Carta que nunca envié

Es martes y el viento sopla afuera como un alma en pena. Los árboles se mecen casi a punto de romperse y me arrastran a su sinfonía de gritos apagados ¿Por qué me fui? No sé, debería decir que no quiero saberlo, debería decir que el frío se me fue haciendo un habitante incómodo que se instaló con el tiempo en los huesos. Debe ser ese el dolor desconcertante de cada día, desde levantarse.

Cuando dan las cinco de la mañana yo estoy en el recibidor de la casa con un libro en la mano y en medio de una densa nube de humo de cigarro, así empieza el día; pero no se queda ahí, no. Al paso de las horas voy trasmutando camino a mi perdición, me lo confirma el viento entre las ramas que habla ahora, cuando esto escribo. Al momento de dormir soy totalmente diferente. Y me muero, es una muerte leve de cuatro a seis horas, del lado derecho de la cama, de soñar que sueño y al despertar el dinosaurio está ahí ¿Dónde escuché eso? Durante esa eficaz muerte se entretejen escenarios caóticos de destrucción y de venganza, imágenes coloridas de malva, de un color parecido a la sangre dispersa en agua, de esa sangre que me corre a borbotones por todo el cuerpo e invariablemente se va pudriendo.

Los meses sin ti, pero contigo, se van poniendo uno tras otro en la tinta que dejo correr en esta carta que jamás verás ¿Quién querría que te vuelva a doler? Te afecté los oídos con las palabras bellas que se hicieron arteras y filosas, también en las manos cantadoras que después ya no te tocaron, en las largas caminatas de plática que se volvieron caminatas de silencio ¿O me abandonaste tú primero? Los vapores del alcohol me permiten adivinarte en la lejanía cuando más te necesité y no respondiste... quiero olvidar lo que respondiste. Quedé sumido acá, en el lugar que no pertenece a nadie, en este lugar de árboles aulladores, en este martes de viento intermitente que me hace un solitario. Respondiste de la manera salvaje que te daba el enojo y te burlaste de mis manos, mis palabras y hasta de la lágrima que me traicionaba a cada palabra tuya, a cada una que se me grabó en cicatrices, por eso tengo más de veinte en cada mano. Dibujo la vida sin ti y sigo con la transformación de mis esencias, el espejo me devuelve las lentas mutaciones que me hacen ser otro. Así ya no soy quien te hacía el amor por horas enteras, así soy nada, así no te recuerdo en el tercer escalón a nuestro departamento con tu falda corta descubriendo pequeños pedazos, impúdicos, de piel y los muslos ligeramente distanciados –No... no lo hagas, no las separes, no me lleves a ese lugar... es pronto para ir al paraíso-, eso te dije y abriste las piernas de par en par conduciéndome al abismo sin fin de necesitarte tanto.

Ahora te pido espacio para mi transformación completa, ojalá. Empezaremos de a poco, aunque llames seguido preguntando por mi salud. Empezarás por dejarme morir cada noche... aunque sea sólo durante cuatro o cinco o seis horas de perturbación.

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