El churrero

   En la calle principal José vendía churros junto a su esposa. Un sencillo carrito con techo de loma, una cocinilla a gas, la prensa de los churros, una olla color del tiempo y los utensilios mínimos para poder ofrecer esos exquisitos churros rellenos de dulce de leche.

    ¿Quién no había saboreado los churros de José? Era la parada obligada que todos tenían, cada tardecita cuando pasaban por esa calle. Pobres, ricos e indigentes eran sus clientes.

   Por la mañana con una sencilla ceremonia, revisaba con paciencia si todo estaba en orden para iniciar la tarea cotidiana. La masa sencilla con harina, agua, aceite y sal la preparan junto con su esposa en horas de la tarde.

   Con su bicicleta negra llevaba de tiro el carrito, y su esposa iba a su lado en otra bicicleta. Un gatito mimoso los seguía a la distancia.

   Cuando había función de cine, su carrito se ubicaba frente a la entrada principal; los domingos por la tarde a la cancha de fútbol; en las ferias vecinales de los sábados, ahí estaba él.

   Toda una institución gastronómica era el churrero. Pero las cosas buenas duran poco.

   Un día fue visitado por un inspector de la municipalidad, quien le entrega una citación para la Sección Bromatológica.

   Con documentos en mano y la compañía de su esposa cumplen en hora la citación recibida. En esa reunión lo recibe un viejo conocido que día por medio llegaba a su carrito a saborear los exquisitos churros. Escritorio de por medio, el viejo conocido pasó a jugar el papel de funcionario actuante. Una vez leída la reglamentación bromatológica,  José firma la notificación que tiene un plazo de treinta días para organizar su nueva empresa.

   El pobre José cayo en estado depresivo y por varios días no se veía el clásico carrito de los churros.  Un amigo ocasional del churrero, habló personalmente con la municipalidad.  Expresando la avanzada edad de José, y la necesidad imperiosa de seguir trabajando, se elevó el expediente al más alto nivel jerárquico. Pasó por diferentes secciones, lo miraron y firmaron el famoso “elévese a….” que no había ni uno de los actuantes, que en algún momento le hubiera comprado churros a José.

   El jerarca superior, al leer detenidamente el informe de sus subalternos, vio que humanamente debía archivar el expediente, y autorizar la continuidad del churrero. El mismo en persona se dirigió a la casa de José y de su esposa, para informarle que a partir de hoy, siguieran con su tradicional carrito, en lugares y horarios que ellos vieran más cómodo.

   El matrimonio no sabía como expresar su agradeciendo a ese humano funcionario, que dejando de lado la reglamentación vigente, decidió mirar por el hombre querido por toda una comunidad.

  Al otro día nuevamente José instala su carrito, decidiendo con su esposa, enviar todos los días al domicilio particular de ese funcionario puro corazón, como lo llamarán a partir de hoy, churros en agradecimiento por la  buena acción a su favor.

   Un sencillo cartelito fue ubicado en un lateral del carrito que dice: “No siempre la ley ejecuta a las personas con el máximo rigor, muchas veces las mide con la voz del corazón”.

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