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escrito por Hernán Kisluk
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martes, 07 de agosto de 2007 |
En el principio no era nada. Era aun antes de empezar. A ese principio me refiero. Después, cuando la vi blanca, vacía, virgen, nació su futuro, su destino. Un final cierto que a su vez podía ser otro principio aunque ella no lo sabía y yo no hubiera podido dibujarlo con precisión. La hoja en blanco lo presentía y lo confirmó cuando me vio mordiendo el extremo de la lapicera, pensativo, a miles de kilómetros de distancia. Me costaba comenzar. Pasaban los minutos y la realidad no se alteraba. El deseo de plasmar una idea o darle vida a unos cuantos personajes mutaba hacia una forma de obsesión, de necesidad. Era jugar a ser Dios una vez más o quizás un deseo inconsciente de perpetuarme. Sospecho que ella, la hoja, compartía el deseo pero no colaboraba en absoluto. Era simplemente un gesto de aprobación que me daba, una puerta sin llave, una mañana.
Levanté la vista para cambiar de escena y pude escucharle una risa de presumida. Me creyó vencido pero no tardó en concluir que mi derrota también era la suya. Entonces la sentí seria pero su actitud no cambiaba. ¿Se había dado cuenta de lo que podía pasar?
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escrito por Juán Ernesto Moreno García
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martes, 07 de agosto de 2007 |
"Era una noche bochornosa, una noche más en aquel ardiente y asfixiante desierto. El grupo se alistaba. Era el día decisivo. Aquél en que cambiarían los papeles." "El calor agobiaba. Poco a poco, y uno por uno, fuimos saliendo los miembros del grupo revolucionario" "Del interior de una cueva sacamos nuestras armas y, en silencio, comenzamos a avanzar hacia la aldea que nos había visto crecer, y que ahora nos vería como sus hijos pródigos, luchando por tan ansiada libertad. Libertad que el pueblo necesitaba desde que aquel despótico y cruel militar había subido al poder. Era el momento de saldar cuentas con esos asesinos y demostrarles que preferíamos morir de pie antes que vivir arrodillados ante su régimen."
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escrito por Enzo Bonomo
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martes, 07 de agosto de 2007 |
Un azulado cielo cubrió mi cabeza justo al salir de mi oscura casa. A esa hora no pasaba ni un alma por la calle y sólo habitaba el ruido de la gran avenida circundante, en esa iluminada tarde de sábado. Al pasar junto a la casa vecina pude escuchar los gritos desesperados de la sobremesa, y pude compadecerme de los infantiles llantos que emanaban de una pieza.
Al doblar la esquina pude contemplar la montaña y el infinito manto azul que la cubría. Esa mágica abertura que se producía entre unos pocos condominios y casas, era eternamente agradecida por mi alma.
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escrito por Miguel Antonio Chávez
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martes, 07 de agosto de 2007 |
Mis dedos ya autómatas al zapping se estaban aburriendo de gastar las yemas del control remoto. De pronto, una panza flácida se excitó pidiendo a gritos satisfacer su libido gástrica. Era la mía y recién me había dado cuenta. Pero ¿por qué? ¿Habría sido por haber curioseado un ratito a las conejitas del Playboy Channel o a las sadomasoquistas de Cinemax? No. En el fondo me dan asco, es por eso que prefiero mil veces cómo Pinky y Cerebro tratan de conquistar el mundo o que unos arqueólogos busquen venturosamente su eslabón perdido. Deduje entonces que por lo entumecidas de mis posaderas llevaba más de cinco horas bruto, ciego, sordo y mudo (imaginarán cuántas veces en ese día habré masticado el video de Shakira para llegar a decir tamaño cliché).
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escrito por Miguel Antonio Chávez
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martes, 07 de agosto de 2007 |
(Para el maestro Cortázar) Llevaba algún tiempo leyendo la novela. En el tren de regreso a la finca volvió a abrir el libro, que iba interesándole cada vez más a medida que la descripción de los personajes avanzaba. Esa tarde, luego de preguntarle al mayordomo si su mujer había dicho algo o llamado desde la cabaña, entró sin más novedad en la quietud de su estudio que daba hacia el bosque de los cardos. Se acomodó en su sillón favorito y vio cómo el mayordomo cerraba servicialmente la puerta.
Con la más envidiable relajación para entregarse a la lectura, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el cuero sedoso del espaldar, mientras la otra le guiaba hacia los últimos capítulos. Visualizó sin problemas todas las situaciones y los personajes que interactuaban. Las palabras ya eran para él imágenes y las hojas fútiles obstáculos que le impedían conocer lo que sucedería más adelante, hasta hacerlo sucumbir ante la ansiedad de sus dedos que, erotizados, tocaban el papel con mayor delicadeza mientras se morían a la vez por desentrañar toda esa orgía verbal.
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