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escrito por Angel Suso
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viernes, 10 de agosto de 2007 |
Por fin ya era viernes. Para Silvia todos los viernes eran buenos pero aquel viernes era especial. Cuando salía por la puerta del colegio aún tenía en la cabeza la idea que le había rondado todo el día. Esa tarde, a las siete y media, estaba invitada al cumpleaños de Itziar. Que ese día fuera el cumpleaños de su amiga no tenía mucho de particular pero había algo que lo hacía diferente a los otros cumpleaños. Julen, el primo de Itziar, vendría a la fiesta y esa era la razón de que Silvia no pensara en otra cosa. Las ecuaciones de la clase de Matemáticas no tenían ningún sentido, ni las frases de Lengua, ni los lejanos ríos africanos. Tampoco aquellas aburridas historias de romanos que salían de los labios de la profesora de Historia, tan gorda. Los ojos de Julen, de ese color verde manzana, esos si que tenían importancia para ella, y su sonrisa, tan característica, de lado, como si de un actor de cine se tratara. Sí. Silvia podía decir que ese iba a ser su día aunque ya supiera que Julen prestaría más atención a Karmele que a ella pero claro, Silvia no se pavoneaba tanto como Karmele, ni se pintaba los labios, como ella. “De todas formas —pensaba Silvia— algún día cambiarán las cosas”... Aún quedaban dos horas y media para la fiesta. Tiempo suficiente. Silvia no se entretuvo ni esperó a sus compañeras y regresó a casa a paso ligero. Quería cambiarse de ropa y ponerse al cuello aquel colgante que compró en la tienda de productos exóticos de la capital. Todavía recordaba el bazar, lleno de cosas mágicas en sugerente desorden, que invitaba a pasar las horas muertas mirando, apartando, tocando aquellas mercancías traídas de quién sabía dónde. Y la vendedora… misteriosa, entre gitana y aristócrata, de una edad indefinida aunque vieja, sin duda. Recordaba que sintió cierta inquietud, casi podría llamarlo miedo, cuando llevó el colgante al mostrador y ella le miró tras los cristales de sus lentes, como de media luna. Guardó el papel del envoltorio durante meses entre las hojas de un libro. No tenía nada de especial salvo el olor, un perfume singular de maderas dulces, delicado pero duradero. Algunas noches, antes de dormir, abría el libro y aspiraba su aroma, suavemente, como para no gastarlo, y entonces recordaba la tienda. Era un elixir que despertaba sus sueños.
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escrito por Angel Suso
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viernes, 10 de agosto de 2007 |
1 El hombre pelirrojo comía un bocadillo mientras miraba distraídamente el panel donde más de cincuenta monitores pasaban símbolos y datos numéricos en una tediosa sucesión que convertía su trabajo en lo más parecido a una condena.
La Unidad de Chequeo y Control de Limpieza de la Red Estatal se encontraba en el duodécimo sótano del Ministerio de Defensa del Estado Comunitario. Exploraba ininterrumpidamente todos los archivos de la Red Estatal de Informática para detectar la entrada de virus en el Sistema. Diariamente se colaban en la Red una media de ochocientos virus de los que más de seiscientos eran desactivados por las rutinas del Sistema Automático de Seguridad. El resto quedaban registrados y se enviaban a una unidad especializada, el INFDEC, cuyos miembros, expertos en Informática y Decodificación los aislaban, estudiaban y destruían tras archivar una copia de seguridad.
Los virus que no eran desactivados automáticamente, “in situ” se clasificaban en cinco grupos: los cuatro primeros eran variaciones de complejidad creciente mientras que en el quinto se incluían aquellos que por lo novedoso o por lo virulento de su actividad constituían un serio peligro para la seguridad de la Red. Se les llamaba “épsilon” y su prioridad de envío al INFDEC era de “grado uno”, la mayor. De éstos aparecían una media de dos por año.
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escrito por Julián Fernández Cruz
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martes, 07 de agosto de 2007 |
Ésta es una historía sobre el amor Analiza lo que es el amor, Lo que podría ser, y lo que los seres humanos, hemos hecho de él. J.F.C.
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escrito por Julián Fernández Cruz
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martes, 07 de agosto de 2007 |
1936 - 1999
ASTURIAS.- "Los niños de la Guerra" retornados en España, hoy. Volver a casa no siempre es fácil. Por lo menos para estos "niños de la guerra" asturianos no lo ha sido. Con tres guerras a sus espaldas y más de cincuenta años de exilio en el recuerdo se encuentran ahora luchando por conseguir algo tan sencillo como una casa y una pensión. Olvidados por los gobiernos de la vieja URSS y desprotegidos por el español, viven en una precaria situación que no parece tener salida. Cincuenta ya instalados en Asturias y otros cien que han solicitado una vivienda para poder volver integran el último fleco sin resolver de una ya lejana guerra civil.
"en Rusia nos llamaban los españoles, y aquí somos rusos,. Al final, ni sabemos lo que somos, ni nadie defiende nuestros derechos" me comenta María Páramo. María es, como Luisa Garcia, Angel Tejedor, Consuelo Rios, Ricardo Rodriguez y otros muchos más, una de los " Niños de la Guerra" que volvieron en los dos últimos años a su natal Asturias. Todos ellos y otros, un total de quince familias retornadas, viven ahora en la calle Martín, en casas cedidas por el Ayuntamiento de Gijón. Una calle que los taxistas y vecinos del gijonés barrio de La Calzada reconoce popularmente como la " calle de los rusos"
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escrito por Julián Fernández Cruz
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martes, 07 de agosto de 2007 |
1936 - 1999La historía de Begoña "Niña de la Guerra" Capítulo primero
Tenía nueve años, cuando el 12 de junio de 1937, embarcó a bordo del Habana en el puerto de Santurce. Iba con su hermano, un hombrecito de trece años que asumía el papel de "pater familiar". El padre de Begoña, mecánico de profesión, se hallaba en el frente y la madre quedó en casa, enferma con el hijo más pequeño, se despidieron de ella en la cabecera desu lecho de enferma. Ya no volverían a verla.
Begoña no ha olvidado nunca aquella despedida, mucho más dolorosa que la de otros chicos como ella que fueron acompañados por sus madres hasta el muelle.
Recuerda que embarcaron de noche y que había mucha aglomeración de gente gritando, gesticulando, llorando. Sobre todo llorando, porque nadie queria despedirse y todos sabían que debían hacerlo.
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