El juego y yo

Cuando hablo de juego no quiero decir deporte o divertimentos de un rato para pasar el tiempo o ejercitar el cuerpo. Me refiero a los juegos de azar, de esos donde se pierde el dinero casi siempre. Leí en una de mis lecturas desordenadas que un psicólogo afirmaba que el jugador adicto no juega para ganar sino para perder. Cuando leí esas palabras hace años me parecieron risibles y contradictorias porque ¿a quién no le gusta ganar? Con el paso del tiempo y centenares o miles de visitas a los casinos y otros sitios de apuestas que más adelante detallaré, comprobé el acierto de esta afirmación, claro que sí, el jugador compulsivo o ludópata, si lo prefieren, es un enfermo que juega para perder…. Y pierde hasta la camisa que lleva puesta.

En mi pueblo de siempre, en los años de mi infancia,  miraba jugar a los adultos esos juegos que ya están pasados de moda, y observaba que siempre apostaban dinero; entonces en mi mente de infante se me metió que esa era una forma fácil de ganarse la vida sin trabajar y aprendí los rudimentos de los juegos más populares de esas lejanas épocas: la taba (se juega con un hueso de marrano seco y bien pulido), la guayabita con un dado, y con el naipe español veintiuna, fierro, tute y otros menos usuales que ya se me irán viniendo a la cabeza. Por derecha grababa los ardides de algunos jugadores para esconder cartas o cambiarlas con presteza para que nadie se diera cuenta. Quise un día advertir a mi padre pero la cara que me hizo su amigo me dejó mudo, ahí empecé a sospechar que algo sucio se escondía en estas triquiñuelas. Y durante las ferias y fiestas durante las cuales llegaban los toldos con toda la barahúnda de personajes y entretenimientos como la ruleta, el cacho, el tiro al blanco yo todas esas diversiones de feria en las cuales se apuesta para ganar unos premios ilusorios que jamás quedan entre el público, yo estaba allí, entre los mirones, porque  que me atraían con su magnetismo de gitanos.

Cuando nos trasladamos a la pequeña ciudad sabanera, donde transcurrió mi adolescencia, el bagaje de juegos se acrecentó; ya no era un mero testigo de las sesiones de las personas mayores porque ahora podía ser un jugador activo junto a otros chicos que habían cumplido su aprendizaje de la misma manera: mirando. Con los juegos de los adultos llegaron aquellos netamente de muchachos, y no me refiero a los tradicionales sino a los de apuestas como los tres huecos y los cinco huecos que consistían en completar veintiún puntos metiendo unas monedas en tres o cinco huecos según el caso, en unos huecos ubicados en el pavimento, los que jugaron esto saben a  lo que me refiero. También con monedas era el machuque o machuco que consistía en voltear monedas con una canica o con el trompo. Pero el fuerte de las apuestas, donde quedaban las mesadas que nuestros padres nos daban para los gastos, eran los juegos de cartas, con naipe español o póquer.

Cada chico aportaba nuevos juegos a los tradicionales, según los aprendiera de sus mayores, así que agregué a mi colección el Lulo, Toruro, Queen, Jodete (este de origen español lo trajo el hermano mayor de un amigo, de la madre patria) y, por supuesto, el PÓQUER. Si hay apuestas de por medio, siempre hay un vivo que se las sabe todas y esquilma a los más ingenuos, que siguen convencidos de la buena suerte de ese que gana todos los días. En mi barrio era Ricardo y hoy, bastantes años después, nos reímos al recordar como les quitábamos los billetes y las monedas a nuestros compañeros de cartas y otras “diversiones”. Con él aprendí las triquiñuelas para limpiar a los contrincantes y cuando nos encontrábamos en la misma mesa de juegos tratábamos de no estorbarnos mutuamente… al final ambos salíamos ganadores y nos íbamos a tomar cerveza para celebrar.

Cuando entré a trabajar, siendo aun un adolescente, y me sentí dueño de mi destino, lo primero que hice fue irme lejos de la casa paterna y aprovechar mi tiempo. En mi infancia había aprendido  a jugar billar en uno de los cafés que tenía mi padre en el sur de Bogotá.  Durante la secundaria ese conocimiento me sirvió para jugar gratis con los provincianos inocentes del internado donde estudie mi secundaria. Jugar a sabiendas de la torpeza del contrincante se llama marranear o comer marrano. En realidad este deporte poco me gustó por la sencilla razón que para ganar una apuesta había que esperar demasiado tiempo. A veces se gana una partida y el contrincante ofrece doblar la apuesta y uno pues empieza otra partida y otra y otra por horas. Para el aprendiz de tahúr este no es el juego de sus amores. Debo recordar que no es solo el tradicional de las tres bolas sino, también el pool. A esto se agregan las variantes de las apuestas como son las botellitas, el plato, jugar con cuatro bolas, en pool al que meta primero una bola determinada y no sé por qué casi sin excepción se escoge la bola ocho…

Y de ajedrez ni quiero recordarlo. Nunca pude explicarme como hay jugadores que apuestan su vida en estas interminables partidas. A veces yo apostaba el almuerzo con una moneda a cara o sello… pero, ¿esperar una hora o más para ganar o perder en ese tablero cuadriculado? Ni hablar. Eso es mucha falta de oficio. Aprendí este dizque llamado juego ciencia porque era una salida para el aburrimiento en las eternas tardes de sábado y domingo en el internado. Después, en la vida real traté de jugarlo pero el aburrimiento me obligaba a bajar las defensas para que el rival me diera jaque mate cuanto antes y terminar el sufrimiento. Esto no significa que no me agrade observarlo en otros como Fisher, Karpov, Kasparov  y todos los rusos genios de esta joda. Y bien visto,  observen  la faz de los grandes ajedrecistas y se darán cuenta que la mayoría tienen cara de tontos, con todo respeto.

Y en este divagar no entro en asuntos de dolor ajeno. No soy adicto al juego, de manera que puedo jugar un rato y retirarme; pero si soy testigo de la perdida de fortunas y en este recorrido por mi pasado no quiero hablar de cárceles, suicidios, asesinatos y esas cosas que se dan por la desesperación, de ahí el título de este monólogo, es como yo manejo el juego y no como este me maneja a mí. Entre mis conocidos dos se suicidaron por deudas de juego, otros perdieron la familia, los empleos y hasta el nido de la perra. No quiero recordar esas desgracias ajenas ya que con las mías propias tengo suficiente.

Pero me salté el juego de los gallos. Con mi amigo Ricardo nos dio por ir a una gallera atraídos por el gancho de las puestas, ¿éramos o no éramos jugadores?, nos dijimos,  y el siguiente fin de semana de narices en uno de estos sitios; por si nunca han ido, todos son iguales, las diferencias están en el tamaño y la decoración. Todo gira alrededor de un ruedo similar al de los toros pero en tamaño reducido, de unos cinco metros de diámetro donde sueltan dos gallos finos a que se despedacen a punta de pico y espuelas. Hay graderías similares a las de las plazas de toros. Y en estas casi nunca se sientan los espectadores que presencian los combates a muerte de pie y vociferando bestialidades. A las espuelas  naturales de los animales, de por si grandes y amenazantes,  les calzan otras más largas, duras y afiladas para convertir a los animales en armas mortales. Los otros animales, me refiero a los espectadores, gritan y se lanzan apuestas en medio de la gritería…

Tampoco quiero explicar los pormenores de las riñas de gallos porque me traen malos recuerdos, entre tantos el sufrimiento de los animales que enriquecen a sus dueños o  los dejan en la ruina. Uno de mis vecinos apostó la casa contra un autobús nuevo y el maldito ganó y como entre ellos dicen que las deudas de juego son sagradas de una vez se fue por su trofeo, abrazado al perdedor… y regresó con el carro y lo parqueó al frente de la gallera mientras la sirena lanzaba alaridos en medio del silencio nocturno para despertar a los vecinos. Al otro día supimos que el perdedor se había suicidado (había invertido los ahorros de toda la vida en la compra del automotor, más un préstamo bancario)

Nuestra adicción a los gallos terminó una noche cuando uno de los apostadores cobró un dinero y el otro no le quiso pagar; salieron a relucir las armas de todas clases; cuando sonó el primer disparo el dueño del local, para evitar algo peor apagó las luces y empeoró todo, en medio de la oscuridad se escuchaban los disparos, los insultos, los gritos y los gemidos de los heridos. Ricardo y yo estábamos en el orinal y como somos cobardes al escuchar la algarabía salimos corriendo para nunca jamás regresas a estas riñas. El saldo: dos muertos y siete heridos.

Y ya lo he dicho en otros artículos, cuando el demonio quiere perder a alguien se las ingenia para hundirlo… pero conmigo no pudo. Aparecieron en las ciudades las llamadas máquinas tragamonedas y los casinos legales. Siempre que uno quería jugar antes de la aparición de estos ya se sabía donde se reunían jugadores y el único requisito era llevar dinero para perder. Yo destinaba cierta cantidad y la jugaba, aun lo hago, si la pierdo paro y si gano igual…

Qué pena, me mamé en este punto y hora, después sigo, es una promesa de jugador.

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De mi libro RELATOS DE TODA LA VIDA

Edgar Tarazona Ángel
http://edgarosiris310.blogspot.com

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