La piñata

            El ambiente festivo en Ancla Vieja era contagioso, los niños y los jóvenes adolescentes, que por cierto el cura del pueblo solía llamarlos los ni chicha, ni limonada, corrían disponiéndose a participar en las carreras de saco o el llamado palo encebado.  La escuela lucia globos y adornos en papeles de múltiples colores, los más pequeños trataban de colocarle el rabo al burro de cartón o se llenaban los bolsillos de caramelos y otras golosinas que tomaban de una  mesa colocada en la dirección del colegio.

              Los adultos se desbordaron de entusiasmo cuando se escucho la voz del organizador del festejo que grito a todo gañote: ¡agárrenlo que va el resbaloso! El tal resbaloso era un enorme chancho o cochino untado de grasa, el cual corría desaforamente por la plaza  y la calle principal, cuando llego a la playa la cantidad de perseguidores era enorme, todos querían lograr el premio que ganaría el que lograra apresar al escurridizo animal.

             Al final de la tarde, una piñata representativa de un conocido personaje de los que aparecen en  revistas  infantiles colgaba de las ramas del antiguo tamarindo. Todos se congregaron alrededor de la acartonada figura, sobre todo los más pequeños que gritaban eufóricos: ¡dale, dale, dale! Esto cuando alguno de sus amiguitos empuñando un palo de escoba asestaba fuertes trancazos a la pobre piñata.

             Muy solo escuchando la algarabía y viendo desde lejos el desmoronamiento de la piñata el loco Hicaco murmuraba entre sollozos: ¡eso no se hace!, ¡eso no se hace!

Ángel Machado.

 

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