La Tierra Prometida

LA TIERRA PROMETIDA

… una bulliciosa algarabía de varios soldados, conformando un círculo dentro del cual se encuentra celosamente protegido un hombre, un buen hombre, el mejor de todos los hombres del pueblo, quién por encima de su familia, aún a pesar de sus amigos y contra la voluntad de todos sus conciudadanos está decido a abandonar su querida ciudad.   

Al mismo tiempo que los soldados ayudan a Abraham a salir del pueblo, la familia y los amigos del hombre tratan de impedir que su líder deje la ciudad, entre otras cosas, porque nadie hasta ahora ha podido entender la motivación que lo impulsa a tomar semejante decisión tan inconveniente para toda su comunidad; ninguno acepta que Abraham inicie el incierto viaje que éste se ha propuesto, el mismo viaje que todos consideran poco más que irracional por lejano, quimérico y artificial.  Y es que para muchos no es tan serio el hecho de que el hombre más inteligente y noble del pueblo se encuentre tan ciegamente obsesionado por un simple sueño.    

Sin embargo, para Abraham ningún argumento es tan válido como para disuadirlo de emprender ese viaje tan hipotético e irreal como el que pretende,  porque para él, para Abraham, obedecer o seguir un sueño jamás podrá considerarse un tremendo error, todo lo contrario, un sueño se tiene que tomar como una guía Divina.  Y es que este inteligente e importante hombre está obsesionado porque soñó que Dios le indicaba el camino hacia la Tierra Prometida y es en este sueño, que para Abraham significa una orientación de Dios, en lo cual justifica el hombre su cuestionada decisión de iniciar, de una vez por todas, su largo e interminable viaje hacia la Tierra Prometida.

De repente, un inusual rayo alumbra todo el pueblo, encegueciendo momentáneamente a aquella multitud que hasta este instante estaba tratando de retener a Abraham para que no iniciara ese raro viaje.  Por el contrario, Abraham ha quedado perplejo ante la asombrosa imagen de  luz que se ha reflejado ante sus ojos y que capta su total atención sacándolo bruscamente de aquella ilusión de ir en busca de la Tierra Prometida.   

Abraham está cautivado por la imagen de aquel extraño rayo que lo tiene absorto en su visión íntima y  por esta razón la comunidad está sorprendida ante la desconocida actitud de Abraham pues para todos los presentes el rayo, como es lógico y usual, ya pasó, duró un instante y ya.      

Seguidamente, el sonido del trueno que sucede a la luz del rayo, sacude a la multitud y todos caen al piso zarandeados por el ensordecedor estruendo, menos Abraham, quien sonríe de manera burlona sorprendido por lo que acaba de escuchar.  Porque  mientras para la multitud este trueno no es más que un molesto estrépito, para Abraham simplemente es el medio por el cual está recibiendo el nítido pero demoledor mensaje que lo tiene embelesado.  Al parecer, por fin ha sucedido lo que todos estaban esperando, por fin hay algo que le saque de la cabeza a Abraham esa absurda idea de irse tan lejos en busca de la Tierra Prometida.  La sorpresa y admiración  de Abraham no es descifrable.    

En medio de las más sonoras carcajadas, con los brazos extendidos a los lados del cuerpo y corriendo en forma circular, Abraham parece haberse vuelto loco ante la simpleza y la complejidad de lo que acaba de ver; además de lo que ha escuchado en el normal sonido de un trueno y frente a la forma tan estúpida como él mismo interpretó su clarividente sueño.    

Sin salir aún de la emoción que le ocasionó ver su imagen, la de su Ser Interior en el inusitado rayo,  Abraham lo asocia con la frase que recibió del trueno y la que repasa y repasa y repasa en su  desconcertada mente: “la Tierra Prometida no está por fuera de ti, todo lo contrario la Tierra Prometida está dentro de ti…”.  

De esta manera Abraham nos enseña que todos esos soldados que de buena fe lo escoltaban en su alocada carrera hacia la Tierra Prometida no eran otra cosa que sus desordenadas ideas y que la ayuda de aquellos para ese fin, eran apenas los insensatos razonamientos con los cuales justificaba su crasa estupidez.    

 

 

 

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