El Observador

Las personas no parecen ser capaz de verlo, percibirlo o creer en su existencia. Entre todos los que alguna vez conmigo tuvieron contacto, y de seguro también aquellos que en el futuro se volteen a dirigirme palabra alguna, no hay uno más que yo que sea capaz de sentirlo; su retorcida figura, su incalculable y pesada sombra, el fijo e inmóvil punto desde donde me observa.

  Nada existe como aquello de lo que hago mención, por eso sólo había una forma en que pudiera denominarlo. No quería darle un nombre, pues así lo aceptaría y jamás detendría su penetrante risa. El simple hecho de verlo es tarea sólo para valientes, el primer momento en que la curiosidad ganó a mi miedo… aún sigo lamentando tal osadía. Su imagen ha quedado grabada de tal modo como si la hubieran impreso directo sobre mi retina. Por eso, sólo lo llamo «eso».

  Sí, esa es la mejor forma de describir algo indescriptible.

  Los primeros días temí el salir de mi habitación. Sin importar que sea mañana, tarde u noche, «eso» siempre está allí al otro lado de la ventana. Pero eso sólo debía de ser en vacaciones, mis padres no tomaban con ninguna seriedad tal descabellada situación y contra llanto y pataleo era enviado a la escuela.

  Aunque no haya ni una nube sobre el cielo, su sombra siempre está allí por donde estoy. Detrás de mí, flotando, me sigue a donde quiera que vaya. Si caminaba por la calle, ocasión para nada rara donde vivo, de cuadra a cuadra su figura toda luz cubre. Nadie lo ve, o deciden ignorar su existencia. Niños, trabajadores, ancianos, perros, gatos; nada más que yo siente su peso.

  Intenté convencerme a mí mismo. «Eso» no existe y jamás lo ha hecho; es falso, falaz, inválido, imposible, una invención propia que refleja mis miedos. Las personas así lo ven. Lo animales así lo sienten. ¿No seré yo el único que ha perdido la cordura? ¿O tal vez no serán todos quienes están ciegos?

  Entonces fui obligado a dejar de salir.

  El exterior se volvió un entorno por completo desconocido para mi persona, e incluso ahora lo sigue siendo. Si ha transcurrido el fin del mundo, estalló la anarquía o nació una dictadura, me es imposible saberlo. Lo único que conozco, es esta blanca habitación. Todo lo que va más allá me lo recuerda.

  No, todo lo que está fuera de estas cuatro paredes sin duda es «eso». Sus risas, sus penetrantes miradas e inentendibles murmullos; todo y todos son parte de «eso». Sin duda alguna, «eso» es culpable por todas las desgracias que azotan al mundo. Yo conozco la verdad, por eso me encierran aquí, por eso me observa con su único, profundo y perturbador globo ocular.

  Antes llegué a pensar que el quedarme en casa era seguro, el único lugar donde podría encontrar al menos una virtual protección de «eso». Pobre de mí, inocente era al no saber que simples cortinas o maderas evitarían su mirada. Robaba la comida de mi propio refrigerador, me ocultaba igual a un ladrón sólo para obtener la posibilidad de llegar al baño, lo único que solventaba todo esto era el volver a mi cama y acurrucarme en las sábanas. Sin embargo, gracias a mis padres encontré un lugar mejor que aquel precario escondite.

  Y sentí paz durante ese tiempo sin estar bajo su mirada. Agradecí cada día que mi mente no se hubiera trastornado. La mujer que cada día venía a traerme alimento jamás se rio ni me criticó por conocer a «eso», y de vez en cuando un hombre en bata traía consigo preguntas que sin esfuerzo era capaz de contestar.

  Pero luego pensé y pensé, fundí mi mente en desoladoras ideas. En meros tres días, que para mí parecieron más de cinco meses, encontré la verdad. Incluso bajo las sábanas, en la cómoda cama, dentro de la blanca habitación carente de ventanas, oculto en el interior de un lugar el cual desconozco, «eso» es capaz de observarme al lujo de detalle.

  Mi cuerpo tembló, aunque no pudiera verlo sabía que estaba allí con su mirada fija en mí. En cuanto la puerta se abrió junté toda mi determinación y salí. Corrí con todo lo que tenía, tropecé varias veces sin rendirme. No obstante, como «eso» perdí antes de tener alguna oportunidad. Al verlo, quedé petrificado en la salida.

  Ya ha pasado tiempo largo desde aquello. Ho en día he vuelto a salir a las calles, con su penetrante mirada a mi espalda. Siempre miro hacia abajo para no enfadarlo. Desde uno de mis dedos de la mano izquierda sobresale un pequeño hilo celestino que nada en el aire hacia «eso». Tal vez sea porque acepté su existencia, o más bien puede ser debido a que me he vuelto su mascota.

  Cada vez que me giro a las demás personas que son cubiertas por su sombra que ocupa todo el ancho del camino, siento envidia y lástima ante su desconocimiento. Ellos ya son víctimas de las cuales «eso» se alimenta; devora sus recuerdos, suerte y energía positiva como si succionara por pajillas invisibles. Yo soy quien los lleva a tal terrible destino en mi camino al trabajo, al doctor y a casa.

 

  Nadie está exento. Escapar es imposible; todos nos encontramos bajo su avariciosa retina. Todos estamos siendo observados por su gigante globo ocular que ocupa la mayor parte de su amorfa figura, incluso tú.

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