La cornisa del mundo

La luz del sol caía para el mundo, las sombras ganaban terreno y era el momento de su reinado.

Sentado en la cornisa del mundo el prófugo miraba al sol caer en el infinito horizonte. Espectáculo de luces en batalla con las sombras. Una batalla que marcaba la retirada.
Fiel reflejo de su alma, donde las sombras ganaban terreno a la luz de su cordura.
La huida no había sido fácil, no lo era, tal vez nunca dejaría de serlo. 
No hacía mucho era solo uno mas del rebaño, o eso pensaba él, dormido el intelecto entre el común de la gente, sedada la vida al influjo de cumplir con las necesidades inmediatas. Uno mas, un número mas, ¿Quién jamás pensaría que el número. 3.356.747 de la lista tenía algo especial?. Al menos él no y no conoció a nadie que lo considerase siquiera.
De pronto el golpe (aun no sabe si de suerte o de desgracia, la moneda sigue girando en el aire) y su mundo trastocado, obligado a alejarse de todo y de todos.
Obligado a mirar en solitario el atardecer que se hace noche en la cornisa del mundo.
Aun siente la sangre hirviendo en su cuerpo, adrenalina pura, se obliga a seguir quieto, se obliga a mirar.
El viento susurra alrededor suyo, lo invade, intenta congelarlo, mas es una lucha perdida y sin embargo no ceja en su intento.
Ni siquiera se siente fresco, no existe el frío y ahora que lo piensa, tampoco existe el calor. Su cuerpo tiene una sola temperatura, energía regulada. Imposible, pero cierto.
Como todos, buscaba un extra, algo de dinero que le diera un respiro, no urgente ahora, pero necesario después (siempre llega el momento necesario).
Como tantos otros respondió a la convocatoria, lo llamaron, firmó los papeles, en la clínica hizo todo lo que le pidieron, una semana de dieta estricta a horarios establecidos, los medicamentos a la hora prescrita, todo tal y como se lo pidieron.
El último día le pusieron "la vacuna" y le dieron la agenda donde por una semana debería registrar todo lo que hacía y cómo se sentía al respecto. Después le dieron parte del pago, el resto era contra entrega de la susodicha agenda.
La agenda sigue en su bolsillo, solo hay escrito un renglón en la primera página: "Todo ahora tiene sentido, excepto mi vida".
De eso ya hacen 7 meses.
No volvió, no necesitaba el pago, no necesitaba nada. Solo pensar y estar entre la naturaleza,lejos del ruido destructivo de la ciudad, lejos de la energía retorcida de la gente.
Lo supo de inmediato,a la hora de tener el líquido púrpura de la vacuna en su cuerpo, lo supo con la certeza absoluta de la locura. Y se fue, con una mochila cargada de algo de ropa, hojas y lapiceros.
Caminó sin pausas, sin darse cuenta que ya ni cansancio sentía, solo pensaba... miraba y pensaba.
Sacó algunas hojas y garabateó sus pensamientos, Sin orden, sin lógica, sin saber porqué. Solo sentía que debía registrarlo todo.
Algún tiempo después supo que lo buscaban,había pasado la semana y él no había vuelto.
Se fue huyendo hacia el vacío, siempre caminando, descansaba por pura costumbre o porque necesitaba mirar algo que necesitaba ser explicado. Casi inconscientemente, dejaba camino tras camino detrás suyo; hoja tras hoja transcrita las acomodaba en su mochila.
Se dio cuenta que no había comido ni bebido hacía días y se alarmó ¿me estoy muriendo? se preguntó, pero aquella vitalidad obscena le dijo que no había de qué preocuparse y continuó su camino.
Sintió a los que lo buscaban, sintió cómo lo encerraron en un círculo lejano que iba estrechándose cada vez mas y que parecía que no tardaría en atraparlo, sintió que alguien como él mismo los guiaba, se imaginó ser solo una roca en el camino,se sintió ser esa roca, se vio siendo la roca y de pronto el círculo se desvaneció, se perdió como el vapor en el aire.
Sin embargo le costó dejar de sentirse la roca, era cómodo así, libre en la quietud de la pétrea inmovilidad de la inconsciencia.
Apenas pudo salir del sopor, le parecía haber estado siendo roca un segundo y de pronto recordaba la luna y el viento. No supo nunca cuanto tiempo fue roca.
Y días después fue sombra, luego hierba, luego roca otra vez y árbol y montaña. Una vez intentó ser riachuelo, pero el flujo del agua casi lo enloquece, no sabía sentirse algo en movimiento, por lo mismo nunca había sido ni nube ni viento.
Había sido todo eso cuando el círculo volvía, a veces inmenso y otras casi a punto de tocarlo (ahí fue cuando se hizo sombra).
Luego huyó encaramado en algún vagón de tren o colgado al costado de los camiones que circulaban en las carreteras.
Siete meses y en el camino casi no había hablado con nadie, alguna vez le gritaron y trató de contestar, pero su abandonada apariencia hicieron huir a los demás. Parecía un vagabundo loco y no encontraba la motivación para cambiar de aspecto.
Ahora, sentado en la cornisa del mundo, sabe que la luz del sol lo alimenta, que el viento lo refresca, que la energía de la tierra impide que se consuma. La siente latir alrededor de su cuerpo.
Ahora sabe con mas certeza que no necesita volver a comer,a beber, a dormir.
Siente la energía que rodea el mundo, que es el mundo mismo y que forma parte de ella.
Sus pensamientos son claros y contundentes, siete meses de epifanías continuas plasmadas en hojas de papel al azar lo avalan.
Aquel experimento lo cambió al mundo. Cambió el mundo para el.
Sentado en la cornisa del mundo mira el camino que sigue a través de la llanura, quisiera gritar pero no halla la necesidad de hacerlo, su mundo silencioso le parece mas preciado ahora.
Se aferra a la tierra, como si estuviera por darse impulso para saltar por la cornisa del mundo, le intriga saber si puede morir. Pero no salta, sus manos se hunden mas aun.
Aferra sus piernas a las rocas que sobresalen de la cornisa y absorbe las últimas luces del sol como un regalo de despedida.
Su sangre vuelve a hervir en su cuerpo,se siente lleno pero quiere mas del atardecer, quiere mas de la tierra, de la energía que emana de ella. Es un momento insaciable.
Sus células reaccionan a tanta carga de energía solar y la naturaleza sigue su curso. Su metabolismo cambia en imposibles metamorfosis.
Se endurece su piel, la larga barba se hace liquen en infinitesimales segundos, el cabello va tornándose verde a una velocidad pasmosa.
Se cierran sus ojos, se unen sus labios, su nariz; sus dedos crecen dentro de la tierra.
Él no lo siente, sigue extasiado con esa energía que lo embriaga y solo piensa en la maravillosa mecánica de la naturaleza y del universo mismo. El pensamiento último, el pensamiento final y eterno.
Hace años que en la cornisa del mundo hay un árbol que parece un hombre sentado. Nadie se pregunta como crece si no parece haber agua en los alrededores y porqué es el único árbol a cientos de metros a la redonda.
Es un punto de referencia entre la gente que pasea la cornisa del mundo.
Nadie nunca trepó hasta la copa de aquel árbol, que guarda, entre sus enmarañadas ramas, una mochila repleta de hojas llenas de epifanías.

FIN

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