De mi fe...

Solo he andado en este valle de injusticias, de lamentos, de sueños rotos, de aparentes metas logradas, de fracasos y desilusiones. Solitario y pensativo en una jungla de tristeza en la que, de vez en cuando, ha salido a relucir alguna que otra sonrisa.

¿Solo? En este mar de posibilidades invisibles, tan lejanamente cerca y tan imposiblemente fáciles de lograr. Con el llanto derivado de la impotencia, por no poder hacer esas cosas que se “hubieran” podido… Con la angustia de no encontrar consuelo, cada vez que ocurrió aquello que no pude evitar. Lo que es peor aun, teniendo que soportar la amarga realidad de saber que no soy capaz de diferenciar lo que es posible cambiar, de lo que no lo es.

Y aun hoy siguen pasando a mi lado esos triunfadores de la vida, con su intento por querer demostrar que les fue muy difícil, que casi no lo logran, que para nada es extraño que algunos, al igual que yo, nunca lleguen, mientras que por dentro se ríen y apuntan con un dedo a estos pobres estúpidos perdedores, que nada tienen porque nada hacen.

La ironía de mi soledad, la que tanto he amado y tanto he buscado, pero que lentamente me ha ido matando. El eco de mis conclusiones que entran y salen y vuelven a entrar desde y hacia mi mente, en un constante repiqueteo que me ha llevado algunas veces al limite del divague total… o incluso de conclusiones paradójicas. Y me he alejado y me alejaré siempre de las bochornosas y pesadas muchedumbres.

He gritado tantas y tantas veces en busca del auxilio de alguien igual a mí. Alguien allí afuera que no me vea como a un loco, y que comprenda y comparta conmigo esa sensación de paz, de libertad y de felicidad que me llega, cada vez que descubro la diferencia entre una piedra, y una semilla… y aunque no escucho respuesta, sé que en realidad no estoy solo, porque cada una de la veces en que el agua ha inundado mis pulmones, cuando me he dejado caer hacia atrás sintiendo muy próximo el final, alguien me ha puesto a flotar y me ha arrimado a la orilla.

Y ya no me dejó caer.

No por voluntad propia, no por convicción. Más, si caigo, tengo la plena certeza de que allí estarán esos brazos de bondad y fuerza infinita.

Son los brazos de Dios…     

 

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