Sui-homi-cidio

Cuando la falta de aire se hizo asfixia, y la asfixia se hizo caos, despertó una vez más de la nada en la que se hallaba y con los ojos repentinamente abiertos, casi saliéndose de sus órbitas desesperadas, miró angustiado a los brazos que terminaban en manos que se cerraban en su pescuezo en intento asesino. Fue solo cuestión de segundos para que lentamente las manos soltaran el cuello y los brazos se alejaran y lo obedecieran otra vez.
Confundido y temeroso, no pudo volver a dormirse, por miedo a que su cuerpo tomara nuevas represalias contra él.

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