Llamando a casa

     Ella adoraba las antigüedades. En sus tiempos libres visitaba esas exóticas casas donde se exhiben aquellos extraños y aparatosos vejestorios que le eran tan familiares. Lámparas, sillones, vajillas, espejos, camas, cuadros; caminaba entre ellos como si fuera dueña de casa, sintiéndose en el lugar donde debía estar. Tan extrañada por todos esos avances tecnológicos que le eran ajenos, sentía un secreto y oculto placer por verse rodeada de aquellas cosas que la vieron crecer, de aquellas cosas que vio desaparecer.
     Un teléfono negro antiquísimo sobre un escritorio le había resultado particularmente llamativo. Como quien se permite una pequeña travesura se acercó a él, agarró el tubo, y empezó a discar el número de su casa de infancia. Comenzó así una simpática charla con su imaginación, narrándole, a un ya ausente padre, todos sus logros y sus vivencias desde que esa enfermedad se lo llevó para siempre. Una lágrima se escapó de sus ojos cuando de repente…
     -Hola, ¿quién habla?
     …una voz aniñada le contestó del otro lado del teléfono. Le tomó un tiempo reaccionar, pero llena de una extraña emoción y de un miedo que le resultó agradable, reconoció esa voz, tan lejana ahora. Era ella. Era ella misma. 

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