EL PERDON

Los ranchitos parecen unificarse en un sombrío coro, todos acordes con la triste melodía de la pobreza.

En una de esas casillas inmundas, vive una familia constituida por la madre, un padrastro, y tres hijas. Clara, con 15 años, es una de ellas.

Sus vidas se pierden en una deshumanizada ciudad. El carro de tracción a sangre es su movilidad, recolectar basura, su trabajo. Ver los ojos de estas almas destruiría a cualquier santo. El futuro para ellos es desconocido, solo el presente es su destino.

Como suele suceder en esta promiscuidad miserable, el abuso sexual es cotidiano y se produce principalmente en la noche, cuando el alcohol se apodera de las almas oscuras.

Ver su virginidad violada por su padrastro hace que tiemble la pluma con que escribo estas líneas. Como siempre, Dios es un observador del mundo, jamás interviene, por supuesto que por mi escasa sabiduría, no podría entender su motivo.

Su madre no sabe o no quiere saber lo que sucede. No se si condenarla o apiadarme de ella.

Esto se repite por años. Clara es muy fuerte y lo resiste. Ella llega a sus 20 años y se va de este lugar.  

El tiempo siempre cura el dolor. Logra formar una familia con sus hijos. Un milagro que sorprendería incluso a Cristo.  

Un día su padrastro se encuentra en un hospicio al borde de la muerte y le manda una nota a Clara, quiera verla.

Ella acude ese lugar, entra en la sala y el hombre de inmediato le dice:

- ¡Perdóname hija! Yo era un monstruo, no se por que me comportaba así. Todos estos años he vivido con ello y no he tenido paz.

Clara solo observa sin decir nada.  

- Solo quiero tu perdón, Clara.  

Las lagrimas que “excreta” parecen sinceras. Extiende su mano en señal de piedad.

Clara recuerda esas noches de horror y su corazón no puede eximirlo de culpas. Su rencor es profundo. Se retira sin decir nada.   

El hombre muere con la angustia de no haber saldado las cuentas terrenales. 

 

Dicen que perdonar libera el alma pero a veces es difícil cuando el odio ha carcomido tan profundamente nuestra capacidad humana que ya no es posible ni siquiera dar un tenue aliento de piedad.   

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