El portero eléctrico

Hasta llegar al edificio, a mitad de cuadra, me resta de caminar  cincuenta metros. Parado en la esquina aguardo para cruzar la calle. No hay semáforos, por lo tanto me armo de coraje, fastidiándome por hacerlo a las apuradas. Me dan ganas de golpear el parabrisas o la luneta trasera de los autos conducidos por prepotentes. Soy peatón, indefenso y vulnerable; una víctima de la prioridad que debo concederle al automóvil, antes que un beneficiario de la norma que exige lo contrario. Un sufrido y humillado ser humano de a pie, puesto a saltar en plena calle de modo ridículo para salir ileso. Eso es lo que soy.

Recibo la mirada recelosa de un conductor, molesto ante la sola probabilidad de atropellarme. Lo prefiere expedito al camino, esa es la verdad. Yo le adivino su insulto. Todos se ofuscan y nadie se disculpa por adelantarse a mi paso. La puja es desigual, impuesta por el imperio del automóvil. Hace tiempo se inició esta batalla desigual entre rivales muy dispares, unos de carne y huesos y otros de hierro y plástico. A juzgar por los resultados, éstos  últimos vienen saliendo victoriosos. Falta que los peatones despedacemos, sin piedad, la chapa de varios automóviles. Y no será para que sufran ellos, hechos de insensible material perecedero, sino sus dueños.

Llamaré a Julia por el portero eléctrico. Seguramente su voz se oirá chillona, un poco por su propio acento y otro por la sonoridad latosa del aparato. Inducido a gritar, diré mi nombre en voz muy alta. Julia mudará de tono, no lo dudo, apenas sepa de quien se trata. A su repregunta con fines de constatarme, repetiré que sí, que soy Alberto y esperaré su indicación para pasar. Se tomará su tiempo hasta accionar  la chicharra. Aunque sabe de mis impaciencias cuando espero abajo, igual es capaz de hacerme repetir la formula de acceso: un llamado,  su respuesta “ya te abro, pasá” y la consiguiente chicharra, cuyo brevísimo tiempo de duración me lanzará rápido hacia el  picaporte para abrir la puerta. Una vez se propuso no verme y debí soportar el silencio de este aparato lleno de agujeros.  Preferí suponer que Julia no se encontraba en su departamento. Quise ingresar y lo pude hacer aprovechándome de alguien que salió y me franqueó la puerta. Me dio mala espina que no tomara, esa persona, ningún recaudo. Se conoce de ladrones que utilizan este ardid para introducirse y cometer sus fechorías.

Ascensor mediante, llegue hasta la puerta del departamento de Julia, en el séptimo y golpee en vano. Volví sobre mis pasos y al llegar a la planta baja, presentí que mi condena sería la de intentar, cada día, restablecer el contacto. Estoy próximo al edificio y lo veo al vigilador en el pasillo de acceso. ¿Qué hago?

¿La llamo a Julia  o le pido al portero que me deje pasar y subo a darle una sorpresa? Suele ser amable este señor, a pesar de la costumbre que hoy caracteriza a los cuidadores de edificios. No sé porqué, pero últimamente mezquinan el diálogo. Nunca antes fue así, sino todo lo contrario. O será que se cuidan de no simpatizar con nadie para evitarse de hacer favores, arreglos o de llevar recados. Lo cierto es que se comportan poco comunicativos. De ese modo incumplen uno de los cometidos de esta función. Se parecen a las estaciones de combustibles que no merecen llamarse de servicio. Fuera del expendio de naftas, no se ocupan ya de las pequeñas atenciones. El inflado de neumáticos, por ejemplo, una tarea a cargo del conductor si es que funciona el compresor de aire y existe manguera disponible, además del medidor de libras.

Piso séptimo, departamento B. Oprimo el botón y arrimo el oído al parlante por temor a no escuchar su voz, aturdido por el ruido ambiente. El portero humano me observa, luego de haberme sugerido que utilice este el de su colega metálico y eléctrico. Percibí su sarcasmo al  indicarme algo tan obvio para no facilitarme el ingreso con su llave. Permanezco atento a la respuesta de Julia, con la mano  lista para tomar de prisa el picaporte. Pero ella no me responde. Vuelvo a llamar y surge una voz que desconozco. Pruebo con preguntar por Julia. “No, no soy la persona que busca, ¿a cuál departamento quiere ir?

La persona que habla denota inquietud. Verifico y compruebo que efectivamente llamé al séptimo B. Una idea descabellada se me representa de súbito, con la figura de julia muda y sorda a todo llamado, tirada en el piso, desangrándose. Aplico la opción de la coincidencia con alguien que vaya a trasponer la puerta para valerme de la ocasión. Nadie lo hace. La actitud me pone en evidencia ante el señor portero que se acerca, intrigado por verme dubitativo. Estuvo observándome y sabe que no fui atendido por Julia. Lo miro mostrándome afable, pero sin retirarme del portal. Él me previene sobre la inconveniencia de permanecer allí, salvo que alguien espere por mí. Dice algo sobre que siempre me repite lo mismo. Me corro hacia la vereda, fuera de su jurisdicción, como toda respuesta a esa sugerencia. Una cosa es que impida mi estada aquí y otra que pretenda conocer de mi y de Julia lo que jamás le revelaría. Simulo desconcierto para justificar mi perseverancia en llamarla otra vez por el portero eléctrico. La voz anterior tampoco vuelve a oírse, su dueña debe temer un juego o una trampa. La de Julia no aparece. No me sorprendo, lo mío es una rutina de paciencia infinita. Estoico, confío en escuchar un día darme ella el santo y seña “pasá que te abro”.

Desde hace siete meses que no consigo del aparato que emita esa fórmula mágica. Tiempos hubo en los que ese convite se oía subyugante y yo subía, anticipadamente excitado. No sé si volverán esos días. Mientras tanto, vengo cotidianamente a verificar la ausencia de Julia, si es que le puso fin o perdura, luego de aquél adiós que lo escuché metálico. Provino de arriba y salio desvaído a través del parlante. Sin ver su rostro, me sonó a excusa su argumento. “Así es mejor, no subas” que así lo dijo y me sonó a excusa para tomarse ella la libertad de mudarse a su gusto, sin interferencias. Su contrato de alquiler había vencido y debió de tener en vista otro sitio donde vivir. ¿Pudo dejar este lugar acogedor donde nos amamos? ¿Cuál será ese otro en donde vive? Yo tenía el hábito de visitarla aquí y no me cabe que lo haya abandonado sin arrepentirse. Siento alfileres en la garganta y una opresión en el pecho.

El  conserje del edificio se aleja, mirándome compasivo. Conoce de mi presencia inclaudicable, todos los días, junto al maldito aparato plagado de botones. El correspondiente al séptimo lo oprimo tenaz, sin recibir hasta ahora consuelo ni gratificación. Sucederá una tarde de éstas, o noche, no lo sé, que la voz de Julia saldrá latosa por el portero eléctrico, diciéndome como antes “subí que te abro”.

Por hoy es suficiente, volveré mañana.

Rene Bacco

Comentar