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escrito por Luis Maria Murillo Sarmiento
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martes, 30 de noviembre de 2010 |
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Ir a: ¿Albedrío o determinismo? ("Seguiré viviendo" 74a. entrega) Después de un receso de varias semanas Aminta volvió a estar al cuidado de José. Lo encontró caquéctico, completamente descarnado, forrado por una piel consumida, que llamaba la atención por su color amarillento, producto de una ictericia que era más evidente en sus escleras. En su mirada refundida en el fondo de sus órbitas, a donde habían ido a parar sus ojos, Aminta adivino el presagio inconfundible de la muerte. José bromeó para hacer sentir en confianza a la enfermera, ella le contó las incidencias de su nuevo trabajo y le ofreció cambiar algunos turnos para volver a acompañarlo.
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escrito por Luis Maria Murillo Sarmiento
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miércoles, 24 de noviembre de 2010 |
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Ir a: Cartas a una amante (10) ¿Encarnas acaso mi utopía? Siempre en la mujer imaginé la sublimación de los más delicados sentimientos. ¡Qué pocas veces he confirmado que puede ser realidad esa utopía! Confiado en la imagen maternal de la mujer, que sólo despide amor en su regazo, concebí la ternura como el don característico de la feminidad, pero ahora sé que esa virtud escasamente al hijo pertenece.
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escrito por Luis Maria Murillo Sarmiento
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jueves, 18 de noviembre de 2010 |
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Ir a: Cartas a una amante (9) Antes de ser derrotado por Cupido Mi razón está naufragando por tu causa en las ilusorias aguas del afecto. ¿Por qué no compartir contigo las atrevidas reflexiones del último acto cuerdo antes de que el arquero del amor me hiera irremediablemente? Tal vez porque conozco el éxtasis del amor desmedido, como la gélida indiferencia en que termina, he hecho presa de mis pensamientos los acontecimientos descarnados de la relación amorosa, constantemente contrapuestos al ideal ansiado.
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escrito por Elena Ortiz Muñiz
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jueves, 18 de noviembre de 2010 |
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Dedico con todo cariño esta obra a mi hijo porque en tiempos difíciles me enseñó con su ejemplo que los problemas se encaran con coraje y valentía, y que me inspiró a escribir esta historia cuando a su corta edad me aconsejó con la sabiduría de la inocencia: "Nunca pierdas la fe"... El abuelo Llegaron hacia el medio día. El calor era agobiante. Carlitos sentía el sudor resbalándole por la nuca, estaba incómodo y molesto, además, le dolía la cabeza. Mientras abordaban el taxi que los llevaría hasta su destino final, nuevamente, como sucedía a cada instante desde que partieron a España, el abuelo volvía a llenar sus pensamientos.
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escrito por Luis Maria Murillo Sarmiento
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martes, 16 de noviembre de 2010 |
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Ir a: La absurda prepotencia del adulto frente al joven ("Seguiré viviendo" 73a. entrega) El dolor me despertó temprano. La enfermera vencida por el tedio se había dormido en el sillón. En el piso estaban sus zapatos blancos; sobre el asiento sus piernas recogidas; sus brazos pegados al pecho, atrapando calor en la mañana gélida; y su cabeza flexionada, aproximando el mentón contra sus manos. Una frazada calurosa, pero mal dispuesta, escasamente la cubría. No quise despertarla y aguanté el dolor sabiendo que de todas maneras el calmante llegaría.
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