CUIDADORA DE PACIENTES VIII

Cuando llegué a hacerme cargo de doña Mirian Tascón ya ella se encontraba en muy mal estado de salud, padeciendo  la etapa terminal de un cáncer pulmonar.  A pesar de haber pasado escaso tiempo con ella, sí la recuerdo con gran cariño y agradecimiento.  No conocí mucho de su familia, aunque sé que tenía esposo e hijos, porque cuando yo llegué a atender a doña Mirian ya ella estaba en la clínica y yo le colaboraba tan solo en las noches.

En los escasos doce días (noches) que alcancé a pasar con doña Mirian en la clínica, en todos y cada uno de mis turnos, menos en el último, la paciente sufría una dura crisis ocasionada por esta cruel enfermedad.  La primera noche  me estaba poniendo muy nerviosa cuando la enferma comenzó a manifestar una gran dificultad para respirar, seguida de una insistente tos… sin embargo, me recuperé y reaccioné suministrándole oxígeno conectándola a la pipa, hasta que poco a poco se fue normalizando su respiración y, por ende, la doliente se fue tranquilizando.  Y así, me fui tomando confianza y me fui ganando la confianza de doña Mirian a quien logré transmitirle paz y seguridad.  Nunca olvidaré la última noche de doña Mirian Tascón.

Era una noche muy fría, yo llegué a la clínica bien abrigada a recibir el turno a eso de las 7:00 P. M. ese día encontré  a  la aquejada algo nerviosa: “es el frío”, pensé sin hablar.  Me le acerqué, le hablé y la abrigué bien; empezó a tranquilizarse inmediatamente se dio cuenta que yo había llegado.  Se quedó apaciblemente dormida  durante un largo rato; mientras doña Mirian dormía sosegadamente, yo busqué la manera de acomodarme a descansar un rato.  A eso de la una de la mañana, doña Mirian se despertó sonriendo, me pidió que la ayudara a ir al baño; yo la veía bastante bien, muy tranquila; cuando volvimos del baño no quiso que la acostara en la cama.  Doña Mirian esta noche quería charlar, estaba conversadora y se quedó recostada sobre el espaldar de la cama, casi sentada… entonces serenamente comenzó a hablar de su enfermedad… hasta que me hizo una pregunta que hoy después de 24 años, más o menos, aún no sé contestar; doña Mirian, me dijo: “Mary, si yo nunca he fumado, porque estoy padeciendo esta maldita enfermedad?”, yo simplemente tragué en seco…  me quedé muda... a la paciente se le encharcaron los ojos, con una sonrisa muy triste me miró fijamente y me dijo: “Mija, yo nunca he fumado y sin embargo, tengo este hijueputa cáncer; ahora sí quiero fumarme un cigarrillo para saber qué se siente.  Mija, por favor, consígame un cigarrillo…”,  abrí los ojos desmesuradamente al tiempo que le expliqué mi rotunda negativa: “cómo se le ocurre?, estamos en una clínica, si alguien entra y siente el olor me meto en un problema; pídame cualquier otra cosa, pero un cigarrillo no.”, le dije con mi voz quebrada por su gesto de súplica y misericordia.  Fue tanta la insistencia de mi noble paciente para que yo le consiguiera un cigarrillo y fue tan incontrovertible su argumento que finalmente salí a la calle en busca de su encargo, inmersa en una rara mezcla de lástima y esperanza; remordimiento… tal vez.

Efectivamente salí de la clínica y me dirigí a un carrito de dulces que había en la esquina, compré un cigarrillo y regresé a la  clínica.  Al regresar al cuarto, cerré la puerta con seguro, cerré cortinas y ventanas, prendí el cigarrillo y se lo pasé a doña Mirian, se lo fumó todito; mal fumado eso sí, no era capaz de retener el humo como lo hacen los fumadores, se le notaba que jamás había probado uno.  Una vez terminó me dijo:   ”gracias mija, ahora sí me puedo morir tranquila”… yo me puse muy nerviosa y abrí puertas y ventanas, rocié ambientador con la esperanza de que se pasara el olor y me senté a esperar que le diera la crisis, es decir, estaba vigilante de su respiración y del ahogo de tos para ponerle el oxígeno.  Sin embargo, esta noche, su última noche fue de total tranquilidad a pesar de haberse fumado el primero y último cigarrillo de toda su vida.  Como a las cuatro de la mañana se quedó serenamente dormida; yo no, yo ya estaba muy inquieta, no me quité ni por un instante del lado de su cama; con algo de arrepentimiento esperaba las consecuencias de mi irresponsabilidad.  Finalmente se llegaron las seis de la mañana y doña Mirian despertó tranquila y sosegada, hasta sonriente… yo me tranquilicé y entregué mi turno a las siete de la mañana a la prima de doña Mirian; solamente le dije: “ahí se la dejo, doña Stella, ella pasó una noche muy tranquila, no tuvo crisis.  Hasta la noche.”.

Yo me fui feliz a descansar ese día, a nadie le conté, solamente le agradecía a Dios no haber tenido problema alguno por eso.  Descansé plácidamente durante ese día y a las seis de la tarde, salí para la clínica a recibir el turno a doña Stella.  Llegué a la clínica faltando unos diez minutos para las siete de la noche, en la puerta del cuarto estaba doña Stella, quien seriamente me dijo: “Mary, Miriancita acaba de morir…”.  No sé si por sorpresa o por remordimiento, me eché a llorar. 

Hoy en día, al recordar esta experiencia de mi vida laboral, no siento un mínimo de remordimiento porque sí se murió por un cigarrillo que yo compré, prendí y se lo di, murió feliz… 

 

 

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