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escrito por Damian Ferreyra
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martes, 07 de agosto de 2007 |
Durante el largo viaje comencé a sentir sed. De a poco se me fue secando la boca, aglutinándose los labios entre sí. La camisa rayada se humedecía al menor contacto con mi espalda, sudada y ardiendo debido a la calefacción del ómnibus. El rayo de sol atravesaba la ranura que una cortinita sucia cortina no llegaba a cubrir, y debilitaba mis ojos. El calor era más en aquel fastidioso viaje que en el mismo infierno, donde hubiese deseado estar. Faltaba poco tiempo para llegar al centro de la polis. Los neumáticos crujían bajo los asientos de pasajeros transpirados y jadeantes, que sacaban en forma intermitente alguna pequeña botella de agua mineral o jugo de fruta. La mía dormía vacía en el apoyabrazos. Al fondo del vehículo se hallaba una máquina con bebidas y café gratis, pero con carteles en inglés (malditos carteles en inglés), que manifestaban victoriosos la palabra "EMPTY".
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escrito por Damian Ferreyra
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martes, 07 de agosto de 2007 |
Hacía frío. Por la ventana se podía ver un cielo enteramente gris, algo de niebla en las cimas de los edificios más altos. Sin embargo dentro del departamento la temperatura era acogedora y había una claridad que contrastaba con la ciudad. Ciudad oscurecida. La mujer vivía sola, pero no se sentía sola. Tampoco insegura. Estaba en una habitación mas bien pequeña, ocupada por una catrera ruidosa, una mesita de luz y velador, la alfombra de estilo hindú en el centro, algo vieja y sucia, y sobre el otro extremo de la pieza una gran biblioteca, pero no debido al tamaño sino a la enorme cantidad de libros, novelas, textos, apuntes, tomos, enciclopedias, escritos y revistas (aunque las revistas eran las menos).
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escrito por Damian Ferreyra
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martes, 07 de agosto de 2007 |
Vivía en una parte muy extraña de su planeta, no cabía duda. Los pies ligeros crepitaron con el agua que corría sobre y bajo su ciudad, y el frío, que ya duraba varios días, era torturador. La llovizna, poco a poco, como una primer idea que comienza a invadir culturas enteras, fue apoderándose de su cuerpo, pasando por su cuello, lenta, su espalda, terrible, su cintura, implacablemente. Sintió escalofríos mientras con sus ojos acariciaba una vidriera, y luego una flor destrozada en la vereda por miles de suelas de miles de zapatos de miles de marcas diferentes. "Qué extraño destino el de la naturaleza"... reflexionó con la prisa del que camina un camino esperando el fin. También divisó un helicóptero, a lo lejos, en lo alto, imponiendo respeto con la ruidosa hélice oxidada, pero desapareció demasiado pronto en una estela imperceptible de humo. Después un hombre alto, enhiesto, de gran aporte físico a pesar de su edad bastante madura, y con enormes ojos (tan duros que se tornaba imposible creer que por allí corrieran imágenes). Un cielo gris censurado de sol, de esa caricia tan agradable para la piel, de felicidad, de vida.
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escrito por Damian Ferreyra
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martes, 07 de agosto de 2007 |
El hombre caminó hacia ella, estaban los dos desnudos en medio de picos delgados y altos, formaciones que parecían de piedra, pero no lo eran. Lo primero que intento hacer fue abrazarla para cubrirla de aquellas luces que cegaban sus miradas, pero seguramente estaba tan atontada y estremecida que no deseo nada más que desaparecer. De sus ojos rojos, con algo de amarillo, tal vez por la claridad tan extraña y nueva, brotaron dos lagrimas, que fueron mojando todo su terciado rostro, hasta pender de su pera un segundo y estallar en el polvo del suelo. Él también se sintió herido y sólo atinó a alejarse cabizbajo y sentarse, apoyando la cara sobre sus rodillas; también comenzó a llorar. Es que desde la primera llegada de aquel ruidoso aparato no habían vuelto a dormir bien, siempre con esas pesadillas, esos presentimientos que comenzaban a hacerse táctiles. En ese entonces el ser que descendió de la nave pronunció unas pocas palabras que entendieron los demás tripulantes, pues echaron a reír. Ellos dos solo sonrieron ingenuamente, ante los nuevos habitantes, y casi sin darse cuenta, volvieron a quedarse solos.
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escrito por Daniela
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martes, 07 de agosto de 2007 |
Y se juntaron sus manos en suave caricia y la magia explotó alrededor, transformando la ciudad mojada en improvisado paraíso. Los labios se extendieron en mansas sonrisas y los ojos se contaron mil historias hasta que la luz del semáforo cambió su color nuevamente.... Nada parecía inusual dentro de la esfera plateada del atardecer. Miles de luces caían sobre la calle y se desparramaban en un chisporroteo brillante. La lluvia los acunaba, cómplice insobornable de tantas nostalgias.
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genial - muy buen...
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!Hermoso poema,fe...
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