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CUIDADORA DE PACIENTES IX

 

Durante mi recorrido laboral como cuidadora de pacientes, siendo aún muy joven, por tanto inexperta y romántica, llegué a la casa Veloza a hacerme cargo de don Julio, el patriarca de la familia.  Don Julio vivía con su esposa Trina y sus dos hijas, ya  profesionales, un solo hijo varón casado y ya aparte de la casa.  En esta casa y para esta familia podía haber problemas de cualquier otra clase, jamás de dinero, pues había suficiente.

Yo trabajaba interna al cuidado de don Julio y tenía salida un fin de semana cada quince días.  Nunca tuve problema alguno con don Julio, él siempre conmigo fue obediente, casi sumiso.  Tal vez por eso, me molestaban los comentarios que decían que había sido un tipo arrogante, soberbio y patán.  Reconozco que tengo una enorme debilidad en cuanto se refiere a mis pacientes, generalmente ancianos, por esta razón he tenido disgustos por defenderlos. Aunque debo reconocer, así sea después de veinticinco años, que me pasé de grosera con una persona inocente, solo que en ese momento yo estaba muy joven y tenía una visión muy romántica de lo que en realidad es la vida: que tan solo te devuelve de lo que le das y que tampoco te puede quitar lo nunca te has ganado…

Don Julio tenía para entonces ya bastantes años y estaba en muy malas condiciones físicas debido a un accidente cerebro-vascular que le había dejado el lado derecho prácticamente paralizado, razón por la cual había que darle la comida, asearlo, vestirlo, etc.; aunque tenía mucha dificultad para hablar y hacerse entender, yo aprendí a descifrar lo poco que él podía decir.

Pues bien, algún lunes llegué a trabajar después de mi descanso quincenal y encontré a don Julio muy triste y deprimido.  Haciendo mucho esfuerzo me contó:

·         Trina me humilló y me trató muy mal ayer en el almuerzo; me dijo: hasta cuándo te tengo que lidiar, por qué no te morís de una vez por todas?, me tiró el babero a la cara y se fue y me dejó solo…

Me llené de ira y me fui dispuesta a fungir de abogada del diablo; como es lógico, esto más que una inocentada de mi parte fue una tremenda injusticia, por más que en ese momento no hubo forma de convencerme de lo contrario.  Pero no fue posible que yo aceptara la versión de la señora, ya también muy viejita. 

Según doña Trina, lo que pasó fue: cómo le parece mija que este viejo desgraciado tomó el mantel y se limpió la jeta con él viendo que ahí había servilletas, lo volvió una porquería y cuando yo lo regañé por esto, me tiró el jugo a la cara.

Yo no sé qué tantas cosas más me dijo la viejita, se le sentía la ira, pero sinceramente yo me puse peor y le grité: no señora, usted es una mentirosa, don Julio es un hombre muy decente, lo que pasa es que usted es una mujer muy mala… y me fui echando chispas de la ira.  Llegué y le conté a mi paciente, él se tranquilizó y todo quedó ahí.

No volvimos a saber de doña Trina hasta la hora del almuerzo, cuando llegaron las hijas y me llamaron a mí aparte; se sentaron frente a frente y yo en el medio y me dijeron: mi mamá ha estado llorando todo el día por todo lo que le dijiste… yo ya me iba a justificar, pero no me dejaron, solo me dijeron: esos dos viejos son nuestros héroes y por eso te agradecemos mucho el cariño y cuidado que tenés con mi papá, pero tené en cuenta que vos lo conociste cuando ya depende de nosotros, él nunca ha sido un hombre noble y mi mamá fue su víctima hasta que nosotros crecimos.

Yo seguía reacia, al fin y al cabo ya él estaba en desventaja y nadie tenía porque tratarlo mal, pero llegó el hijo varón y con una amabilidad y un cariño indescifrable me llamó la atención utilizando otra estrategia. 

Don Armando si llegó a conversar donde estábamos mi paciente y yo, entonces, tomando las manos del papá, le dijo: cierto viejo que vos no me dejás mentir?... cierto que cuando vos llegabas borracho a la finca con tu mosa, Trina (mamá) te tenía que servir a vos y a tu mosa; cierto que cuando yo tenía nueve años me escondí detrás de una puerta para darte con un palo porque le ibas a pegar a Trina (mamá)?; cierto que cuando algo te salía mal en la calle, vos llegabas a la casa y le tirabas la comida a los pies a Trina (mamá)?…

Y muchísimas barbaridades más decía este hombre, mirando fijando a los ojos al papá, a quien poco faltó para que se le salieran los ojos de sus órbitas mientras su único hijo varón hacía semejante reseña de la vida que había pasado su mujer y sus hijos por culpa de él mismo, de don Julio. Yo simplemente, observaba sin articular palabra alguna, ante semejante historia no valía defensa alguna.

Finalmente, tomando mi mano, don Armando me miró fijamente a los ojos y me dijo: no mija, no; aquí en esta casa y en esta familia el único malo, muy malo ha sido Julio y Trina (mamá) ha sido su víctima, lo que pasa es que vos lo conociste ya desbaratado, pero él no siempre fue así. De todas maneras, muchas gracias por cuidarnos al viejo tan bien.

Como es lógico, yo hablé con doña Trina y me disculpé, ella sencilla y noble, acepto mis disculpas y todo quedó ahí.  Después de eso estuve mucho tiempo con ellos, nunca hubo otro problema, al fin y al cabo, el viejo conmigo nunca fue grosero y además, era una gran familia.

Hoy en día tengo otra visión, hoy en día tengo un poco más presente que la vejez es simplemente la cosecha de lo que sembramos en la juventud y, en ese sentido, el viejo lo que tubo fue mucha suerte porque sus hijos heredaron la nobleza y humildad de la mamá, menos mal, porque de lo contrario, habría sido muy amarga su ancianidad.  

     

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