Protocolares

 

Me miraba fijamente.
Bueno, quizás no me miraba.
Decir que me miraba es solo un decir.
Sobreestimar un poco sus capacidades.
No, no podía mirarme.
Sin embargo sus ojos se hallaban fijos en los míos.
Yo también la miraba, por supuesto. O sea, yo Si la miraba.
Era como liberar una estampida de mariposas en mi estómago.
Aunque para ella…pues para ella no sé qué habrá sido. Supongo que simplemente la oscuridad de todos los días, el paseo matutino de siempre, la misma banca en el mismo parque, el aire fresco, la supuesta soledad.
Yo la esperaba, siempre la esperaba, ahí apoyado en el mismo árbol frente al mismo banco. La veía llegar con su paso temeroso y suave, guiada por el ligero bastón que sostenía en una mano, el mismo bastón. Se sentaba y posaba sus ojos siempre en el mismo lugar, lugar que claro yo ya ocupaba para sentir que su mirada me buscaba.
Y segundos después empezaba a cantar. Siempre la misma canción. La misma dulce melodía que venía escuchando hace años. Melodía que siempre cantaba con ella en mi mente. Aunque aquel día…aquel día rompí el protocolo y comencé a cantar con ella.
Bueno, quizás yo no cantaba.
Decir que cantaba es solo un decir.
Sobreestimar un poco mis capacidades.
No, no podía cantar.
Pero mudo y todo, mis labios se movían y yo sabía que ella podía oírme.
Lo supe por su sonrisa…esa sonrisa no era la misma de siempre.

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