Dancing in the dark

Me sofoco antes de abrir la puerta. Recuerdo ahora y todo está dicho. Será la última vez de las veces. Hablaste de que te encanto, que tu gusto por mí sobrepasa todas las expectativas; sin embargo mi acción… esa acción... Concluyendo: no deseaba perderte y te perdí. Estarías esperándome en el hotel de siempre, en la misma habitación.

Abro la puerta y todo está oscuro, la nada parece absoluta. Enciendo la luz y tu voz que sale desde el baño rebota en los espejos y me alcanza -No… no la enciendas. No quiero verte… tampoco escucharte. Una palabra tuya… sólo una y me voy.-; apago la luz. Hablas en serio y sé que obedeceré, no haré el intento de verte. En silencio y en la cerrazón descubro cuan poco te conozco. Hasta pareces otra.

Sin poder ubicar la cama (¡Diablos! He venido aquí mil veces y no lo recuerdo), la oscuridad me pone indefenso, estéril, perdido. A mis espaldas puedo sentir su respiración: a veces cerca, a veces lejos. Se mueve como una gata: sin ruido, el sonido de su lengua al pasar por sus labios es más fuerte que sus pasos. Conoce esta habitación mejor que yo ¡Vinimos tantas veces juntos! ¿Qué me perdí? ¿En que momento dejé de estar realmente con ella?

Siento manos que se multiplican. Por ratos acaricia mi espalda, recorre desde atrás del cuello hasta los talones, pasa sus manos de manera lasciva entre mis piernas para enseguida desaparecer y dejarme tratando de asir el aire. Cuando estiro las manos encuentro nada. Me despoja poco a poco de la ropa. Ahora totalmente desnudo estoy más indefenso aún, no puedo dar ni un paso, la oscuridad es tan cerrada que imagino mi cuerpo despeñándose al vacío y no me atrevo a mover. Siento, entre el miedo lacerante, su lengua subiendo a lo largo de mis piernas desde el tobillo y acercándose lentamente a su objetivo. La tomo del cabello y se revuelve como un pez, y de nuevo no se donde está. Su voz vuelve a tronar, devolviéndome al mismo estado de sentirme tan indefenso -¿Por qué no puedes comprender?... ¿Por qué?... ¿Por qué nunca entiendes?, ¿Por qué el afán de perder esta última oportunidad?... Escucha bien: tampoco puedes tocarme. Después de todo no quiero irme. No lo vuelvas a intentar-.

Estoy nadando en el fango de mis sensaciones. Me derrito. Mi cuerpo sobre la alfombra. No recuerdo siquiera que ésta es la última vez de las veces. Soy un mar y deseo sentir su cuerpo sumergiéndose. Toca, se aleja, regresa, bebe, me desespera. Quiero dejar de sentir esos ríos de saliva que ha marcado en mi piel entre los pelos hirsutos de mis piernas ¿Por qué no me hace suyo de una vez? Delirante, siento sus pechos puntiagudos y firmes en cada poro de la piel. La humedad de su entrepierna se convierte en mi pensamiento que vuela por la habitación y choca con mil objetos que imagino y no puedo ver. Mi cabeza da vueltas ¿Con quien estoy? No puedo tocarla. No puedo hablarle. No veo nada ¿Qué diablos hago aquí? Lo había olvidado: estoy pagando, sólo pagando. Deseo que jamás se vaya, quisiera decirle que esa desconocida que me está tratando como un objeto es la mejor pasión que ha pasado por la vida ¿Cómo decirle que no podré vivir sin ella? ¡Qué es el aire, el sol, todo! ¿Cómo le diré nada sin que se vaya? Espero, deseo, añoro lo que no conozco. Estoy seguro que ahora me hará suyo, me esforzaré esta vez. Ella se dará cuenta de que no puede encontrar a alguien mejor que yo, notará la diferencia de esa otra persona que ahora soy.

Cuanto daría por volver el tiempo atrás y no fallar, no serte infiel con... ¡Para qué recordarlo ya! Te haré mía y sabrás que nadie te amará de esta misma forma desesperada y dolorida. La oscuridad mordiéndome y evaporándome es lo último que alcanzo a percibir. Perdí la noción del tiempo. Ni sé donde estoy, me desespero y empieza a cansarme no saber que soy en ti. Cuando estás a punto de engullirme, de arrancarme de los brazos de la tierra, un filoso cuchillo de luz recorta tu figura en el pasillo del hotel. Dices adiós y al cerrar la puerta me vuelves a sumir en esa terrible oscuridad y en este nuevo sentimiento de confusión que nunca me dejará. Tropiezo un par de veces en la habitación en la que siempre estuve y nunca conocí.

Alcanzo el sueño de saciedad. Ese estar dentro y totalmente rodeado de tu piel, eres tan maravillosa que nunca te quiero perder. A decir verdad… te me fuiste. Te fuiste por siempre… pero quedó tu fantasma que recorre mi piel tan sabiamente como tú. Tu fantasma que viene cada noche, que me tiene encerrado entre estas paredes acojinadas y que después de dos años de tu adiós aún no me deja hablar, ni tocar, ni ver. Amo tu fantasma y mi estado de vegetal perdonado por ti.

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