Ya eres mía

La tribu estaba en silencio mientras comían la carne de su última presa alrededor de la fogata donde la habían asado. La selva susurraba con los sonidos habituales de los diferentes animales y el silbido del viento entre la espesura. Cada uno concentrado en sus propios pensamientos.

En el suelo se veían algunas Biblias completas y otras despedazadas; sus hojas habían servido para atizar el fuego de la fogata; las lluvias frecuentes mantenían húmeda la leña y el papel de los libros sagrados prendía con mayor facilidad que los materiales naturales del entorno.

El jefe del grupo tribal meditaba sobre las enseñanzas de la joven y hermosa misionera que llegó con un grupo de otros jóvenes para traerles la Palabra de Dios; un señor bueno que los amaba como hijos y les daría la salvación en otro mundo. Los extranjeros se marcharon a otros grupos aborígenes. Ella se quedó con ellos, los sesenta indígenas que conformaban su tribu y les enseñó muchas cosas buenas, entre ellas el amor al prójimo y las obras de misericordia. La que más les impactó fue “Dar de comer al hambriento”.

La mujer era por todo diferente a ellos: el color de su piel, sus ojos y sus cabellos; hablaba una lengua extraña pero sabía la de ellos y les enseñaba la de ella, además de muchas cosas para la vida diaria que en medio de la selva no servían para nada. Acostumbró a las mujeres a taparse los senos y los hombres, hasta ese momento ni se habían percatado de la desnudez de los cuerpos de sus hembras…

Él, en su condición de jefe, distribuyó la carne de la víctima que les había dado la naturaleza. La misionera les repetía que era la Divina Providencia, pero ellos buscaban por todas partes y no la veían, en cambio a la Madre selva y a la Madre Tierra si las veían a diario. Los huesos a medio roer, arrojados lejos, ya estaban siendo devorados por algunos animales mientras los buitres daban vueltas en el cielo azul esperando su turno.

Sonrió pensando en esa mujer tan distinta a ellos que le hablaba de amor, de  sus sentimientos por él y de la idea de llevarlo muy lejos a la Civilización. No entendió muy bien eso de soy tuya y tú mío pero, en este momento, sabía que la hermosa extranjera estaba por completo dentro de su gente. Algo de ella era suyo sin ninguna duda, pensó el caníbal mientras devoraba el último trocito del corazón de la misionera.

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