El secuestro una verdad tristemente célebre

“Tener la libertad, es cualquier baratija que sin valor se conserva. No tenerla, es gema de precio incalculable que se pierde y que difícilmente se recupera”  

Carta apócrifa de amor escrita por un estratega a su novia y compañera sentimental  desde un recóndito lugar en alguna región Colombiana con vegetación exuberante, de abundantes precipitaciones y de  una extraordinaria biodiversidad; recibida como prueba de supervivencia el día 18 de noviembre 2007 por sus seres queridos después de tantos años de estar secuestrado. 

Encanto de mujer: Desde la manigua escribo, para decirte que pese a mi condición de secuestrado, mi amor por ti cada día crece más, y es más fuerte este sentimiento que toda las barbaries y vejámenes a que estoy sometido.

Sé que tu  y demás seres queridos, durante todo este tiempo han sufrido tanto como yo, y que se encuentran inmersos en circunstancias traumáticas en el mar de la incertidumbre, a la espera de una decisión humanitaria pacifica o a un abrupto desenlace fatal como otros tantos acontecidos, lamentablemente. Me encuentro cautivo, por “la guerrilla más vieja del mundo” por un conflicto de ideales ajenos y crueles que poco a poco se han venido degenerando hasta llegar a la miseria y a la degradación, sin límites. Asido del cuello a  fuertes cadenas,  junto con otros secuestrados nos llevan de aquí para allá como reos peligrosos por la selva desmesurada e inextricable para evitar ser rastreados por considerarnos objetivos militares.

Así llevo mucho tiempo esperando ansioso el indulto como absolución  o lo que es más triste la fatal decisión a ser condenado a muerte, y me pregunto ¿Por qué motivo?... Cuando  estoy en un campamento fijo, mi morada es un incómodo cambuche hecho de húmedos maderos amarrados entre sí  que sirven de paredes y soporte de fuertes palos atravesados donde descansan gran cantidad de ramas silvestres,  secas y olorosas a campo como techo…por mi condición de jerarquía en la milicia, estoy separado de los demás secuestrados que mantienen en conjunto concentrados en una amplia área bien definida con fuertes palotes de madera  y cercos de púa fuertemente resguardados… Estoy en la sombra, alejado de todo, del aire puro, de la frescura del sol matutino que en forma de aureolas de luz entran por entre las rendijas de los ligados maderos de mi lúgubre prisión.

El recuerdo de tus encantos que me enamoraron y de tu amor me alienta, dándome valor para seguir soportando este sufrimiento con honor hasta cuando Dios quiera. Tú presencia siempre enclavada en mí, me mantiene vivo. Eres maná regalo diario del cielo del que me alimento, para resistir la esperanza que mantengo de alcanzar algún día la libertad, la salida a este cruento infierno que poco a poco me está consumiendo… No sé si estoy vivo o muerto. El embrujo de la selva nos hace invulnerables a la cruda realidad. Sé que existo cuando escucho el trinar armónico de las aves salvajes desde sus nidos de  amor que son como himnos celestiales, las voces de los centinelas de turno hablando, o el programa musical al aire de despecho en la frecuencia de un radio mal sintonizado de algún guerrillero irresponsable, o cuando alguien de los mismos se asoma al quicio de la puerta a patrullar cuando el ruido de las cadenas llamó su atención al salir a hacer mis necesidades fisiológicas, o cuando llegan a dejarme el alimento.

A veces, esta inanimada situación de soledad y olvido, hace que zozobre en mi arrojo y confianza cuando pienso que cada día que paso en este absurdo cautiverio, sería el último de mi existencia. No sé ¿cuánto tiempo? he pasado retenido por ser soldado valiente como tú me lo expresabas algunas veces con cariño. Sé que son muchos años de no vernos… ¡Ya perdí la cuenta! ¡ No sé si aún me quieres y me recuerdas … Te confieso, que es más cruel el sufrimiento de pensar que me hayas olvidado, que todo la amargura inhumana que aquí estoy padeciendo. Ha transcurrido casi un decenio desde la toma de la base a sangre y fuego por hombres armados de las FARC. Recuerdo con horror, cuando intimidados, fuimos, maltratados física y moralmente hasta la saciedad, despojados de las prendas militares, del armamento y del poco pertrecho que quedaba después de la toma, y que luego, se lo repartieron entre ellos como un botín de guerra. Luego, la reacción que  tuve de salir corriendo al escuchar la orden que  vino de una central de radio de los camaradas jefes subversivos alzados en armas a sus comandantes y combatientes de, encadenarnos, y llevarnos a algún lugar caminado en fila india, por soto bosques y trochas, por entre la enmarañada selva…

También recuerdo que, después de trasegar por varias semanas de día y noche, al sol y al agua, a veces sin dormir y sin comer; adormilados de cansancio; desafiando, las inclemencias del clima agreste de la selva (temperaturas hasta de 40º grados centígrados y en las noches intensos fríos porque constantemente llueve en la selva con tormentas eléctricas), al embate de las serpientes venenosas y al paso de las picaduras de insectos ponzoñosos; llegamos por fin a un reducto clandestino de un campamento estable. Allí otros bandos nos esperaban. Nos recibieron relacionados cual vulgar mercancía humana, luego surgió el intercambio, por ende la separación. El grupo que quedamos, después de un receso de casi dos meses volvimos nuevamente a la odisea de otra larga caminata a otro campamento satélite en donde actualmente me encuentro. Desde ese día no se nada de mis compañeros sobrevivientes de la base... Aquí, los días son largos como el viento y a veces parecen no tener fin como los mismos pensamientos en medio de la soledad; solo cuando hay retirada por el estrepitar sorpresivo de los helicópteros Black Hawk artillados  sobrevolando cerca de la zona; la voz de alarma de los comandantes a las tropas se escucha y como eco recorre el campamento, y es en ese momento cuando los captores bajo estrictas medidas de vigilancia, me reúne con los demás secuestrados para darnos instrucciones. Solo en ese momento, tengo contacto con las demás personas desconocidas en iguales circunstancias, padeciendo inhumanamente, como yo… Para no ser detectados, hemos tenido que soportar muchas peregrinaciones fugitivas selva adentro, de un lado para otro y refugiarnos en improvisados campamentos transitorios al paso provisionalmente mientras pasa el peligro. Afortunadamente, en ese afán de fuga para protegernos hemos corrido con suerte no ha habido enfrentamientos con las fuerzas militares del gobierno…

Aún conservo y cuido como un invaluable tesoro: tu retratito y el acróstico donde con mi nombre me expresaste tu amor incondicional. Cerca de mi corazón los tengo celosamente en mi vieja billetera que me regaló mi querida madre en uno de mis cumpleaños. En ella también, guardo su foto y la de mi padre cuando eran jóvenes y  la estampita del divino niño que un día domingo después de misa compre por los alrededores de la iglesia del 20 de julio (nombre de barrio populoso de Bogotá). Ellos como reliquias siempre me acompañan a todas partes. A pesar que desde mi soledad aprendí a convivir sin ellos, a alimentar mi espíritu con sus recuerdos, a sobrellevar resignado mi tragedia no dejo de pensar que este infortunio solo terminaría con el calor real de sus vidas, abrazándome, efectivamente cuando recupere mi libertad… Ya no me desespera como antes el fuerte frió matutino que me despierta y hiela mis huesos y cansadas carnes adoloridas que produce la dureza del catre hecho de bejucos en el que duermo semi cubierto con un corto mosquitero que apenas por partes me cubre… Pero, en medio de todo este ambiente profano de hostilidad, hay un trecho que me llena de alegría y me reconforta de este infierno que estoy viviendo, es la presencia de Dios desde la manigua de la selva que, día, tras día mediante la fe he aprendido a creer en su amor, a comunicarme con él. Mis oraciones y plegarias son miles de mariposas de múltiples colores que se enarbolan por el espacio sideral para encontrar su magnanimidad. A veces siento como si él, estuviera muy cerca de mí, acompañándome. Y desde mi interior, percibo su alocución de amor, como un intermitente divino; dándome fortaleza y valor. Como añoro el momento de correr a ti, a encontrarme con tus ojos y echarme en tus brazos llorando sobre tu corpiño como un niño solo de contento. Amor, Solo Dios sabe cuánto te quiero.

 “Tu soldado valiente”.

 

 

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