo su desnudo cuerpo. Su sexo libre oscila con el viento. Ellas no lo miran, solamente se rasgan las vestiduras en un afán desesperado de filtrar sus interiores vacíos. Escucha baladros secos, no sabe de donde provienen, piensa que están en todos lados y en ninguno. Su visión está deteriorada por los golpes recibidos, no distingue muy bien el color de su sangre recientemente seca. El dolor calafatea sus sentidos. Se desvanece nuevamente al son del tiempo incierto.
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escrito por Patricio Sarmiento
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martes, 07 de agosto de 2007 |
ALCÉ los ojos hacia la pared humedecida por la lluvia y miré instintivamente el viejo reloj que colgaba al lado de mi cama, << Ya faltan solo dos horas para la medianoche >> pensé, y observé el abismo del cielorraso polvoriento de telarañas, que se entremezclaban con la oscuridad densa de esta solitaria habitación, atravesada únicamente por la radiación blanquecina de una luna cruel que penetraba por la ventana. Sumergido en la frialdad de mi lecho, con las manos entrelazadas en la nuca, me estiré plenamente, y recordé aquel jueves de julio hace veintiún años, al día siguiente de mi cumpleaños número diez, cuando llegué por primera vez a "Los Jilgueros", la hacienda de mi abuelo, enclavada en los páramos de una inhóspita serranía a siete kilómetros y medio de cualquier poblado sin nombre. Llegamos caminando con una pelota de lodo en los zapatos, mi hermano Josué y yo sentíamos que el frío se nos introducía hasta los huesos, y Cidro, que era una especie de tío, tutor y confidente, siempre delante de nosotros, nos guiaba por aquel sendero, que era un revoltijo de lodo, piedras y caca de caballo que nos obligó a dejar el auto dos kilómetros atrás.
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escrito por Patricio Sarmiento
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martes, 07 de agosto de 2007 |
CUANDO Miguel Cifuentes sucumbió en su dolor, algo en lo más íntimo, profundo e insondable, explotó en su corazón. No pensaba en cómo, dónde o porqué, no experimentó nada extraño o raro, y no percibió ni un gramo de tristeza ni infelicidad. Solo un confuso sentimiento de neutralidad volátil sé posesionó de su ser, iba y venía en forma horizontal, muda, progresiva y desembocaba en el vórtice de pensamientos sin sentido. Al principio no sabía si era él mismo o si se transformó súbitamente en una persona totalmente diferente, pues en ese momento le parecía que le faltaban sus olores y sabores propios, sus características personales que le acompañaron toda la vida. Se sintió liviano y vacuo. Entonces se auscultó en tal situación y juzgó que tales ideas no eran razonables. Trató de hablar pero lo único que salió de su boca fueron pensamientos apagados y sin sentido, se dio cuenta de que ya no lo podía hacer y por primera vez sintió frío. Lloró. Ahora un miedo espiral subía y le cubría por entero, allí, solo, en ese lugar de semipenumbra, no atinaba a comprender lo que estaba sucediendo, parecía como si el mismo tiempo se hubiera materializado a su alrededor, impregnado en las paredes, perenne.
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escrito por Patricio Sarmiento
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martes, 07 de agosto de 2007 |
ERA más de medianoche y el médico no llegaba, Ana Cristina se revolcaba en medio de una angustia flemática y un dolor que le punzaba su preñez. Felipe Carranza, su esposo, había ido hasta el pueblo para traerlo, pero el mal temporal y los achaques del viejo galeno, lo retrasaron e impidieron que llegara a tiempo. Cuando finalmente lo hicieron, al filo de la aurora, ya era demasiado tarde, la niña había nacido, y Ana Cristina se había extinguido envuelta en una hemorragia interminable, para desfallecer momentos antes de la llegada de Felipe, y del único médico que había en varios kilómetros a la redonda.
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escrito por Hernán Kisluk
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martes, 07 de agosto de 2007 |
En el principio no era nada. Era aun antes de empezar. A ese principio me refiero. Después, cuando la vi blanca, vacía, virgen, nació su futuro, su destino. Un final cierto que a su vez podía ser otro principio aunque ella no lo sabía y yo no hubiera podido dibujarlo con precisión. La hoja en blanco lo presentía y lo confirmó cuando me vio mordiendo el extremo de la lapicera, pensativo, a miles de kilómetros de distancia. Me costaba comenzar. Pasaban los minutos y la realidad no se alteraba. El deseo de plasmar una idea o darle vida a unos cuantos personajes mutaba hacia una forma de obsesión, de necesidad. Era jugar a ser Dios una vez más o quizás un deseo inconsciente de perpetuarme. Sospecho que ella, la hoja, compartía el deseo pero no colaboraba en absoluto. Era simplemente un gesto de aprobación que me daba, una puerta sin llave, una mañana.
Levanté la vista para cambiar de escena y pude escucharle una risa de presumida. Me creyó vencido pero no tardó en concluir que mi derrota también era la suya. Entonces la sentí seria pero su actitud no cambiaba. ¿Se había dado cuenta de lo que podía pasar?
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