EL GALLO DE SAN PEDRO

El señor Próspero Hernández, uno de los más ricos de mi pueblo era, además de ganadero, un gran aficionado a las riñas de gallos y tenía su propio corral de estos animales, que se entrenan para enfrentarse a muerte en una lucha de igual a igual. Este mal llamado deporte es muy popular en algunas regiones de Colombia y países de centro América y el Caribe.

Los gallos de pelea son de una raza especial de gallináceas y prácticamente no tienen carne que comerles, son puro músculo, fuerza, destreza y coraje para atacar y defenderse. Para evitar que el contrincante pueda agarrarlos de la cresta se les recorta, y por lo mismo se les afeita el pescuezo y los muslos; no es una costumbre que se practica en todas partes pero si en mi pueblo; su alimentación se basa en carne y alimentos ricos en proteínas. Cada día su entrenador los pone a correr y atacar un señuelo fabricado con plumas para que semeje otro gallo.

El día de la riña son llevados en jaulas especiales y se meten en unos compartimentos en espera de la hora de su turno de combatir, como los gladiadores romanos. No quiero extenderme en detalles pero para que sus patadas sean más efectivas, sobre las espuelas naturales se les calzan otras de marfil o de acero, esto con el fin de convertirlas en puñales mortales. La gallera de mi poblado se construyó como las plazas de toros, de forma circular, con graderías alrededor del círculo de muerte que tiene unos cinco metros de diámetro. Un juez de campo se ubica en el centro de la arena con los gallos de turno bajo sus brazos, uno a cada lado; grita el nombre del animal, sus características, record de peleas, nombre del dueño, lugar de procedencia… y comienza la batalla.

Por lo general no hay empate y uno de los animales queda muerto en la arena. La pelea se da entre gritos de los asistentes, groserías de todos los calibres, insultos al contrincante, silbatinas y hasta tiros al aire. Algunas veces no son al aire sino a la humanidad de uno de los asistentes y, otras veces, ni se sabe quien disparó. Las riñas entre los asistentes al espectáculo son frecuentes porque las apuestas se hacen de palabra y alguno niega haber apostado cuando su escogido pierde. Hay gallos que llegan precedidos de gran fama y son los favoritos en las apuestas, sin dinero por medio no hay riñas y el monto depende de la fama de los contrincantes. Muchos galleros han perdido su fortuna, su mujer y hasta la vida por estas apuestas. La literatura lo cuenta mejor que yo y esta es una anécdota.

Me dejé llevar de los recuerdos juveniles, cuando con dos amigos nos colábamos en las galleras y terminábamos roncos de tanto gritar. Parece que le dábamos suerte a algunos galleros y para que respaldáramos a su plumífero nos daban cerveza y trago; don Próspero era uno de estos y nos llamaba a su mesa entre una riña y otra. Olvidaba decir que la finca donde criaba sus gallos recibía el  nombre de San Pedro y el último día que asistimos a una riña con mis amigos, un gallo de don Próspero defendía su invicto de 20 peleas contra el de su rival eterno del pueblo vecino. La mejor pelea se deja para el final, cuando los ánimos están al máximo y la mayoría de asistentes borrachos.

Por cuestiones fisiológicas al hombre le entraron ganas de orinar en medio de la pelea y cuando su galle llevaba las de perder. La gritería era ensordecedora y cada grupo animaba a uno u otro contendiente. En un segundo el gallo saraviado se levanto en el aire y bajó las dos patas sobre el giro de don Próspero clavándole las espuelas en una estocada mortal. Su dueño se desangraba sobre las baldosas del baño, en ese mismo momento, apuñaleado por un desconocido que huyó sin que nadie se diera cuenta y el gallo de San Pedro y su dueño se despidieron de este mundo en la gallera que presenció tantos triunfos. Después se armó una batalla campal entre los galleros de los diferentes municipios y hubo otros tres muertos. Jamás volví a pisar el terreno de estos sitios de sangre y muerte

 

 

 

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