El tiempo en que no te tuve (1)

Mi imaginación de (intento de) escritor ha sido sobrepasada desde el último verano que pasé en Madrid, hace dos años de este amor inenarrable. Intentar explicar cada sensación sería, igual que hacerlo con un amanecer, imposible; así que me conformo con dejar este pequeño testimonio de los días que conmocionaron mi interior, me cambiaron la química corporal, el modo de mirar y hasta de hacer esculturas y escribir. Espero no aburrirlos con esta historia de amor que a más de seiscientos días me va demostrando que también se puede volar con alas prestadas. Va en partes pues no quiero aburrir a los amabilísimos lectores. Gracias por las lecturas.

Después de estar contigo, el tiempo en que no te tuve se ha disperso como una gota de lluvia contra el suelo, el pasado de mis días sin ti ha quedado en algo muy lejano. Las horas anteriores, las inmediatas, las de tu cuerpo bajo el mío y tu voz en mi oído; son energías bastas para los días por venir. Así que cuando has partido, por tu prisa de irte no te diste cuenta siquiera que dejaste tu olor impregnado por toda la casa. Te quiero mujer sin olor.

Fácil, tan fácil como verte y saber que alguna vez nos pertenecimos ¿Acaso lo notaste en mí cuando entré a aquél café? Ibas acompañada por una mujer bella, tú estabas de espaldas y cuando me miraste, te recordé de un pasado antediluviano o del siglo diez o dieciséis; cuestión de siglos. En seguida reconocí tus labios carnosos y tus ojos de pantano estático. Borraste a tu acompañante, al camarero que preguntaba insistente por mi bebida, a los muebles y edificios; te levantaste para ir a los servicios y el vuelo de tu falda levantó un viento que barrió con cualquier vestigio de civilización.

Recordaba tus ojos acechándome mientras dormía y cuando me sentía inquieto; sabes que duermo con el pecho en el colchón y abrazando una almohada; poniéndome boca arriba sentía tus labios y dientes recorriéndome, engulléndome, vaciándome. Todo eso en sueños.

Pasaste a mi lado y ni siquiera volteaste a verme. El destino era un deseo insano, se sentía al mismo instante de despertar del letargo eterno de no tenerte, tu olor a tierra mojada, la de tus lugares, era la invitación. Sería la hora por la que no había mucha gente en aquél café, así que te seguí a seis pasos, mi piel se transformó en una cubierta de carnívoro. Mis fauces, más sabias y capaces que yo, pedían por tu carne. Entré al servicio y estabas en un compartimiento, me recargué del lavamanos y cuando saliste alisando tu vestido, levantaste los ojos y te encontraste conmigo. La cara de sorpresa inicial se te demudó cuando descubriste que iba a por ti ¿Cómo pude ser tan atrevido? No hiciste ningún movimiento, te quedaste de una pieza con una mano en los senos y otra en tu muslo izquierdo, parecías cubrirte de un inminente ataque. –Soy yo-, te dije. Hiciste gestos como tratando de reconocerme. –No me conoces, pero a partir de hoy seré el eje de tu vida-, bajaste la mirada que yo interpreté como una aceptación a la propuesta, te empujé dentro del compartimiento de nuevo. Poseí tus senos con ambas manos y tú jadeaste, quizá de temor, no investigué. Te recorrí como hago con las esculturas de barro café que moldeo cada tarde mientras pienso en la mujer del pasado, en la que no conocí, la que ahora ha llegado; seguías cubriendo con tus brazos tus partes que te definen mujer y yo explorando esa piel tan suave y rígida por trozos, ya no había que adivinar. La piel era cálida y con sabor a mar en el cuello, era intensa como el viento de la falda tuya al caminar; amasé tus muslos blancos bajo la tela del vestido, deslicé una mano entre ellos y te obligué a separar las piernas. Introduje mis dedos en tu consistencia viscosa, entre tus carnes lisas y también las rugosas, te asaltaba sin pensar en las consecuencias, moví las manos como intentando bajar tus bragas y las retiré de inmediato. Besé profundo tu boca y me correspondiste, dejaste caer los brazos a los costados abandonando cualquier resistencia, yo me recargué en la puerta y te miré con el cabello desaliñado y los dientes blancos entre tus labios tan sinuosos. –No dejes de llamarme-, eso te dije antes de salir.

Sé de antemano que cuando encuentres mi tarjeta en el resorte de tus bragas llamarás. Espero moldeando barro. Espero a que tu cuerpo me busque en cualquier noche para hacerte el amor intentando recordar en que vida estuvimos juntos.

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