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escrito por Walter Oswaldo Quintela Huiza
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miércoles, 15 de abril de 2009 |
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Ir a 2ª entrega 9.- Desde el lejano horizonte una figura se acerca por el camino que lleva al torturado reino de La Gran Hechicera. Un frio glacial sopla sobre los árboles y las hojas silban tristemente mientras pasa la brisa. Los ojos de cientos de guerreros se entrecierran buscando mirar quien es el que se acerca. Ya han decidido cuidar a su señora y puestos en plan de batalla vigilan el camino.
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escrito por Luis Maria Murillo Sarmiento
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lunes, 13 de abril de 2009 |
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Una tarde hablando de infidelidad, de instinto y de pareja (“Seguiré viviendo” 43a. entrega) En la segunda de mis tres hospitalizaciones por el cáncer, Irma se convirtió en mi enfermera predilecta. Su gracia, su figura menuda y proporcionada, y su juventud me devolvían a mis sueños juveniles.
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escrito por Walter Oswaldo Quintela Huiza
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sábado, 11 de abril de 2009 |
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Ir a 1ª entrega 3.- Recuerdo Hechicera que dejamos tu mundo como la abadía de la nada porque nada había en él para mí para engrandecer mi poder.
Tu luz era solo una apariencia tu sentido de la vida una simple loca quimera de la que me burlaba en mi majestuoso trono.
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escrito por Walter Oswaldo Quintela Huiza
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miércoles, 08 de abril de 2009 |
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Déjame Oh Mago! describir la batalla que libras con la oscuridad de la noche, con la luz del día o con la penumbra.
Déjame Oh Mago! descubrir tus eternos secretos aprender de tu inmensa sabiduría ser el pequeño aprendiz de toda tu vida.
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escrito por Luis Maria Murillo Sarmiento
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viernes, 03 de abril de 2009 |
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Juicios de Dios y de los hombres (“Seguiré viviendo” 42a. entrega) La mente de José siguió siendo en su enfermedad un mundo en permanente ebullición, que contrastaba con el sosiego de su cuerpo. Incluso cuando escribía, se le veía como dormido, a pesar de tener el papel y la pluma entre sus manos. Y cuando se entregaba a los recuerdos y las meditaciones, había que concentrarse en el ritmo de su respiración para afirmar que estaba vivo. Esta vez estaba ausente, aislado de su entorno, con los párpados cerrados, al punto que la enfermera pensó que estaba amodorrado e intentó quitarle las hojas que sostenían sus manos, pero el reflejo del enfermo la contuvo.
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