Renunciamiento

Ella vivía con sus dos mascotas en una cómoda casa de un barrio suburbano. Había quedado viuda hacía dos años y desde entonces no tuvo relación con ningún hombre. Guardaba un respeto monacal por su ex marido.

En vida de él, tuvo un par de infidelidades sin mucha culpa, pero jamás se hubiera permitido ser infiel a su memoria. La culpa es en realidad, el temor al castigo. Y ella temía más a los muertos que a los vivos. Sus salidas eran esporádicas visitas a sus amigas y parientes y las compras diarias en los comercios del barrio. Hacia ellos se dirigió esa mañana, en que la primavera lucía todos sus atributos. Tal vez por eso se arregló más que de costumbre. Aún era joven y aunque no era muy bonita tenía sus encantos y con ellos salió. Fue al doblar la esquina que se cruzó con él. Sus miradas se encontraron. No recordaba haberlo visto por el barrio, hubiera recordado aquellos ojos color miel que emanaban el mismo sabor. Y siguió cual si no lo hubiera visto. Sin embargo constató que él la seguía. Podía sentir su presencia unos pasos atrás y no apuró los suyos. Entró al almacén. Mientras sacaba de las góndolas sus víveres, vio a través de la vidriera, que él la observaba desde enfrente, aguardando el momento que saliera.

Él había quedado flechado por sus ojos, su rítmico andar y un algo que no sabía precisar pero que le hacía desear conocerla. Muchos años de calle y desamparo le habían enseñado, empíricamente, a distinguir los malos de los buenos, los duros de los tiernos y vió en ella la ternura tan buscada. Empezó a fantasear con sus caricias e imaginó  una vida junto a ella.        

Al salir,  caminó a su lado, se contentaba con mirarla y tenerla cerca. Ella sintió el placer de sentirse acompañada, de que alguien se interesara por seguir sus pasos y expresó ese placer con una sonrisa. Llegaron a la puerta de su casa. Tuvo el impulso de hacerlo entrar, de compartir su vida, de  vivir ese amor que se le ofrecía. Pero decidió renunciar a sus deseos., Ya tenía dos perros.

Comentar